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IMPRESIONES VERANIEGAS DOR TIERRA DE CASTILLA Y heme ya sentado en el vagón- restaurant, esperando que el camarero sirva los consabidos huevos á la béchamcl. I,o s señores de la primera serie pueden pasar á almorzar. nos han dicho, y todos debemos ser de la primera serie, porque los departamentos del se debe de ir con el estómago vacío. Una taza de café y se ha concluido el almuerzo. ¿Licor? ¡Ca! Ya nadie bebe licor. Hemos averiguado no sé cuantas infañiias con los licores, y el mismo Mitrídates, si resucitara, no tendría la temeridad de llevarse una copa á los labios. ¡Y, sin embargo, sabe tan bien el licor! ¡Pobre humanidad, condenada, según progresa la ciencia, á conocer que la envenenan sus placeres más chicos! ¡Cuánto mejor sería ignorarlo todo y gozarlo todo! Morir jóvenes, ¿y qué? Paguemos la cuenta, y á nuestro departamento á descansar. Jóvenes ó viejos, en el rápido hay que pagarla; un momento antes ó un momento después, ¿qué más da? Con esta filosofía leve y ligeramente pesimista he substituido mi copa de licor. Pero ¿cuál es más venenoso, el pesimismo ó el coñac? Según la marca. Ya diviso por la ventanilla del vagón la mancha obscura de los inmensos pinares de Coca. El aire, ¡qué delicioso aire! impregnado de olores de resina, es ofrenda de perfume que nos entra por la boca. Algo de lo que yo siento respirándolo, debe de sentir el prisioiiero al dar su primer paso en libertad, Abrimos las fauces hasta el dolor y aspiramos, ¡Libertad, salud, vocablos sinónimos, en una racha de aire puro y recia- mente perfumado! Ya aparecen los primeros grupos de pinos. El pino es un árbol simpático, pero triste. ¿Por qué serán tristes los pinos? me preguntaba yo antes que el actual ministro de la Gobernación desempeñara este cargo. Después lo he sabido, gracias á mi buena costumbre de leer las reseñas parlamentarias media hora antes de apagar la luz y dormirme. Los pinos son tristes porque los sangran. Y tan mal les sabe esta operación, que, ya sangrados, no sirven ni para postes. Si á nosotros nos sucediera lo cj; ue á los pinos, también estaríamos tristes y seria dificilísimo convertirnos en ministros. Pienso todo esto viendo pasar ante mis ojos pinos 3 más pinos. Yo soy el que paso, pero parece que danzan ellos. Una danza melancólica, un baile. sangrado. Y efectivamente, cada uno de los bailarines de aquel vals lento, muestra como á un metro de las raíces y sobre el tronco el boquete obscuro de una herida. ¡Oh crueles sangradores, y i nás crueles que por tren se han quedado vacíos y nos hemos precipitado al fuelle ó acordeón del coche comedor. Allí nos han detenido algún tiempo, no sé por qué, á los señores d é l a primera serie, y un caballero grueso soplaba impaciente. Parecía que acababa de tocar el acordeón. Franca, al fin, la entrada del comedor, nos acomodamos con algún desorden en nuestras mesas, y esperamos los huevos á la Ó Í- AÍZÍBÍ? Alguien se sirve un vaso de agua, la paladea y hace un gesto. ¡Ni que la trajeran de la máquina! dice. El agua está caliente. ¡Pero si la acaban de tomar en Segovia! Indudablemente los segovianos beben agua termal. ¡Qué sabia- es la Naturaleza; en los climas fríos produce agua caliente! Si pasa cerca del manantial una gallina, caldo. No hay más remedio que pedir agua mineral para no tragarse aquel enjuagatorio. Y vuelvo á reconocer la sabiduria de la Naturaleza, porque el agua de Solares y aun la de Vichy están tan frescas en Segovia como al brotar de la fuente. ¡Cuántos conocimientos hidráulicos se adquieren almorzando en el comedor del rápido! ¡Acaso el mismo D. Rafael Gasset pudiera aprender... Pero no divaguemos. El camarero viene haciendo eses, para conservar el equilibrio, con su fuente de huevos á la be chamel Diestramente, y con dos cucharas cogidas en cruz, nos sirve el blanco condumio. I, as conversaciones de los viajeros cesan. El ti en baja con g r a n rapidez camino de Medina. Suena el tintineo de la cristalería estremecida por la trepidación y el ruido de los cubiertos resbalando sobre los platos. Con perdón de las señoras, cismemos como unos bestias, oscí- lando nuestros cuerpos por la velocidad, y aun llevándonos alguna vez el tenedor á los ojos. I, a buena puntería es difícil con aquel trajín. Para echar vino en la copa hay que esperar un movimiento favorable del vagón, y después de meditarlo mucho vertemos el vino sobre el mantel. Todo sea por Dios, pero bien ó mal, se come y se bebe, y si descarrilásemos en aquel momento no nos podríamos quejar de no tener cubiertas nuestras necesidades más urgentes. Ni aun á la eternidad