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r i ií- l í ¿í h ¡ai t S H rap. 7 í V A fHi: fiS v i f f. I un paraje solitario, Eduardo fué sorprendido por tres desconocidos que, con intimaciones de muerte le dijeron: -Pvtitréganos todo el dinero que ¡leves contigo. Eduardo vació todos los bolsillos de su chaleco, repletos de monedas, y se las entregó á los ladrones. ¿No tienes más dinero? -le preguntaron. -Nc- respondió Eduardo. Mientras se alejaban los malhechores, el joven filósofo exclamaba lleno de gozo; ¡He salvado la cartera! ¡No les he hecho entrega de este caudal! ¡Me han creído! Pero yo no he dicho verdad... Yo he salvado esta fortuna á cambio de una mentira... Tú has mentido, Eduardo, tú has mentido, y un hombre como tú, no puede mentir. Diciendo estas palabras se encaminó presuroso en pos de los ladrones, mientras les llamaba á grandes voces. Se detuvieron ellos al ver que en su busca iba, y cuando les tuvo delante les dijo con naturalidad: -Os he dicho que no llevaba más dinero. ¿No es cierto? -Sí. -Pues bien, no he dicho la verdad. Tomad esta cartera. Yo no puedo mentir. Se alejaron los ladrones sin acertar á explicarse tan extraño suceso, y Eduardo, tranquilo 3 sereno como el hombre que ha cumplido con su deber, se encaminó á casa de sus hermanos, á quienes entregó la carta de su tío, refiriéndoles después con todos sus detalles cuanto le había sucedido. Quedaron sus hermanos helados de espanto, pero una vez rehechos, le increparon vioieníamente por su ¿Kv. v. icV acción insensata, y arrojándole de su presencia le dijeron con acentos y voces destempladas: -Vete de aquí... No vuelvas donde nosotros... ¡Cómo vas á encargarte de nuestra educación cuando careces de sentido común! Eduardo, aturdido, apesarado por el gran fracaso de su debzit en la vida práctica, fué en busca de su tío para recibir los consuelos de su alma filosófica. Cuando el tío se enteró del caso, respondió con entereza: -Has hecho bien, has cumplido con tu deber; no es posible faltar á los principios fundamentales. -Pero dicen que no tengo sentido común. -Es cierto- -replicó el tío, -porque tienes otro sentido que vale más; tienes sentido filosófico. -Pero soy pobre, estoy arruinado- -exclamó Tíduardo sollozando. -No te aflijas, sobrino- -replicó el filósofo. -Mi fortuna es tuya. ¿Y de qué puede servirme, querido tío- -replicó Eduardo, -si me salen ladrones otra vez? Al escuchar este argumento, el filósofo quedó perplejo, y después de larga pausa, exclamó: -Tienen razón tus hermanos. Nos hemos equivocado. Ea educación pura es una aspiración que debe ser rectificada por prudentes adaptaciones al medio social. RAFAEL TORRÓME