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ños, -que lo comunicó á sus acompañantes; llevóse á la boca el montejo la bocina, de la que sacó tres notas agudas, y salió después por delanle con los perros, siguiéndole á poca distancia el grupo que lo? jinetes formabar, brillante y vistoso, de donde el sol de la ¿lañana sacaba vivos respkir dores al iluminar los terciopelos de las vestas, los airones de las gorras y al reflejarse en los hierros de las picas ó en las empuñaduras de las espadas. Subieron el repecho que haj- que vencer para llegar á la explanada de la ermita de San Mames, y desdo allí tendieron la vista por todo el espacio del valle, que, antes encajonado entre colinas pobladas de retama, se abre y ensancha, ilano y cubierto de cañavé- rense en seguimiento de la jauría, yendo a l a cabeza de todos el señor de aquellas tierras y lugares. Adelantóse éste á los demás hasta quedar el más próximo á la fugitiva res, que, acosada de cerca por los perros, se libraba de sus acometidas dando furiosas dentelladas á un lado y á otro. Metiese tras de una peña, apresuró aún más la carrera su perseguidor con el fin de no perderla de vista, y al doblar por donde el jabalí había tomado, halló de frente al monstruoso animal, aculado contra la roca y dispuesto á vender cara su vida, como lo demostraban los cadáveres de dos perros que, n: ás osados sin duda, habíanse puesal alcance de sus afiladas defensas. Aun cuando el jinete quiso detener la marcha de su rales, álamos, juncos y maleza, nasta perderse de vista. Avanzado sobre el borde mismo de la meseta, el montero contemplaba con profunda atención las márgenes del arroyo Vallino, que, más que verse, se adivina corriendo entre cañas y árboles, cuando vislumbró allá abajo, como á tiro de ballesta del puente, algo así como la ondulación que produce entre las hierbas altas el paso de un cuerpo pesado 5 vigoroso. ¡Pieza! ¡pieza! -gritó, señalando el rastro movedizo. Y empezó á descender la ladera á muy buen paso de su caballo, seguido de cerca por los perros, en un santiamén desatraillados, que llenaban el aire con la algarabía de sus furiosos ladridos. Requirieron las picas los cazadores, y desbanda- cabalgadura, ésta no pudo vencer ei loco impulso que llevaba, escurriéndose sus patas en el suelo pedregoso y duro, y dio en tierra, arrastrando en la ruidosa caída al señor de Siete Villas, el cual quedó debajo de la montura. Apreció entonces el jabalí lo ventajoso de su situación, y, lanzándose rápido sobre el bulto que en tierra se debatía pugnando por levantarse, hirió sin piedad una y otra vez, sacando á cada nueva embestida teñído de sangre el hocico y los colmillos acerados. Clara cuenta se dio el malparado jinete del peligro en que estaba; mas el peso del caballo, sus convulsivos movimientos al sentir el dolor de las heridas que recibía de la furiosa res, impedíanle desembarazarse, temiendo por otra parte llamar hacia sí la atención de ésta.