Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
bermeja y húmeda como una guinda; todo su rostro se abría en expresión más de incredulidad que de susto. Pero de pronto, su cuerpecillo grácil volatineaba, y con cuatro respingos evadía las enseñanzas de sazonada cordura. Ante aquella frivolidad, la tata sintió un desconsuelo profundo. -Huérfana y loca- -pensaba con dolor la aiastera mujer, que era de origen vasco. Un campanillazo interrumpió ciertas piruetas de la niña y unos refunfuños de la vieja. Abrieron, y presentóse en la casa un personaje desconocido para ManoHna. Era un señor anciano. Al primer vistazo se advertía, por señales tan sutiles como seguras, la procedencia provinciana del intruso. Con verle bastaba; era lo que se dice un. señor de provincias. Mano- No eran oportunas largas explicaciones. Además, los niños, pasado el recelo cauteloso del primer instante, ríndense pronto al intruso. Es la atracción fascinadora de lo desconocido. Todos sabemos de esta sugestión que nos ha hecho palpitar de gozo en algún lejano momento de la vida. Aquella misma noche, Manolina, D. Estanislao y la vascongada, se acomodaron en un coche del ferrocarril, disponiéndose á pasar catorce horas de viaje. Ya rodaban por las serenas llanuras, cuando á la huérfana se le ocurrió indagar de la vida del abuelo. F u é en el momento en que iba mordisqueando con mucha golosina una patita de pollo, sin preocuparse de la grasa que impregnaba sus dedos de rosa. ¿Y tú qué eres, abuelo? Ü i Ü! ir iSfe j lina, madrileña de alma goyesca, le fisgó con aire de burla, ü n personaje como aquel habíale visto ella en una comedia de mucho enredo y risa. Al pronto, creyó que era el comediante mismo. Quedóse abobada. dé pa, smo al oír á la tata, que decía: -Da un beso á este señoril es! tu abrtelito. ¿Pero tenía yo un abuelo? -preguntó Manolina con la mayor ingenuidad del mundo. Tras las gafas del forastero s cuajaron dos lagrimones. En el alma goyesca se cuajó un sentimiento inesperado. Aquel señor, tan sera. ejante al de la coniedia reidera, se transfiguró para la niña. en un patriarca bondadoso, como los que ella conocía por sus leccicnes de Historia Sagrada. Hubiérale. gUjStadó que tuviese nombre bíblico; sufrió una suave decepción al saber que se llamaba D. Estanislao. V -Soy profesor del Instituto de Pedralba. Es indudable que la niña quedóse sin comprender lo que era su abuelo. En los ojos claros y en la boca sucia se reveló la perplejidad. D. Estanislao, diestro en el trato de infantiles discípulos, sintióse inclinado á esclarecer el concepto: -Yo enseño la Historia Natural á los niños. -Yo no sé de esa Historia; sólo sé de la Sagrada. -Ya, ya te la enseñaremos. ¿Hay acaso en ella un rey que llaman Nabucodonosor y un gigante que llaman Goliat? -No, hija mía; no hay reyes ni reinas. ¡Qué gracioso! ¿Pues qué hay entonces en esa Historia? -Es historia de leones, de elefantes, de jirafas, de aves, de peces. También es la historia de todos los árboles, de todas las hierbas.