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te advierto que no lia venido esta tarde. Ni creo que venga. RICARDO. -Vengo á ver á usted, á pasar la tarde con usted. DOÑA ROSARIO. -íso sabes lo que te agradezco la RICARDO. ¡Qué bodas tan curiosas! DOÑA Í OSARIO. -Pues mira, alguna be hecho me- compañía. Paso sola todos los domingos. A tu tío no hay quien le detenga, ya sabes... Tu prima Mercedes me acompaña pocas tardes... I as visitas de la doncella es lo único. que rae entretiene algunos ratos. Pero esa gentuza á lo mejor no viene... RICARDO. (Riendo. Tiene razón papá cuando dice que está usted siempre á caza de un folletín, bien sea leído en lui periódico ó imaginado por usted con lo que le cuentan los criados ó las visitas de los criados... Pero tía, ¿será posible que se distraiga usted con esa gente? DOÑA ROSARK -Qué quieres; cuando no tengo con quien liablar... Y esta gente de pueblo, con todas jor que las que suelen hacerse en Madrid entre nuestra clase. RICARDO. ¡Como que es usted una especialidad en matrimonios á la medida! Tan igualítos, tan perfeccionados... Parejas de floreros de Villa de Abajo... ¿Talla usted á los novios previamente? DoÑ. R O S A R I O M á s vale que pequen de ajustados que de desiguales. Ahí tienes á la pobrecilla Carlota, casada con ese viejo de Montañer, que, con sus años y su senaduría, se pasa la vida en el Tobogán subiendo y bajando... ¡Qué falta de seriedad! RICARDO. -Es verdad; no están bien en un senador tales deslizamientos. Debe atenerse á la Alta Cámara. Pero, en fin, si el pobre Montañer disfruta deslizándose... DoKA ROSARIO. ¿Tú no has bajado en el Tobogán? sus barbaridades, rae distrae mucho. Encuentro curioso todo lo que me cuentan. Y ya sabes que yo disfruto oyendo la historia de cualquier persona... Me gusta meterme en todo... Como no salgo, como estoy siempre metida en mi rincón... RICARDO. (Riendo. ¿Ha hecho usted alguna nueva boda entre esa gente? DOÑA ROSARIO. -No te burles... Esos pobres, aunque son brutos, agradecen mucho que se les dé un consejo, que nos interesemos por su vida, que cuidemos de ellos... RICARDO. ¡Pero tía, dedicarse á casar á los amigos y conocidos de los criados, á e s a g e n t e de Villa de. Abajo... ¿No es Villa de Abajo ese pueblo? El día menos pensado se le presentan á usted los mozos de Villa de Abajo que no puedan casarse allá, tomando esta casa por una agencia de matrimonios. DOÑA ROSARIO. -Burlare, búrlate... RICARDO. -Todavía no. Me reservo para cuando llegue á senador. DOÑA ROSARIO. -Te lo pregunto porque no me h e enterado bien en qué consiste ese recreo. RICARDO. -Pues muy sencillo: una espiral ó caracol, por donde se tarda en subir dos horas y se cae en un abrir y cerrar de ojos... Vamos, una especie de ministerio de Moret, para que se forme usted una idea. DOÑA ROSARIO. -Veo que estás de un humor exce- lente. Eso prueba que dura la paz. RICARDO. ¡Bah, durará siempre! I,o pasado no h a sido más que tonterías del principio de todos los noviazgos; un poco de nervios de ella y míos, y nad i más. Ya verá usted como no se repiten. DOÑA ROSARIO. -Más vale así. RICARDO. ¿Por qué ha dicho usted... DOÑA ROSARIO. ¡Por nada, hijo, por nada! RiCARD- -iCa! Usted no habla en balde.