Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Parecióle de pronto que la bestia se retiraba; oyó bramidos salvajes y gritos de fsiror, y después sólo el ladrar de los perros; pero más en tono de alegría que de rabia ó miedo. Unas manos vigorosas le libraron de la pesadumbre que sobre su cuerpo gravitaba, ayudándole á ponerse en pie. Vio entonces al jabalí muerto, agonizante el caballo y sosteniéndole á él un hombre de mediana edad, pobre vestimenta que, sin embargo, no era la propia de un villano, facciones rudas y vulgares, iluminadas por la mirada inteligente de unos ojos grandes y negros. -Os debo la vida- -dijo el señor de Siete Villas á su salvador. -Así es- -contestó éste. ¿Quién sois? -Me llamo Andrés. -Pues bien, Andrés, en agradecimiento de vuestro valor y de la vida que me habéis salvado, disponed de mí. Quien quiera que seáis, en mi casa siempre tendréis un puesto; en mi hacienda, una parte; en mi afecto, un lugar. Si necesitáis apoyo, contad con mi valimiento; si habéis menester defensa, mí brazo y mí espada son vuestros. -Gracias, señor. Celebro haber tenido esta ocasión de serviros, pues mucho espero de vos... ¿Qué os pasa, Andrés? -preguntó el señor, acudiendo á sostenerle al notar que vacilaba. Ko pudo éste contestar, porque la pérdida de sangre que le brotaba de una pierna, cruelmente desgarrada por el jabalí, hizo que le acometiera un desmayo. I, e acomodó el noble contra la roca, y requiriendo la bocina sacó de ella varias notas prolongadas, y éstas sirvieron de guía á los cazadores que venían en su seguimiento. Vendaron la pierna al herido lo mejor que pudieron, y en unas parihuelas, improvisadas con ramas, lleváronle hasta la ermita de San Mames, sitio el más próximo y que además tenía la ventaja de que el santo varón del ermitaño era muy ducho en artes de curar. Reconocida la herida, diagnosticó que, aunque no grave, sería larga la curación, sobre todo, por la mucha sangre perdida; hizo beber á Andrés unas gotas de cierto cordial, con lo que inmediatamente recobró sus espíritus y rogó al señor de Siete Villas que le escuchase á solas. Cumplido este deseo, hízole la más inesperada confidencia que imaginar podía. Andrés amaba á su hija lyaura, y le suplicaba que, si él se ganaba su afecto y se hacía digno de su cariño, no se opusiera á que se uniesen de por vida. -Mucho me pedís, Andrés. -Creed, señor, que no soy indigno de ella. -No tengo más que na palabra; os he hecho ofrecimientos que mantengo. Prometo que si I, aura os llega á amar, seréis su esposo. -Me dais más que la vida, señor- -dijole Andrés. A seguida sacó éste de entre sus vestiduras un pergamino que puso en manos del noble, rogándole que lo hiciera llegar á poder de I, aura, á la que tan sólo diría que los versos en él contenidos ella los inspiró y que para ella fueron escritos. No debía el señor de Siete Villas contar la parte que Andrés tuvo en el accidente de aqiiella mañana, á fin de evitar que influyese en el ánimo de la niña, pues para captarse su amor fiaba el poeta en la magia de sus versos. Prometió el anciano cumplir este deseo, y, dejándole muy recomendado al ermitaño, tomó con sus amigos la vuelta del castillo. II Cuatro meses pasaron. La herida que á Andrés causó el jabalí fué más difícil de curar de lo que el buen ermitaño de San Mames imaginara en un principio. La pierna quedó tan débil que apenas podía moverla, aun con grandes esfuerzos y sufrimiento, y hubo de renunciar á la esperanza de que recobrase su antigua agilidad y vigor. El señor de Siete Villas muy á menudo venía á ver al inválido, y le animaba con lo que de Laura le refería. Esta acogió las poesías con curiosidad; luego las leyó interesada, y más tarde tanto se compenetró con su espíritu, que horas y horas se pasaba entregada á los dulces pensamientos que en su imaginación, virgen hasta entonces de impresiones amorosas, slospertó el eco de una pasión tan honda y tan bien expresada. Quien aquello escribiera debía ser noble, pues elevación y nobleza había en los conceptos y en las ideas; debía ser joven, por la frescura é ingenuidad d é l a s imágenes; debía ser bello, dado que sin poseer esa cualidad no hubiera podido expresar bellezas tantas. Laura amó al poeta en la forma corporal con que le revistió Sd fantasía. Y le amó con el fuego y el ímpetu del primer cariño. Juzgando Andrés que era llegado el momento de presentarse á su amada, salió un día de la ermita, y, apoyado en un bastón, comenzó á recorrer el mal camino que conduce al castillo. Pero no contaba con su falta de fuerzas; á la media bora de marcha continuada, apenas podía sostenerse; tantos y tan agudos eran los dolores de la pierna herida. Descansó un rato, pero cuando se quiso volver á poner en marcha, dióse cuenta de que ni arrastrándose le iba á ser posible llegar al término de su viaje. Por un milagro de energía anduvo aún buena porción de tiempo, hasta que el sufrimiento, la fatiga y la desesperación dieron con él en tierra, y atravesado en el camino quedó como cuerpo muerto. Oyóse de allí á poco un ruido de voces, y se vio venir un grupo de jinetes, al: frente del cual venía Laura. Al observar un bulto que obstruía el paso, ordenó á uno de sus servidores que se enterase de qué era aquello. Hízolo así, se acercó al desventurado Andrés, y, luego de examinarle, le llevó á uno de los lados del camino, adosándole al tronco de un árbol. -Es un caminante que ha debido caer rendido. -Pero ¿vive? -preguntó Laura. -Late su corazón- -le fué contestado. Acercóse la joven hasta ponerse frente á Andrés, le miró compasiva, y después de mandar que le asistieran hasta que recobrase el conocimiento, dijo, poniéndose en marcha. -Por sus vestiduras, su demacración y el descuido que se nota en su persona, debe ser un mendigo. ¡Pobre hombre! ¡No parece viejo! Mira, Estrella- -añadió volviéndose á una muchacha que á su lado iba, ¡cuán poco embellece la fatiga. y el hambre quizá! -Verdaderamente es feo y vulgar- -observó Estrella. -Abre los ojos. -No. Los tiene cerrados. Siguieron su camino y se perdieron en lontananza. Y el enamorado Andrés, que oyera las palabras de Laura, abrió un momento los ojos para contemplarla, pero los cerró en seguida, pensando que, una vez conocida la opinión que su envoltura corporal merecía á la niña, era un crimen revelarle su nombre, pues ello equivalía á causarla un desengaño cruel, al hacerla ver cuan distinto era el poeta ideal, á quien por sus versos amaba, de aquel pobre ser inválido, sucio de polvo, descuidado en el vestir, que estaba tendido en el camino. No, que siguiese amando al Andrés que su mente forjara. Y sacando fuerzas de su propia desdicha, ya que era tan palmaria la contradicción existente entre su ser interior y el miserable y vulgar vaso que lo contenía, incorporóse, y poco á poco se fué alejando hasta perderse en ia lejanía. Y nunca más se volvió á saber de Andrés el poeta. Sin duda el poderoso señor de Siete Villas, padre de la bellísima Laura, encargó á algún artista famoso que escribiese la historia dei malogrado amador, por donde ha podido Uegar hasta nosotros la noticia de su venturada y no correspondida pasión. ENRJQUE M A U V A R S DIBUJOS OE Ml NDEZ Dr 4 N A