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D O 3 A ROSARIO. -Efectivamente. RICARDO. ¿Qué quiere usted decirme, pues? DOÑA ROSARIO. ¡No te alarmes, iiombre! No es nada grave. Pero... vamos, que S 2 nía fig- ura á mí que Mercedes... RICARDO. -Mercedes, ¿qué? DOÑA ROSARIO. -Pues que está así un poquulo... ¿cómo diré... un poquillo desilusionada. RICARDO. ¿Desilusionada? ¿De mí? DOÑA ROSARIO. ¡Hombre, claro! RICARDO. ¿Habla usted en serio, tía? DOÑA ROSARIO. ¡Figúrate! RICARDO. -Pues nada he notado en ella; se lo juro á usted. DOÑA ROSARIO. ¿No has notado nada? Pues ó tú eres miope ó yo veo demasiado. ¿Quieres que te hable claro? Pues oye: Mercedes está decidida á reñir contigo. RICARDO. ¿Qué dice usted, tía? DOÑA ROSARIO. ¿Quieres que te diga más? Pues oye: creo que Mercedes no te conviene. RICARDO. -Pero ¿qué dice usted, tía? ¿No fué usted la primera en decirme que me convenía Mercedes? DOÑA R O S A R I O -P u e s ahora te digo todo lo contrario; no te conviene. RICARDO. ¿Quiere usted explicarme lo que ha ocurrido? Porque no acierto á comprender nada de lo que acaba usted de decirme. ¿Es que Mercedes le ha hablado á usted? DOÑA ROSARIO. -Claro que me lia hablado. RICARDO. ¿Y qué ha dicho? DOÑA ROSARIO. -Mejor es que no te lo diga. RICARDO. ¿Tan desagradable es? DOÑA R O S A R I O -E n t r e otras cosas, ha dicho que eres un tarambana. RICARDO. (Tirando d cigarrillo que fuma. ¿Q y- soy un... ¿Pero se ha vuelto loca? DOÑA R O S A R I O ella se ha vuelto loca ó tú te has vuelto un tarambana. ¿Qué más ha dicho? Pues que eres un presumidillo iluso que se cree insubstituible. En una palabra, hijo, que té h a puesto como un trapo. iCñ. -B. Tio. (Decla 7 nando malamente. ¡Bien, hombre, bien; está bien! ¡Crea usted ciegamente en el candor y la lealtad de una niña, quiérala usted noblemente, disculpe sus nervios, halagúela cuanto pueda desear su amor propio, y tópese usted iin día con que esa niña le está á usted lindamente tomando el pelo! Tía, Mercedes es una, loca. DOÑA ROSARIO. -De remate. RICARDO. -I, e advierto á usted que no es de ahora e) descubrimiento. ¡Siempre me lo pareció! DOÑA ROS. ARIO. -Entonces, ¿porqué te pusiste en relaciones con ella? RICARDO. ¡Toma, porque usted me lo aconsejó! DOÑA ROSARIO. -Pues no debiste hacerme caso. RICARDO. -Usted debió haberme advertido el peligro que corría. DOÑA ROSARIO. -Hombre, si te lo advierto no te hubieras puesto en relaciones. RICARDO. ¡Claro que no! DOÑA ROSARIO. -Y á mí me interesaba que fueseis novios. RICARDO. ¿Que le interesaba á usted, sabiendo que era una loca? ¿Pues qué intenciones... DOÑA ROSARIO. -Bien modestas, hijo; distraerme con vosotros; ya sabes que me distrae mucho cualquier historia un poco embrollada. RICARDO. ¡Ah! vamos; le hemos servido áusted de diversión. Entonces toda esa serie de peloteras que hemos tenido, las ha motivado usted. DOÑA ROSARIO. -Hombre, no tanto; me divertían, claro que sí; pero de 5o á motivarlas... Confiaba en qué os bastabais para reñir sin la ayuda de nadie. RICARDO. Ahora me explico que no haya venido esta tarde. ¡Y yo que venía tan confiado á verla! DOÑA ROS. ARIO. ¿Pues no me asegurabas que era eu mi honor la visita? ¡An, trapalón! RICARDO. (Nervioso, pasando por todos los tono del despecho y sentado como sobre alfileres) Querida tía, agradezco á usted mucho sus interesantes revelaciones y procuraré servirle un nuevo motivo de amenidad y distracción, adoptando las medidas que creo necesarias. DOÑA ROSARIO, -Supongo que no harás una atrocidad. RICARDO. -Haré lo que se merece esa niña por coquetuela, por loca y por aviesa. DOÑA ROSARIO. ¿Y por qué más? Porque va á resultar ahora que Mercedes es la criatura más imperfecta. RICARDO. -Es la más perfecta loca. DOÑA ROSARIO. (Con tono cómico sentencioso) ¿Porque no te quiere, porque te llama tarambana, por eso es una loca? ¡No estás tú mal cuerdo! Tú, que al verte desdeñado, conviertes el cariño en despecho. ¡Venganza contra esa pobre niña! Eso no es de caballeros enamorados. El verdadero cariño estima siempre al objeto amado, aunque lo pierda. Eos amantes leales no se desdicen nunca de sus alabanzas de amor. Tachar de loca á la que se estima como discreta, ó es calumnia ó es necedad. No olvides la lección. RICARDO. ¿Pero ahora la defiende usted, tía? DOÑA ROS. RIO. ¿No he de defenderla? ¡P o b r e criatura! Mercedes es una buenísima muchacha que te quiere mucho nías de lo que mereces, cuando así hablas de ella. RICARDO. -Pero entendámonos, tía. Hace un instante decía usted que era una loca de remate; ahora rectifica usted y me recrimina. ¿En qué quedamos? DOÑA ROSARIO. ¿Que en qué quedamos? (Hace una pausa, mira por encima de las gafas á su sobrino y le dice. Pues quedamos en que yo tenía curiosidad por saber si quieres á tu pnrha, y he visto que la quieres muy poco. RICARDO. (Saltando del asienta. ¡Tía Rosario! ¿Ha estado usted burlándose. de. mi? DOÑA ROSARIO. ¡Naturalmente! RICARDO. ¿De manera que todo lo que ha dicho usted de Mercedes es mentira? DOÑA ROSARIO. -Todo... RiCh. R. DQ. (Aíirándola asombrado. ¡Tía Rosario... DOÑA ROSARIO. -Qué quieres, hijo... Enalgohabía de pasar la tarde. BJ. CA. V. DO. (Cruzándose de brazos. ¡Tía Rosario! ¿Y iio ha encontrado usted manera mejor de pasar la tarde que poniéndome los ner íos de punta? ¿No se le ha ocurrido á usted historia más entreteniaa que urdir cizaña en mis amores? DOÑA ROSARIO. -Aleccionándote de paso; enseñándote que el verdadero cariño no rectifica nunca sus alabanzas de amor. Debes agradecérmelo... RICVRDO. -Muy agradecido, tía Rosario; y procurare ademas estar alerta para no volver á ser víctima de ios folletines de usted. ¡Pobre Mercedes! ¡Qué descansado me deja saber que no me cree un tarambana! DOÑA ROSARIO. -Puedes eístar descansado, pues no lo cree. Soy yo quien lo cree ahora. Sí, no me mires... Yo, por esa facilidad que tienen tus amores para despecharse y deshacerse. Pero, ¿qué te pasa? ¿Quieres tila? ¿Quieres un poco de agua de azahar? RICARDO. -Eo que quiero, tía Rosario, es marcharme. Créame usted; necesito aquietar estos nervios fuera de aquí. DOÑA ROSARIO. -Pues vete con Dios, hijo, Muchas gracias por tu visita, y ya sabes... Cuando quieras hacer una obra de caridad, ven á acompañarme un rato; me aburro de estar sola. RICARDO. -Vendré, tía, vendré á pasar la tarde con usted. Pero leyéndole Los siete niños de Ecija ól a Hazañas de Roca! Jtbok... Mgo muy interesante! J. ORTIZ DE PINEDO yiBUJOS DE MÉNDEZ D I Í I N G A