Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Doras, se pone una gorra, alquila una almohada, y hace doscientas operaciones molestas, y aprendidas, sin duda algu- na, en el extranjj ro. No todos los tipos que viajan son así, aíortutiadamente. Otros son, por el contrario, pura correcoion. Los pollitos que en busca de tina playa de moda se meten en el tren con sus guanter, su camisa blanda y su casquete ingles, dedican su viaje á la galantería más exquisita y al rápido á 6o kilómetros por hora. Antes de mon- tar dan estos viajeros u- n paseíto i e orientación á lo largo del tren. Una vez elegida una buena posición, el viaje está asegurado. En marcha, el amor se aviva, y en viaje, ha dicho Alfonso Karr, todas las mujeres son guapas. ¡Cuántas pasiones han empezado antes de Las Ro- as y no han terminado hasta la Volcaría... ¡Cuánto matrimonio ha tenido su origen entre Las Zorreras y El Escnrial! Pero no. perd- amos el tiempo para no llegar con retraso. El tren está en marcha. Después de los esfuerzos de los viajeros para ir solos, los carruajes van atestados. E) n cada departamento, ocho individuos distintos y todos dignos de estudio. No faltara, entre ellos el señor que se ttiuer- e por entablar conversación. Si os quejáis de frío, este señor levantará el cristal de la ven- tana y este pequeño servicio le dará pie oara deciros dónde va, por qué va y hasta el dinero que lleva. Os contará sw enfermedad, si es que se dirige á algunos baños, y por no callar os ha- ra en cada estación el relato de lo que en ella le haya sucedido anos anteriores. Tampoco faltará entre los viajeros el señor huraño que, arrinconado en un ánguio ael coche, conserva el silencio y el incógnito hasta el final del trayecto. Lo más que os dirá es ¿ustedes gustan? cuando saque de un pequeño paquete su merienda. De la escena de que tampoco os veréis libres será de aquélla famosa del niño al que se le mete un carbón e n e l ojo. Estos niños que van asomados siempre, dan de pronto un grito y alarman á todos los viajeros. Los más amables soplan sobre la córnea del chiquillQ, otros le hacen llorar, otros le lavan con servilletas húmedas, y la mota de carbón... cada vez mas dentro... Llegada la noche, observareis al señor que se duerme sentado, y poco á poco va estirando la pierna hasta da- r un puntapié al viajero de enfrente. Durante el sueño, el aspecto del vagón es muy característico. Echada la cortinilla del farol, una penumbra azulada se extiende por el departamento. En aquella semiobscuridad los viajeros se recuestan, sin conocerse, los unos sobre los otros. Hay cabezas dormidas que se empeñan en descansar sobre vuestros hombros. La entrada de un nuevo viajero en estas condiciones es pésimamente recibida. Los más cticús se hacen los dormidos. El recién llegado saluda coloca á obscuras su equipaje y, por fin, pide por favor un sirio donde sentarse... Después se acurruca y no se sabe de él, ni cómo es su cara, hasta que la luz del alba entra en él coche. ¡El amanecer... ¡Terrible momento de! viaje... Los rostros demacrados y pálidos tienen un tinte verdoso. Las ropas en desorden y los cabellos enmarañados, dan á las más elegantes señoras un triste aspecto. Ellas que lo saben, procuran hacer una toilette que no tiene mucho de limpia. Con agua de las botellas empapan toallas qiie se pasan por la cara. Con sus mismas peinetas ponen en orden sus enmarañadas greñas. Una borla de polvos completa la obra... pero el encanto de la partida ya no está allí... El mismo pollito elegante ve á su compañera de camino á la cruda luz del día, y le parece distinta. La ve como i fuese su esposa. Esta confianza que engendra el acto de pas x en un mismo coche la noche enteja, desilusiona por completo... Cuando el tren se para, es el amor el que está en marcha. ¡Buen viaje... Luis DE TAPIA DIBUJOS D SANCHA