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BO. AOM p r n dos especies pri. i ij i! es se clasifican los verc. neantes que llegan al lugar de su veraneo; la de los antiguos, i sea la de aquellos que ya en años anteriores han estado en el pueblo, playa ó balneaiio de La Urbana, Compañía que consta de dos jardineras y que circula en competencia con otra Sociedad de vehículos titulada La Estrella, propietaria de un ómnibus y dos familiares. Los viajeros antiguos traen yn resuelta m ía. cues ión de competencia, y por nada en el mundo los que pertenecen á La Urbana montarían en un carruaje de Za Estrella. Tan definidos y clasificados están los veraneantes por esta diferencia de cuadi a, que á muchos de ellos, más que por su apellido, se les conoce por el nombre de la Empresa á que están afiliados. Resuelto este primer problema, los que llegan montan en los coches y se pierden entre nubes de polvo. Vencida la cuesta (esa inevitable cuesta que separa á todos los pueblos de sus estaciones respectivas) y ya frente á los hoteles de la colonia, los viajeros veteranos se apean junto al suyo. A la puerta, les reciben lo; porteros, y en rededor se agitan unos cuantos individuos que ofrecen por toda la temporada diversas niercancíss. Pero con Xo- s, antiguos ie. esfuerzo es inútil. -Gracias, gracias- -contestan á los solicitantes. -No es la primera vez que venimos aquí y ya sabéúijs dónde hemos de surtirnos. Pasada esta escena y aquella otra de los saludos, entran en su casa, y allí son las exclamaciones ante las novedades y sorpresas que encuentran en ella. que se trate, y la de los novatos que por primera vez arriban á sitio tal. Para los primeros, el día de la llegada es el gran día. Apenas bajan del tren y ponen su planta en la guijarrosa arenilla del apeadero, empiezan á dárselas de enterados y á demostrar que para ellos no existe ese primer momento de timidez que tan en ridículo pone á los mievos. Para los atztiguos todo es conocido, y si en algo se esfuerzan es en hacer notar en voz alta las diferencias que notan en cuanto les rodea. ¡Hombre! iVoí han cambiado el jefe de estación! -exclaman en tono bastante fuerte para que los demás viajeros se enteren de que no es la primera vez que pisan aquellos andenes. ¡Pobre Gutiérrez... Adonde se lo habrán llevado. Estas lamentaciones sobre la suerte del antiguo jefe siguen hasta que, ya fuera de la estación, tropiezan Jos recién llegados de manos á boca con el Chelo. El Chelo es un cojo muy popular, y al que tratan los antiguos con mucha confianza. ¡Hola, Chelo: iQxíé tal se ha pasado el invierno... Toma; pon todos estos líos en un coche de los de La Urbana, y á ver si Felipe nos Deva á escape. Este Felipe es el cochero más viejo de la Compañía ¡Mira qué nido han hecho las golondrinas sobre la cornisa del armario grande... ¡Uy! ¡Cuánto ha crecido el ciruelo que plantó Manolito...