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confesarle á su madre que se casaría gustosa, la destinaron á monja, reservando á su hermana Jacinta jaü. 1 matrimonio; vino un primo indiano, buen mozo, rico; hubiese preferido á Carmela la rubia; pero Carmela t u v o vergüenza de dar á entender que le aceptaría con gozo, y el primo á Jacinta se unió. Vivían juntos con desahogo, con lujo casi; el primo sé guiaba en todo por la cuñada; la cuñada tuvo vergüenza de aquella, adoración tímida... y se retiró á la casita de las afueras con su madre. I a madre murió; el primo ofreció á Carmela la herencia toda; Carmela, avergonzada, sólo aceptó la casita y el huerto... ¿Vergüenza? -repetía yo. ¿ISTo tendrá otro modo de ser este nombre... ¿No se llamará dignidad? Ya salía; se acercó á la pila, y la vi de frente. Era bonitilla, de aniñadas facciones, de boca sinuosa, acapuUada, reveladora de la pasión en la mujer. Humedecí los dedos en el agua, y se los tendí saludando. Me clavó, asombrada, los garzos ojos... No sabré explicar cómo se encendió su cara: fué lo mismo que si la aliinibrasen de pronto con una bengala roja. Bajó los luengos párpados de seda, tocó en el aire mis dedos atrevidos, se cruzó la frente, y salió, aunque queriendo conservar el paso lento del respetó á la iglesia, apresurándose involuntariamente. Y la seguí. Elegué detrás de ella hasta la puerta de su tapia, que abrió con llave, temblándole, á mi pare- cer, las delgadas m. anos. Entró, cerró, y ya no vi más que el ramaje caduco de la pomarada, ni oí sino á a n a tórtola que plañía oculta en él. ¡Arróo! ¡Arróol Su canto me pasaba el corazón de pena; no sé por qué, en u n j a p t o lírico, me parecía encontrarme abandonado, sin pareja; en el niundo... Todo por haber visto unas he- bras doradas esparcidas sobre u n a falda de lana negra y una lumbrarada ruborosa de sol poniente en u n a tez de mujer... En suma, yo me creí enamorado de Carmela la Vergonzosa. ¡Ojalá lo estuviese! A estarlo, porfiaría doblemente en hablarla, en acercarme á ella, y tal vez hubiésemos sido felices... Rondé su tapia deseoso de escu char el golpe del azadón con que cavaba el huerto, esperanzado en que un día cantase ó llamase á una gallina 6 al perro del guarda... Nunca oí más que el acento lleno de enfermiza nostalgia de la tórtola, que parecía decir: Sólo el dolor es verdad... Espié sus ventanas por si cruzaba su sombra; fui cien veces á la ermita, y me convencí de que Carmela tenía vergüenza de oir misa si junto á la pila del agua bendita le aguardaba el contacto de las yemas de mis dedos, cargados de eléctrica energía, mensajeros de un estado de alma... En el pueblo se formó una leyenda. Quizá sería Carmela la única que la ignorase. Mis amigachos me crucificaron á bremas. Yo era un sandio si no escribía una carta incendiaria ó si una noche de luna no saltaba las tapias del huerto. Y lo hubiese hecho, á no contenerme una fuerza extraña, invisible: la fuerza de aquella vergüenza sagrada, celestial, el verdadero atractivo de Carmela para mí... Postrado ante la imagen de la Vergonzosa, que llevaba impresa en mi fatigado corazón, la flor del capricho iba cristalizando en respeto; el amor se volvía culto. De tal manera, que sería ya un desencanto para mí si Carmela se asomase, si su voz ó su andar resonasen detrás de los tapiales que la frondosidad de los manzanos abruma. Y así, bendiciendo la misma vergüenza que me apartaba de Carmela hasta la eternidad, salí de Vilasanta del Maestre, cuando me llamó á otra parte mi estrella, sin que nunca haya sabido qué fué de mi sueño de un instante. LA CONDESA M PARDO BAZAN r DIBUJOS DE REGIDOR