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EL B U R F t S E FELICIANO pN toda colonia veraniega hay un burro célebre. Y hay otros muchos que no lo son tanto. En el lugar de mi veraneo el burro célebre es el burro de Feliciano. ¡Vaya una popularidad la que disfruta el animalito... I, e conocen los chiquillos cuando le ven pasar por la calle; le eligen los hombres graves para las excursiones, y las señoras se le disputan por su inalterable mansedumbre. Y tienen razón los que así proceden. Porque una excursión no consta únicamente de una señorita que grita, un señor que hace chistes, varias mamas miedosas y una tortilla de escabeche. Una jira se compone también de unos cuantos burros, y en que éstos sean buenos andarines estriba el éxito de la excursión. Claro es que para excursioiiar por los Alpes ó para viajar por el Rhin la elección de borrico no tiene importancia. El ferrocarril de cremallera y el vaporcito de recreo dan en Suiza y en Alemania resuelto el problema. Pero en los veraneos económicos por estas sierras abruptas, donde siempre existen una fuente de las Chinitas ó una peña del Diablo dignas de ser visitadas en burro, la elección del animal es sumamente importante. Por eso en cada pueblo es tan conocido el burro célebre. Por eso mientras existan las excursiones (y á fe que ya debían ir desapareciendo) serán disputados los borriquillos que se presenten correctamente vestidos y troten de vez en cuando. Y para ambas cosas no hay en toda la sierra animal como el de Feliciano. ¡Cuántas veces le he observado atentamente! Su ya larga vida le ha dado una gran experiencia, y en toda excursión procede con un conocimiento de su papel, que encanta. ¡Ocho años lleva sirviendo á la colonia! De memoria se sabe los caminos, atajos y recodos. Cien veces ha ido á la fuente de las Chinitas, y otras ciento á la peña del Diablo. Conoce h a s t a l o s nombres de los veraneantes que asiduamente le raontan. Sobre sus lomos ha llevado más de una vez al gracioso indispensable en toda jira. Para él no son nuevos los chistes que prodiga dicho señor. Podría decir hasta el orden en que van á ser colocados. Tod. os los años ve las mismas pantorrillas, -escucha los mismos aspavientos y aguanta los mismos latigazos de sus jinetes infantiles. Para el burro de Feliciano no hay secretos. Sabe mejor que nadie cómo las gastan los excursionistas. Alquilado y citado para las tres de la tarde, sale de Feliciano, que es el lechero del pueblo, está loco de contento con semej ante alhaj a. Más pedidos tiene como propietario del burro que como vendedor de leche. Ivos veraneantes se ven precisados á Aacer cola para conseguir, siquiera sea por una tarde, tan famoso asno. El borrico tiene menos Q 3 0 kL -1 tv días libres que un matador de cartel, y el perfecto excursionista ha de mimar y adular al lechero si no quiere verse privado del placer de montar sobre e fenómenoY después de todo, el animal no es ninguna maravilla. Algo filósofo sí parece; pero ¿qué burro no filosofa á ratos... Yo creo que lo que hace codiciable el burro de Feliciano es la riqueza de sus aparej os. Posee una albarda con estribos (este detalle es muy importante) para los señores de peso que quieren en todo la comodidad; tienej amugas p a r a l a s señoras y señoritas miedosas; tiene una silla con correas para llevar atados á los niños, y una j áquima de tela de saco para andar por casa... Además de todos estos adornos, el burro es de los que andan. De aquí que el veraneante invitado á una jira conteste siempre á la invitación de este modo: -Si no está alquilado el burro de Feliciano les acompañaré á ustedes con mucho gusto. Yo, si no voy en ese burro, prefiero no ir.