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ESCENAS PARISIENSES i AS MAÑANITAS DEL Son las tres de la madru -ATA 1 AIV gada... El día ha rasgado l 2 i ü l l a s últimas sombras y ha extinguido la luz de las últimas rebeldes estrellas... Montmartre, después de resplandecer toda la noche, ve cómo parten ligeros fiacres y autos- y queda silencioso Pero la gente alegre continúa divirtiéndose, y en este tiempo es de rigor, después, del obligado paseo desde Máximas á la Abbaye, montar en el autobús que Albert, el buen patrón tiene contratado para dar un vistazo, al ire Ca a ara. ¡Deliciosas mañanas de los Campos, el más encanta; acr rincón de París! Yo no comprendo, por qué las parisinas abandonan estos plácidos escondrijos del Bosque, tan poéticos, tan apacibles... Teníais que ver á los juerguistas sempiternos que se han pasado la noche destapando botellas de extra sec, arrugadas las blancas pecheras, deshechos ó torcidos los lazos de las corbatas, cansados y somnolieutos, ir al Pre Catalán demadrugada dispuestos á continuar la bomba ¿Qué les sucede apenas comienzan á respirar las brisas perfumadas de los Campos? ¡Oh! Yo no os lo podría explicar... Pero los observo cómo despiertan, cómo abren anchos los pulmones, respirando con delicia él aire puro, y luego, al llegar al restaurant Í 2 xa. o Q emplazado, en pleno Bosque, parece, que les da vergüenza continuar la juerga y en vez de nuevas botellas champagne, piden vasos de leche, que beben con delicia gíotonamente. ¡Espléndidos amaneceres de Julio en el Bosque de Bolonia... ¡Cuánto beneficio nos hacéis después de una noche de bomba Y todo el mundo piénsalo misiuo... ¡Qué hermoso debe ser levantarse á estas horas y con el cuerpo descansado, despejada la cabeza, libre de preocupaciones y cuidados, venir aquí á disfrutar de madrugada la honda poesía que se escapa de todos los rincones del Bosque... Y envidiamos al trabajador que pasa, al empleado que sé apresura allegar á tiempo á su despacho, á la gentil obrerita que, fresca y rozagante, visne á dar de comer á sus pájaros antes de encerrarse en la prisión del taller... ¡Quién no. ha hecho propósito de enmienda, quién no se ha jurado á sí mismo no reincidir en esta vida desordenada, irritante, de última hora; quién no se ha pr metido interiormente romper con esta obligación ineludible de recorrer to. das las noches los Santos L, ugares del Placer, desde Maxim s hasta la Abbaye... ¡Inútil empeño! Los mejores propósitos se convierten al siguiente día en leve arena... ¿Al siguiente día? ¡No... No es preciso que transcurra tanto tiempo para que experimentemos una saludable reacción... Los propietarios del Pre Catalán conocen su mundo y han dispuesto sabiamente la colocación de una orquesta que, cuando más ensimismados estáis, rompe á tocar los aires más regocijados, las danzas más alocadas, las canciones más descompuestas... Y por si esto fuera peco, veis de pronto que salta sobre una mesa el Falco y se baila un tango desenfrenado, mientras la Macatrona- -rwi stra legendaria institución f l a m e n c a- -d á n d o s e un golpe en el ala del cordobés y sonando los palillos, grita: ¡Caballero! ¡Caballero ¡Ole! -exclama la concurrencia de señoritos de frac y muchachas de toilettes de baile... ¡Ole! -gritamos nosotros, sintiéndonos castizos también, y Albert, el buen patrón que ve que la cosa se anima, chapurrea un ¡ole! que nos conmueve por lo espontáneo... y desinteresado. En tanto, la Macarrona se ha preparado la salida y continúa: Fué mi madre una gitana, y m i padre un caballero de esos que pelan borricos en Puerta del? naiaero... Nadie la entiende; pero ¡no importa! Ha puesto la cara picara, ha guiñado los ojos á tres ó cuatro señoritos, hace un ruido infernal con las manos y con los pies, y todo el mundo la aplaude... Todo el mundo, sí, porque hasta un negro, que dicen que es príncipe de no sé qué país lejano, la tira el sombrero de copa, diciendo entusiasmado: ¡Ole lo rubio! ¡Y hay que ver que la Macarrona es más obscura que un zapato! Pero ya se rompió el hielo, ya los vasos de leche quedaron arrinconados y vuelve á correr el champa rne... Y ahora, para que haya para todos los gustos, sale un tenorino cantando un vals sentimental, mientras pone los ojos en blanco cada vez que alarga una nota, y se lleva las manos desesperado al pecho cuando comienza á decir A re rain: Mais un ser 7 neni de fsmpie n est que 7 nensonge infame... A estas pobres criaturitas, que se comen cincuenta mil francos por mes y arruinan al desgraciado que se acerca á ellas, esa mentira infame aplicada al juramento de una mujer las impresiona muchísimo y rompen á llorar... Y nosotros, después de una noche alegre, tenemos también el corazón predispuesto á lo sentimental, de manera que concluímos todos por repetir el re rain y decir muy convencidos que, en efecto, los juramentos de las mujeres son una mensonge infame... Sin perjuicio de alegrarnos cinco minutos después, cuando el Faico baila y grita: ¡Ole! Cuando la Macarrona hace su salida ¡Caballero! ¡Caballero! ¡Mañanitas del Pré Catalán! ¡Hay que huir de vosotras! JOSÉ JUAN CADENAS DIBUJO DE MEDINA VERA