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herirlos por colocar debajo de cada herida un tiestecito que recoge la resina, la sangre del pino lesionado! No ha de ser melancólica su danza, no ha de ser triste su vida... Como lof u é con apariencias de placer la t u y a ¡oh pobre E n s e b i o Blasco! que una noche anduviste perseguido por el equivocado odio de la multitud entre estos pinares. También á ti desde adolescente te sangraron el cerebro, que no dejó de verter rico jugo hasta que la muerte tapó con su dedo descarnado la herida. Todos te veían risueño, alocado en este baile monótono de nuestra existencia y miiichos te envidiaba. n, desconocedores de la herida y sin parar mientes en el tiestecito. Malhadado hidrópico de t u jugo cerebral que todos los días reclamaba con nueva sed más crónicas, más poesías, más comedias... átK 0 jefe se ha asomado á la puerta de S despacho, y es como todas los M jefes de todas las estaciones; un buen bigote bajo una gairra galoneada. Ahora bien, tratados esos señores, son amables, serviciales y cumplidos caballeros. Una cruz tienen cuando maduran las mieses, el segador les desconcierta... siempre al arrancar un mixto se encuentran con algún segador rezagado entre los dedos. Y al tornar los segadores á Galicia, al que no se ha. quedado perdido en seis estaciones no le admiten en su pueblo. Desde ei U- uadarrama nos vienen siguiendo por el cielo unas nubes amenazadoras. Otro grupo de nubes plomizas hace dosel á la amplia llanura castellana que se extiende hacia Valladolid. Mal andan las cosas por arriba. Abajo hace calor durmamos también la siesta. ¿Q sié estrépito es éste? Medina del Campo. La gran estación está desierta. Dentro de su mancha obscura, n distingo más que á un camarero sentado en un banco: próximo á la puerta de la fonda, y un gato que dormita junto al banco. Dos empleados van lentamente por el andén. Parece que discuten y se detienen y gesticulan á menudo. ¡Bah! triquiñuelas del servicio. En cíianto partamos nosotros darán las cabezaditas. -El calor aprieta; la tarde se presenta tormentosa. Un mozo lanza, por fórmula, el grito de, ¡señores viajeros al tren! Ningún señor viajero puede cumplir la orden, porque todos están en el tren desde hace muchas horas. Suenan los toques reglamentarios, silba la máquina y resopla luego, arrastrando el convoy. ¿Qué se me ha olvidado á mí en Medina? ¡Ahí sí; el castillo de la Mota donde murió la gran reina Isabel. ¿Pero es cierto, maestro Cambó, que existió Isabel la Católica... ¡Vaya una tempestad que se prepara sobre la opulenta llanura castellanai ¿Qué diría la reina Católica si viese ahora en peligro de perderse la abundante cosecha de estos campos que ella quería con locura? ¡Bah! Otras tempestades más grandes han resistido las tierras castellanas, y es posible que Isabel contemplara desde el castillo de la Mota mayor acumulo de nubes negras y amenazadoras. Durmamos, pues, la siesta. ¿Un relámpago? ¿Un trueno lejano? ¡Hasta Yalladolid en un sueño... JOSÉ D E R O U R E DIBMJOS DE MEDINA ER; Pero en im, mis compañeros de vagón duermen la siesta, los pinos pasan y la locomotora saluda con agudos gritos á la estación de Olmedo. ¡Adiós, adiós, le dice cruzando ante su andéa sin detenerse. El