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sien; la máquina jadea, y nosotros, egoístas, que nos hemos desayunado muy tempiauo, comenzamos á pensar en el almuerzo. El almuerzo del rápido es como la música de un piano de manubrio. Primera pieza, siempre la misma, huevos en be chamel; segunda, la misma siempre, carnero con legumbres; tercera, invariablemente, fiambres y ensalada; cuarta y última, como la jota, queso y fruta. L, as mismas clases de queso todos los días; la fruta varía algo, según la estación por donde se pasa. El almuerzo del rápido lo llevaba yo en los oídos desde las calles de Madrid. M e s é tan perfectamente todos sus cilindros, que soy capaz de tarareárselos al mismo cocinero. Y, sin embargo, se espera con ansia el almuerzo. Al estómago no le importa que le traten de organillo, siempre que le den música de baile. ¡Extrañó plebeyo que iguala á los inlelechiales con las criadas y. los soldados de la pradera del Corregidor! Iva máquina deliren arrastra perezosamente el convoy, y pasamos muj despacio ante Collado Mediano. ¡Dioses! yo he visto de pronto el veraneo burgués en toda su apacible y envidiable mediocridad. He visto, á la sombra de unas menudas acacias, alineadas en un diminuto jardín, á un señor bien conservado, con zapatillas y gorra. En el velador próximo tenía el servicio del desayuno, que acababa sin duda de saborear, y en los labios él cigarrillo primero del día, pues no le creo tan temerario que fume antes de defayunarse... Sobre las piernas, el periódico. Unos riños jugaban en el fondo del jardín entre matas de rosales, y dos domésticas miraban al tren desde la terraza del hotel, un hotel ni chico ni grande, un hotel de Collado Mediano. Todas las mañanas, seguramente, el paso del rápido sorprenderá al excelente burgués con el primer cigarrillo del día en la boca y el periódico sobre las piernas. Eos niños jugarán á esa hora indefectiblemente entre los rosales, y las domésticas se asomarán a l a terraza del hotel. No lleva hoy mucha gente pensaba sin duda el señor, y, despreciándonos por ello, alzó el periódico y enfrascóse en la lectura. Un periódico liberal, de fijo, porque aquel señor bien conservado, que toma con comodidad la vida á la sombra de las acacias menudas, debe de ser tan liberal como yo. Habrá conocido á todos los protagonistas de la Gloriosa, y la muerte del marqués de la Vega de Armijo apenaría recientemente su corazón como una desgracia familiar. ¡Ya no quedan hombres, mi querido señor; ya hay que resignarse á ver pasar los trenes con el cigarrillo en la boca, bajo las acacias enanas! Eos niños seguían jugando, las domésticas abandonaban! a terraza, el burgués leía su periódico, y una c u r v a d é l trayecto me borró la película, arrancándome un suspiro envidioso. ¡Ah, Coliado Mediatio, ni alto ni ba- jo, lo suficiente para respirar bien en un jardín diminuto, con niños que juegan y rosales floridos... Poco tiempo después el tren se detuvo, contento de. haber llegado. Estábamos en Cercedilla. Y entonces vi á Garlitos Fernández Saw, que entraba en el despacho del jefe de estación. Elevaba en la cabeza un sombrerito de paja de forma de jipi, pero muy chiquitín, como los que usan los niños cuando van a l a playa. ¡Caprichoso sombrero para un cerebro de poeta! Porque Fernández Saw es un poeta muy grande, que no tiene más defecto que leer sus versos como un orador. En su Poesía de la sierra hay tal intensidad de emoción, que se sobrepone á la fuerza descriptiva, con ser ésta avasalladora en el temperamento poético de P ernández Saw. ¡Maldita luandíbula prominente, característica de los oradores, que nos estropea en España á los poetas de la humilde y santa poesía, doncella que habla más con los soñadores ojos que con la voz apagada, dulce y algo temblorosa! Abrazo imaginativamente á Carlos Fernández Saw, gran poeta de las sierras del mundo y amigo sin duda del jefe de estaciónde Cercedilla, y otra vez arranca el tren perezosamente, lamentándose la máquina de que la obliguen á subir aún. Animo, el carbón restaurará las energías fallecientes... ¿Y nuestros huevos á la be chamel ¡y nue. stro carnero con legumbres, y nuestros fiambres, y nuestro cjueso... ¿Que hasta Segovia no se almuerza? ¡Ah, mi querido burgués y correligionario de Collado Mediano, no te dirán eso á ti! Tú almorzarás á la hora que quieras, bajo las apretadas acacias de tu jardín, y üo huevos á la be chamel, con más mantequilla que huevos, ¡no! Pero, en fin, siga cada cual su destino, y a l muerce á la hora que pueda y cuando le den de almorzar. Vamos á Segovia. ¿Bostezas, lector. V o también. ¡Ah! yo también. Mí? JOSÉ D E R O U R E DIBUJOS DE MEDINA VERA