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-ÍS Kíf- O í. r SENSACIONES DE VERANO F U E G O EN LAS E R A S y l media mañana los mucliachos entonaban la canción de las eras esparrancados en el trillo, y las cabaI J Herías, chorreando sudor, llegaban del acarreo cargadas con las angarillas, que sostenían los apretados JL haces. En los sembrajos columpiábanse los zaques, daban los ganapanes vuelta á las parvas, ó en trajín incesante iba y venía la criba, impulsada por brazos robustos. A favor de una racha de aire solano aventaban las trilladas mieses. Fué á la hora de dar de mano, al ir á soltar las bestias. El sol achuchaba, habíase remontado al cénit, y desde lo alto difundía su lumbre. Un grito rasgó el silencio de aquella hora solemne, un grito temeroso y desgarrado, al q- ae sucedieron voces desesperadas; al oirlo, corrieron los trabajadores; en el confín lejano del ejido, por el lado oriental, una espesa columna de humo se elevaba. -El fuego es en la era del tío Puli- -dijeron algunos. Llegaron allá desalados; sobre la parva que ardía cayeron escobones de retama y de espinosas tamujas; aunque de poco hubiera servido el agua, faltaba por completo; cebábanse las llamas en el grano rubio, en las resecas pajas, y los esfuerzos para atajar el incendio eran inútiles, porque éste, cada vez más voraz, surgía restallante y amenazador por entre las piernas de los gañanes, y escalando una hacina, invadió luego la era próxima, extendióse después en alas del viento, y desde allí se propagó rápidamente á las demás. En un instante, por la derecha y por la izquierda, por la espalda y por el frente, las llamas, que no se veían porque la luz solar era deslumbradora, lo dominaron todo, devorando crepitantes las mieses, y el ejido fué una inmensa hoguera. Del pueblo cercano salieron mujeres desmelenadas y sucias, chiquillos desarrapados y terrosos, ancianos trémulos y desemblantados. Al llegar á las eras, por donde corrían las bestias maneadas buscando salvación, las mujeres, con los brazos en alto, atacadas de un arrebato de locura, entrábanse profiriendo terribles amenazas por entre las hacinas humeantes. Los hombres, con los brazos cruzados, inmóviles, contemplaban el cuadro con mirada fija, en silencio ensimismados con siniestro estupor. Ardió todo, no quedó nada. Al llegar la noche, clara y luciente, llena de majestad y de belleza, la luna y las estrellas iluminaron pavesas y cenizas. El pueblo en masa, desolado y genebundo, pernoctó en el ejido. Velaban sobre las ruinas de su riqueza. No había consuelo; flotaba en los aires, batiendo las negras alas, el ave feroz de la miseria, que con su pico corvo y sus uñas de acero devoraría las entrañas de los labradores. ZsTo había consuelo; lloraban las mujeres con hipo ruidoso; vencidos por el sueño, dormitaban los greñudos luachachos; algunos hombres, ya de madrugada, lloraron también en silencio. ViRGJLio C O L C H E R O D 3 BUJO DE REGIDOR