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¡Y estas butacas de mimbre, cómo haiíainarillea Jo! -dice la económica señora de la casa... Las criadas, en tanto, toman posesión de la cocina y empiezan á disponer la comida. -Por lo menos, que hagan una sopa caliente- -ordena la señora. -Con eso y los fiambres que han quedado de la merienda pasaremos por hoy. I, a cosa está bien pensada, pero la cocina, que no se ha encendido en todo el invierno, no tira, y la casa se llena de humo. Cuando la sopa sale a l a mesa, ¡hay que ver el aspecto que presenta 3 el saborcito que tiene! Pero en el día de llegada es preciso dispensarlo todo. El marido, después de paladear aquel caldo lleno de motas negras, se echa á la calle con ánimo de avisar en la fábrica de luz eléctrica i ¿zra que den fluido, y de paso saludar á los amigos y recibir mil bienvenidas. Las señoras, en cambio, no salen. El día de llegada se lo pasan abriendo mundos, llenando armarios, sacando la ropa para las camas y poniéndolo todo en orden. Al día siguiente la familia entera puede hacer su vida ordinaria. El veraneo preser, telesparece á os antiguos VÍXÍZ. prolongación del pasado veraneo. Durante una semana no hacen más que exclamar: ¡Si parece que no hemos faltado de aquí... Y así gozan años y años consecutivos, Muy distinta impresión causa á los nuevos el acto de su llegada. Desorientadosen todo, combinan mal las horas de los trenes, y generalmente llegan al pueblo de noche. Sin casi conocer la casa que alquilaron se meten erfella, y valiéndose de cerillas y pidiendo r. mauezca el nuevo día para ver dónde se encuentran y apreciar el paisaje que les rodea. Por eso, apenas se levantan, abren los balcones y miran en torno suyo. Y tras esta primera inspección salen á la calle y comienzan la serie de preguntas de orientación mercantil. á los vecinos lo más imprescindible, cenan y se acuestan sobi e unas camas que ¡cualquiera sabe á quién pertenecieron! Todo el afán de estos vinjeros es que -Aquí dónde se venden las alpargatas... -En el estanco de la plaza. ¿Y los periódicos de Madrid. -Pues en la tienda de ultramarinos... En estos lugares nunca se venden las mercancías en los comercios en que debieran venderse. En cierto poblado serrano, los veraneantes tenían que adquirir los quesos en la zapatería. El zapatero era al mismo tiempo propietario de las vacas, y vendía leche y queso mientras los animalitos vivían. Cuando las reses dejaban de existir pasaban sus pieles á servir de material para el calzado, y de este modo elmaestro se estaba haciendo una fortunita en el pueblo. Detalles como éste impresionan profundamente á los viajeros novatos, y son causa de su continuo aza amientoEn cambio los antiguos están curados de espanto. Su llegada es mucho más airosa y menos ridicula. Todo lo saben. Jamás vacilan. Nunca el ridículo les acompaña. Yo recomiendo á mis lectores que si píen san ir á algún punto de veraneo, empiecen por la segunda vez. ¡Es muy agradable saber en qué coche se debe uno subir después de haber saludado al Chelo... ¡Es delicioso conocer el primer día á todos los veraneantes de la colonia y saborear una sopa ahumada en una villa propia... Que á éstos se reducen los placeres de la llegada. Luis DE T A P I A Dinujos DE rj cHA