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su cuadra despacito, y se dirige á la casa punto de partida de la excursión. Allí espera tranquilo y sin impacientarse. Sabe que las excursiones empiezan siempre dos koras después de la hora fijada. Es preciso aguardar á que las señoritas se pongan sus sombreros de paja, confeccionados con amapolas y lazos de papel dé seda; es necesario qné lospoIHíos se reúnan y que las criadas bajen las cestas con las viandas, los abrigos de los niños, etc. etc. Todo lo soporta resignado el pacifico animal. Los chiquillos de la calle aprovechan la demora en la salida del grupo excursionista para saltar sobre los lomos del asno y darse unas vueltecitas gratis. Pero ¡qué importa... Eso sucede siempre, y el borriquillo lo lleva con paciencia. Sólo una vez he conseguido ser jinete del burro de Feliciano. Con su lisrero trote pronto me alej ó del grueso de la caravana. Viéndome asólas con él pensé en interrogarle. ¿No había hablado en cierta ocasión la burra de Balaam... ¿Por qué había de ser menos el burro de Feliciano... Hícele una caricia, acerqué mi boca á su larga oreja, formulé mi ruego, y ¡oh asombro! el burro me habló, sobre poco más ó menos, en estos términos: A ti, que eres por vez primera mi caballero, voy á serte franco. Yo no soy tan borrico como parezco. Fin las excursiones quizá sea yo el que menos zaga el burro. L, a grosería de las gentes que se recrean en estas fiestas campestres me pone de mal humor. Odio á la niña asustadiza que habla siempre á gritos; me molesta la jamonaqvL finge rabor ante el peligro de que se le vean las pantorrillas; detesto al niño que, pegándome continuamente con su varita, me hace recorrer diez veces el camino, y aborrezco con toda mi alma de burro, al señor de los chistes. De todos procuro tomar venganza. Mientras ellos comen, yo suelo quitarme las trabas, dar dos cabiiolas. y hacerles suspender su merienda para correr en mi busca. Cuando la niña asustadiza me monta, levanto una pata con pretexto de sacudirme las moscas, y la hago perder el equilibrio; algún niño de los de latiguiio ligero tengo descalabrado; respecto al gracioso, siempre que puedo me lo dejo en el campo y me vengo escapado á la. cuadra. Y nada me revienta tanto como la monotonía de estos viajes. Sé las conversaciones que voy a oír; sé las paradas que voy á hacer; sé que los paquetes q u e llevo en las alforjas contienen invariablementemerluza frita, tei: nera asada, tortilla de patatas, salchichón vino malo y fruta golpeada... Mi vida es triste, y apenas si llegan á dos mis recuerdos amorosos. Una borriquilla simpática suele acompañarme á. las veces; pero los chistes que en tales momentos se le ocurren al señor gracioso á propósito de nosotros me han hecho aborrecer hasta á mi novia. En fin m e callo, porque ya estamos llegando al término del viaje... ¡Ah! otra cosa me hace infeliz, y es el verme alquilado y cabalgado por uno de esos señores gordos que jamás se apean, porque su teoría es la de que en estos lugares veraniegos no se debe andar mucho ¡Habrá guasones! ¿Para qué querrán esos magníficos zapatos de 15 pesetas... ¿Para jugar en el Casino... lyO que es como yo pueda, este año va ¿caer el gorda en el pueblo... Con este cMstecito cerró su- conversación el asno hablador. S e había sin duda contagiado de su enemigo irreconciliable. Sea de ello lo que quiera, yo os doy cuenta de esta intenmí, y allá vosotros si la juzgáis verosímil. En esta época estival, en la que t a n t o abundan las declaraciones de los personajes políticos, no está demás que sepáis cómo piensa el burro de Feliciano... Luis DE T A P I A DIBUJOS D e 2 AKCHA