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IMPRESIONES VERANIEGAS E VIAJE. I os viajeros nos acomotlamos traiiquilamente en nuestros departamentos. No hay apretones ni prisas. El éxodo veraniego apenas ha comenzado. Josué mandó detener al sol, y el Gobierno ha hecho lo mismo con los madrileños. Mientras dure la batalla de la Administración local, nadie se mueva. l é benéfica debe de ser una ley que empieza por dejar en el sitio á la mayoría de los ciudadanos! Pero gracias á ella, nuestras maletas disfrutan de amplísimo espacio en las ledes del vagón, y nuestros cuerpos gozan del mismo beneficio en los asientos del coche. El departamento es para seis y lo ocupamos cuatro. Las maletas nos miran satisfechas, y nosotros miramos satisfechos á las maletas. Un tácito vítor á la autonomía brinca en esas miradas. ¡No hay hombre ni equipaje que no se sienta algo catalanista viajando! Suena nerviosamente el tintineo repetido del timbre. Faltan cinco minutos. ¡Que pasen pronto! hs marquesina de la estación nos roba el aire. Aire. ¡Qué palabra tan deliciosa! Sólo hay otras dos en el idioma que le igualen en encanto: agua y luz, Luz, agua, aire... También la palabra lib eral tiene cierta poesía. Aspirar aire brusco, de monte, beber agua dura, de roca, bañarse en viva luz castellana y sentirse liberal al salir á provincias, ¿no es reunir todas las felicidades en el quebradizo vaso de un cuerpo humano? ¡Ahí te quedas, Madrid; ya no me arrojará de tus cafés la mano odiosa del polizonte á la una y media en punto, y, ¡con qué poco se contenta un español! al pensar así, soy dichoso. Han transcurrido los cinco minutos; el tren se desliza de la estación; una manotada de luz me da en los ojos, un rebullicio de aire se me mete por la boca... ¡Adiós, Régimen local; adiós. Gobierno que otorgas la autonomía á las provincias y no le permites á un ciudadano tomar su chocolate á la hora que le dé la gana; adiós, perpetuo contrasentido de nuestra pintoresca vida española; un liberal que va á provincias en demanda de aire brusco, agua dura y viva luz, te dice adiós como á la vecchia Zimarra! El Manzanares. A fuerza de embalsarlo, ha conseguido el marqués de Santillana que en algunos sitios parezca río. Lo mismo les sucede á nuestros artistas: cuando se estancan, empezamos á creer en ellos. La Casa de Campo... Hermosas tardes de primavera gozadas a pacible y lentamente en este oasis, mientras los pescadores de caña soñaban con un pez encantado que agita el corcho cada dos lustros, los conejos sorprendidos por el rodar del coche huían monte arriba enseñando una mancha blanca que, sin duda para servir dé blanco, les puso la Naturaleza, y sonaban monótonas las dobles detonaciones del tiro de pichón, acusando tal vez ceros... El tren aupa rápidamente, que por algo se llama rápido, á las alturas de la regia finca, y entre unos campos pardos, asalta á nuestros ojos la audacia del ladrillo. Es Pozuelo. Cada ckalel parece la pesadilla de un jugador de treinta y cuarenta. Encarnado y color ganan. Sobre todo, cuando se pierde de vista. Torrelodones. Ya aquí las casas son de piedra y el monte parece monte. En Torrelodones se respira bien v el aire huele á olores íjravíos. lista recia sensación me hace acordarme de Frascuelo, el fiero matador de toros que acabó su existencia viendo pasar los trenes desde la puerta de un almacén de ultramarinos. Yo, que nunca había contemplado sus proezas en! la plaza, porque no me gusta ver proezas inútiles, lo recuerdo en la puerta del almacén de Torrelodones y aun diviso su cara verdosa surcada de profundas arrugas... Fué un hombre admirable que mataba, según dicen, como ya no mata nadie, 3 tuvo también mucha fortuna en amores. Su última etapa de ultramarino cerró, á mi juicio, bellamente una vida tormentosa. Pero ni aun despachando salchichón y aceitunas pudo subbtraerse Frasatelo al maleficio de lo trágico, porque en Torrelodones, para salvaguardia de los cotos, por todas partes se lee: Hay trampas y veneno. Y rodeado de tales carteles, un almacenista de ultramarinos calza, en vez de zapatillas, el c o t u r n o d e los Forjas. Villalba; el tren se detiene, como para tomar aliento, ante la fatigosa subida de la sierra. Nos ofrecen pastillas y bombones de la fábrica de Matías López. Nadie compra pastillas ni bombones. Vemos á la derecha de la vía varios hotelitos cerrados, con el anuncio de Se alquila este hotel Ningún viajero se apea y alquila uno de aquellos hoteles. Decididamente, tren menos comunicativo que el nuestro no ha cruzado por la estación de Villalba. Y empieza la aseen-