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ii i 3 -é j. 1 íí ii- bc ¿Jí ierta clase de gente acostumbra á veranear en las playas bulliciosas, en los balnearios muy concurridos y en los sanatorios elegantes, allí donde hay continuos entretenimientos y frecuentes ocasiones en que lucir la vanidad; pero otra clase de gente, por el contrarío, acostumbra á veranear en los lugares pacíficos, allí donde la calma del cielo, del aire y de los campos prestan al espíritu una dulce y filosófica serenidad. Estos últimos veraneantes, los que buscan la calma y el absoluto reposo, suelen ser gentes que, por lo regular, aman un deporte sobre todos los conocidos: el deporte de ver correr las nubes Y esta especie de gente, si fuésemos á incluirla en alguna estirpe, de las varias que componen la humanidad, tendríamos que incluirla en la estirpe de los poetas ó de los pastores. Porque solamente los poetas y los pastores creen que es un alto placer el tumbarse sobre la hierba y ver atentamente cómo las nubes vuelan por el cielo. ¡Oh, placer, divino placer, olímpico placer de contemplar las nubes... Nada tan lleno de poesía como esos cendales aéreos que mudan, se transforman, ondulan continuamente; nada tan bello como esas gasas de humo que pueblan el espacio, y que parecen el regalo de un dios para la hermosura y para el bienestar de la tierra. Cendales de niebla, copos de espuma, columnas de fugitivo humo, vellones de suave, lana, flotantes lienzos de armiño; las nubes pasan sobre nuestras frentes como una imagen de la versatilidad de las cosas del mundo: siempre mudables, nunca petrificadas en una forma cualquiera, á cada momento nueva s, las nubes son un símbolo de la eterna inconstancia que rige al mundo y al mismo tiempo de la inmutabilidad de la esencia. Abundable la forma, incorruptible la esencia: tal es el símbolo que nos ofrecen las nubes. Ivas nubes, que son dóciles á los eternos mandatos, que son humildes y que se pliegan á los menores caprichos del sol, del aire, de la hora, del tiempo. Una ráfaga de viento las hace ondular, un rayo de sol las incendia, el crepúsculo las tiñe de variados colores, la luna las empalidece, el huracán las arrebata con vuelo vertiginoso. Dóciles y blandas como son, ellas vierten sobre la tierra la cosa más útil y deseable que existe, después de la luz: la lluvia. ¿Veis las nubes en esta bienhadada estación del verano? Cuando el sol de la mañana las ilumina, parecen montañas de oro; cuando áJa tarde las ilumina el sol de frente, semejan montañas de nieve, en cuya cumbre la imaginación coloca álos ángeles ó á las desnudas doncellas de la mitología helena; y cuando á la muerte del día el sol las alumbra de soslayo, entonces las nubes se parecen á esos nimbos luminosos en que Júpiter se mostraba á los mortales, ó aquel otro nimbo místico que servía de asiento á Jehová. ¡Las nubes... Para verlas pasar descansadamente, j o tengo la sombra de un pino y un mantel de verae hierba. Colocado asi frente al mar, de cara al cielo, con las nubes volanderas sobre los ojos, yo puedo reírme impunemente de todos los emoeradores de la tierra. J M. a SALAVERRIA DJBUIO DP MANTÍNEZ ABAOS