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Manolina sonrió incrédula. ¿Cómo era posible que los animalitos, que los árboles, hasta las hierbas, tuviesen historia como los reyes, las reinas y los Poco después, la niña, acurrucada en un rincón del cocha, se adormecía. Pero antes de adormecerse, su espíritu aleteó por los espacios de lo maravilloso, en donde veía á los animalitos representando el papel de personas formales. Sin duda recordó estampas vistas en algunos libros de la biblioteca de su padre, en donde los animales aparecían en medio de unos bosques azules dialogando con mucha calma. Manolina se incorporó de pronto; el coche estaba á obscuras. ¡Abuelo, abuelo! ya sé lo que tú les aprendes á los niños. Yo también sé de eso; son las fábulas. Y convencida, dulcemente convencida de que su abuelo era vea fabulista, quedóse dormida. II D. Estanislao era un hombre escrúpulo en el desempeño d e! magisterio; recogía la redada de discípulos más estudiosos y se los llevaba á su casa para inculcarles reciamente la ciencia naturalista. Catedrático y alumnos se encerraban en un cuarto destartalado. Había en él imponentes anaquelerías abarrotadas de librotes; también había sucios animalejos disecados, alimañas sumergidas en frascos de, cristal, y plantas mustias. De aquel gabinete trascendía á toda la casa el tufo que emanan los objetos rancios. Manolina no entraba allí nunca. lyos discípulos entraban con cierto aire algo supersticioso y recogido, como las personas que entran en un panteón viejo. No era lóbrega la estancia, y, sin embargo, la suciedad, el desorden increíble, el abandono y la tristeza polvorienta de todas las cosas, la enlobrecía. Atrancada la puerta, Manolina quedábase en la parte de fuera escuchando con el oído pegado al batiente. Tenía la maligna curiosidad del que va á oír revelaciones apicaradas. No oía nada; es decir, oía palabras incomprensibles, que todos, incluso el abuelo, iban repitiendo uno á uno, que resonaban mortecinas. A la niña le parecían oraciones por aquellos animalejos rellenos de paja y aquellas plantas secas también como la paja. El alma goyesca de Manolina entristecíase mucho. I os pocos años impedíarile razonar su impresión; ella la hubiera concretado si alguna vez hubiese visto un rito funeral. Después salían del cuartón los buenos discípulos de su abuelo con esa gravedad que todos hemos admirado alguna vez en los niños aplicados; Manolina, madrileña y casquivana, escondíase para verlos desfilar circunspectos, t e parecían también niños disecados; pero esto, en vez de entristezarla, dábala tentación de risa. Y se reía. Era cruel con aquellos incipientes naturalistas; más de una vez sintieron ellos el molesto escozor de la burla. No obstante lo cual, la nieta y los discípulos de don Estanislao llegaron á ser buenos amigos. Aquella niña bulliciosa les llenaba de esa sutil gratitud que la frivolidad infiltra en las almas, graves. Porque aquellos estudiosos muchachos coincidían con la tata vasca en considerar á Manolina como á una mujercita absolutamente frivola. Aeaso aconteció que se aficionaron á su trato por eso, porque su genio volátil era una gracia desconocida en aquel pueblo austero. Pero ocurrió un día algo inaudito. En sus cuarenta años de magisterio, D. Estanislao no había visto un suceso tan perturbador de la disciplina: en el momento de entrar en el cuartón de los animales disecados, sus discípulos se le plantan insurgentes, con actitud bravia, diciéndole: -No queremos dar clase; nos vamos al campo. No de otra manera- -pensaba el naturalista- -se lanzan al campo los facciosos. Desde una ventana los vio ir en pandilla por los campos de Dios, que estaban rozagantes de verdor y de hermosura lozana. Entre las arboledas que bordeaban el río perdiéronse de vista. El profesor sintió en su espíritu una congoja terrible. Ocurrióse le acudir á descargar tanta aflicción en el alma risueña de Manolina. Recorrió la- casa, dio voces llamándola. Fué clamar en desierto. Salió la vascongada al encuentro de D. Estanislao, y trémula, convulsa, le dijo: -Marchóse al campo con los rapazacos. ¿Quién se lo ha dicho á usted? -Ellos mismos me lo dijeron: que se iban con Manola al campo, que Manola les iba á enseñar cosa de plantas, de flores... No quiso oír raás; fué á encerrarse con mucha resignación en su gabinete de Historia Natural. Sin duda, el roce cotidiano con todos aquellos seres muertos había templado en su alma la violencia. Sin em bargo, la tata le oyó mascullar alejándose: -Huérfana y loca, completamente loca; desde ma- ñaña, sí, señor, desde mañana mismo á las monjas; Y decía á las monjas como. podía haber dicho á presidio III Ya anochecía cuando, el tropel insurrecto apareció en la casa. No venían. rendidos, sino altaneros. Ma. nolina, sobre todo, venía radiante, roja de gozo y de sol. Todos. traían brazados de matas y ramaje olor roso; un rudo aroma serrano se esparció por la casa como una caricia. Invadieron el aula. El catedrático quedóse confuso, y los animalitos parecieron volver á la vida entre aquellos verdores montaraces. Todos los discípulos hablaron al mismo tiempo, mientras depositaban en torno del maestro la perfumada carga. Era una algarabía. M i r e usted, D. Estanislao, éstas son las retamas, de la familia de las leguminosas: genista scoparia. ¡Qué flores! Y dejaban cargas de retamas con sus flores amarillas. -Pues ésta es la a. ra. ledum latifolium; nunca la imaginara yo tan olorosa. Y dejaban matas de jara con sus flores niveas, rosadas. -Estas flores tan grandes, tan rojas... Aquí el discípulo dicente vaciló en el nombre de aquellas hermosas flores de rojez purpúrea. -Son las papaveráceas, vulgarmente peonías- -dijo D. Estani. slao con muestras indefectibies de hallarse contagiado por la algazara de sus discípulos. -No creía yo que tan cerca de casa, en la ribera, floreciesen las papaveráceas- -replicó audaz un muchacho. -Pues desde mañana- -dijo D. Estanislao con la mayor sencillez del mundo- -daremos clase en mitad del campo; desde mañana vais á ver por vuestros ojos todo lo que tenemos cerquita de casa. Y sucedió como lo dijo. El aula de D. Estanislao fué el campo raso, la ribera florida, el monte brezoso. Iban todos alegres, y herborizando, aprendían la botánica de los campos, enseñanza tan saludable para el alma como para el cuerpo. Hasta D. Estanislao sentía don de rejuvenecimiento. Sólo faltaba Manolina en aquellas correrías. Al día siguiente el abuelo naturalista cumplió su promesa, y la niña de alma goyesca, por la mano fiel de la tata, fué conducida á las monjas. ¿Acaso no ha ocurrido siempre lo mismo? ¿Acaso los mayores revolucionarios no han sido los mayores mártires FRANCISCO ACEBAL DIBUJOS DE MENDIÍZ BRINGA