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Dieron ias nueve en el reloj de una torre próxima. Desde la primera campanada, que á impulsos del viento vibró en el local, dominando la algarabía, cesó ésta como obedeciendo á una imperiosa voz de mando. Cuando terminó de dar la hora, oyéronse diversos comentarios. -Dijeron que á las nueve. -Ya no deben tardar pues. -Ya debían estar. -Se quedrán dar importancia, ó asi. -Pello chiqui ií sido siempre un informal. -Pello aundi un peresoso es. -Ya verás pues como nos liasen esperar un ciiarto de hora y más, sí. -El que espera desespera; así se dise. Esta pertinente observación fué hecha confidencialmente por el sargento de niiqueletes, el cual acompañó la cita con un fuerte codazo á su compañero de mesa. De pronto, una bocanada de aire frío y húmedo advirtió que se había abierto la puerta, y un griterío ensordecedor acogió la entrada de los dos Pellos, el 72 z (grande) y el Í- ZZ Z ¿Z (pequeño) Estos, para corresponder á las jubilosas demostraciones con que eran recibidos, se crej eron en el caso de saludar, uno por uno, á todos los concurrentes con efusivos apretones de manos. Después, á petición unánime, pasaron á colocarse junto al sidrero, detrás del mostrador, lugar elevado desde el que se dominaba todo el local, y que valía por cualquier otra tribuna. Dispusiéronse á satisfacer la curiosidad pública con el prometido relato. Tratábase de referir extensamente el sensacional naufragio en que los dos Pellos ¿aí í? tomado parte. Sí; no había sido un naufragio vulgar. Embarcados en un vapor de altura, por cuyas faenas, en busca de mejor vida, trocaron un día las de la pesca, naufragaron en uno de los primeros viajes frente á las costas de Senegambia. Pello atmdiy Pello chiqtiilográxon llegar á tierra, en donde fueron recogidos por una tribu de negros hospitalarios, con los que convivieron no poco tiempo antes de ser repatriados. En fin, allí estaban ellos, en la sidrería, en donde lo contarían todo con todo detalle, según habían prometido. Por de pronto, contestando á la solicitud del sidrero, dijo Pello aundi: -Tráeme una jarra de sidra. -A mí una botella de servesa- -añadió Pello chiqíii. ¿También aquí? -exclamó el primer Pello dirigiéndose á su compañero. -No sé pues cómo eres. Y volviéndose al sidrero, dijo: -Tráele también sidra á éste ó vino, si más quiere. -Servesa he dicho- -replico Pello chiqía. El otro Pello se encogió de hombros, pero encarándose con los espectadores, que empezaban á impacientarse, declaró: -Servesa que no le gusta nada á éste, sabido tengo; pero porque ha andao con ingleses y franceses y con otros de por ahí que servesa ha de tomar se empeña, sin gustar. Este fantasioso es. Riéronse todos, y también se rió Pello chiqui. Pero cesó la risa y se oyó una voz: -A ver si enipesáis de un ves, ó... Aquí no vamos á estar pues hasta el mañana. Era justa la observación, y Pello chiqut, después de beber un trago de cerveza con un gesto que corroboraba la afirmación de Pello aundi, empezó el relato. -Así pues- -dijo, luego de haber referido las angustias del naufragio- -lleguemos á la aldea negro ó así. Allí, muy bien. Por gusto, más tiempo ya me habría y quedao. Pero éste- -señaló á su compañero- -con prisas estaba y... -No me tientes el pasiensia- -le dijo, interrumpiéndole Pello aundi. ¿Ya sabéis- -exclamó dirigiéndose á los oyentes- -por qué le gustaba aquello? Porque tras una negra como pes empesó á andar y... ¡Vergüensa debía darle el recordar! Plubo carcajadas y protestas, dirigidas las segundas más bien al interruptor que al duduso gusto de Pello cluqui. El sargento de miqueletes declaró al sujeto que estaba á su lado que tampoco él en Cuba, cuando sirvió en la Guardia civil, hacía ascos á las morenas. Mientras tanto. Pello chiqui, á quien había llegado al alma la pública reconvención de su compañero, sin duda porque guardaba vcíuy en lo hondo el recuerdo de la senegalense, se había desatado en improperios: ¿Qué tienes tú que desir? ¿Tú, qué eres pues tú? Mucho cuerpo y mucha lengua. ¿Y qué más? ¿Ya tienes inteligensia, por si acaso? También grande es pues una ballena. ¡Basta, basta! -gritaban unos. ¡Duro, duro! -azuzaban otros. Y se oían silbidos y aplausos y relinchos. Pero el chiqía, cuyos pulmones desafiaban á los del aundi llegado el caso, continuaba por encima del alboroto: -Me quieres avergonsar con negra. Mejor es pues una negra como pes, que tú dises, pero con cuerpo de mujer joven que tenía, que aquel bacalao viejo de Ingalaterra, igual, igual por todos laos que se miraba, y tú ya hasías buenas caras al bacalao, porque tras los cuartos andabas. Un rugido general acogió la denuncia de Pello chiqui. Pello aundi, congestionado, se había puesto en pie en actitud terrible, pero ni se inmutó su insultador ni nadie hizo ademán de interponerse. No había para qué, en efecto. Después de un rato de difícil gestación, á lo que parecía. Pello AÍOTÍ Z descargó un tremendo puñetazo en el mostrador, y exclamó con acento de soberano desprecio: ¿Qué casóse va pues á haser a un hombre. que tres botellas de servesa ya se ha bebido, y que le da asco sé? Hubo otra gritería. Calmada un tanto, dijo uno: -Bueno, ya está. Sigue contando Pello c izqui. -Que cuente éste agora si quiere- -contestó aquél con mal humor. -Ya contaré, sí; ya se yo también contar, aunque sea como ballena- -replicó con retintín Pello aundi. Pero en aquel momento se personó un sereno eii la piaerta de la sidrería, y en términos concisos, pero claros, manifestó que eran las doce, que harto habían escandalizado ya, y que por estos d o s alegatos desalojaran el local inmediatamente. Nadie objetó nada, pagó cada cual su consumo, y á los pocos momentos no quedaba en la sidrería sino su dueño, contando con satisfacción los ingresos. Por una callejuela empinada subían Pello aundi y Pello chiqui. Este, algo mareado, se apoyaba confiadamente t n el brazo de aquél. Y el aundi l decía al í íj- ftó bondadosamente: -Ya te tengo pues dicho. Cuando no se bebe á gusto, hase mal al cuerpo. LUÍS D E TERÁN DIBUJOS DE MÉNDE 2 B i ü A