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rada tan en todo, llevando billete á N? billetedivertido como un viajefin, ferrocarril. Sobre las infinitas clases de gratis, ó billetequemitad de precio, ó de Prensa, ó billete en de cualquiera de billetes- gangas existen para viajar por este país. Mucho se habla, y á veces con razón, contra las empresas ferroviarias; pero yo en mil ocasiones las he compadecido al obbéívar el cuidado que ponen casi todos los viajeros en escurrir el bulto. Pocos son los valientes que se acercan á la ven, il X ÍSsVí ranilla, piden un billeíe ordÍ 7i ario, le pagan íntegro y pasan al raffíí í sin rhartingala ni favor alguno. Observad, si viajáis en compañía de otras personas, la escena que se, desarrolla. en vuestro departamenro apenas aparece el revisor. Un individuo saca un carnet con rojas tapas; otro ofrece un papel acompañado de un documento impreso; el de más alia muestra una cartulina cortada en pico y de u a color especial... Tan sólo vosotros, desprovistos de combina, ofrecéis el cartoncito para que os l e taladren, y lo entregáis con cierto rubor, como si hubieseis hecho el primo al pagar el importe corñpleto de vuestro billete. Pero bien merece la pena el desembolso, con tal de ser espectador de estos viajes veraniegos. Los coches del tren son reducidos espacios en los que- se forman á manera de pequeñas sociedades. Dentro de tales cajones, el mismo conjr t s de egoísmos, groserías y pasioncillas propias de los hombres, se exteriorizan con mayor relie ye. Un viaje obliga á convivir con gentes extrañas durante unas horas, y en aquella efímera vida común se muestran los seres bajo aspectos muy curiosos. Antes de ponerse en marcha el convoy existe un período constituyente. Cada familia desea hacer sin compañía el viajacita. Eso de la sociabilidad humana no reza con los viajes. Los hombres se necesitan unos á otros para todo menos para viajar. Las familias pudientes encargan sus abonados en previsión de estas desagradables compañías. Los viajeros más humildes llegan á la estación, y a l a vista de aquellos (Joreadíjí, protestan del irritante abuso (claro que con cierta envidia) y u n a vez colocados en un departamento vacío, todo su cuidado consiste en evitar que alguien se suba, convirtiendo ó queriendo convertir á su vez en reservado un coche cuyos ocho asientos no les pertenecen. Y esta lucha por ir solos es la mas característica de las estaciones de partida. Las cosas que á los viajeros se les ocurren para ahuyentar á los intrusos, son ingeniosísimas. -Asomaos todos á la ventanilla- -dice la madre á sus criaturas- -para que el que llega crea que el coche está lleno. -Aquí somos ya nueve- -responden las señoras á los infelices que de bue- na fe pregaintan si hay sitio. -Cerrad la portezuela, no se enfríe Juanito ahora que está en la descamación- -db ts. un caballero, amenazando nada menos que con el contagio varioloso al que intente subir. Personas candidas hay que marcan con líos y maletas los sitios cogidos; otras se hacen acompañar, dentro del departamento, por los individuos que bajaron á despedirlas; pero estos recursos que alguna vez dan resultado, se estrellan ante el hombre reglamento, tipo de viajero muy abundante y que se presenta protestando de todo y siempre en busca del jefe de estación. ¿Dónde está el jefe? -exclama irritado. -lín el extranjero no pasarían estas cosas... A ver, estos bultos fuera de aquí... En las estaciones de partida no es válido marcar los asientos... Y de este modo sigue recitando el reglamento hasta que se coloca cómodamente, se quita las