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Al llegar esta época del año, París se queda sin peliiqueros. Cuando las damas entran en el estableíaiiñSnto preguntando por monsieur I, eonard ó Ijtrófrgíeur Arthur los dependientes responden: Ñt -estarán París... Ha ido á la feria á comprar cahelfetí; í stp. es cierto. Todos los años, al finalizar el méS de Junio, celébrase en I imoges esa original feria dejasxabgllos, a l a que acuden. los más renombrados pelltíjttertís armados de una balanza para pesar la mercancía y un par de tijeras bien afiladas para cortar de un solo golpe las más copiosas trenzas negras, rubias ó castañas. Pero, ¿por qué eligen una poolación como Limoges? -preguiítaréis. L i m o g e s hállase entre la Auvernia, la Bretaña y el L, imousín, En estas regiones las muchachas llevan eternamente tapada la cabeza con el legendario gorro blanco, y como no lucen sus cabellos, lo mismo las da tenerlos que no. De cada cien mujeres, noventa y cinco prefieren vender su pelo para comprar con el producto de la venta pañuelos de colorines, faldas rameadas, sortijones falsos y arracadas monumentales. Por eso v an los peluqueros á Limoges dispuestos á pagar á peso de oro los ca; bellos auténticos, los que después convertirán en bucles, p enachos y chichis para vendérselos á precios inverosímiles á estas nobles damas que, á pesar de los mil medicamentos que la química lanza todos los días, no logran ver nacer unsolo cabello en sus cabezas. El agua oxigenada es el azote que ha devastado las más pobladas cabelleras. Las aldeanas se acercan temerosas al verdugo de las tijeras preguntándole á cómo pagaría la libra de pelo... El verdugo examina la calidad y el color, y pone después precio á la cabeza... Las pobres aldeanitas dudan, se alejan, vuelven á aproximarse y, por fin, cuando creen que nadie las obseiva se deciden y LA FERIA D E LOS CABELLOS entran en la tienda... La operación es rápida... Se quitan el gorro, y de un golpe seco caen las largas trenzas en el platillo de la balanza. Y según el color, segán la calidad el verdugo paga á 90 ó cien francos el kilogramo de cabello guillotinado... Porque este año los precios han subido excesivamente, el consumo es enorme, numerosas las demandas, rarísimas las ofertas, y las aldeanas que lo saben, se hacen las renrolonas y exigen cantidades exorbitantes, mientras los hombres de las tijeras discuten y regatean... Los cabellos negros son abundantes... Los rubios, cada vez más escasos, alcanzan precios locos... Una mujer que fué á la feria con sus tres hijas vendió las cuatro cabelleras en 4.770 francos... Los cabellos blancos, de pureza absoluta, se pagan á peso de oro, y una libra definas hebras de nítida blancura vale 5.000 francos... Las aldeanitas de la Auvernia, de la Bretaña y del Liniousin se han decidido ya y han entregado al verdugo sus cabecitas de pájaro. Una parte del dinero lo han empleado en comprar baratijas, cintas y lazos; otra parte la llevan á la aldea para unirla á la dote... Y el novio, fuerte y arrogante mccetón, que ve llegar á su prometida de la feria con la cabeza rspada y unos cientos de francos en la faltriquera, la sonríe más amoroso que nunca, y la asegura que ha hecho bien, muj bien en cortarse el pele, porque en el verano... da mucho calor. En cambio, cuando dentro de unos días veamos en las playas de moda á las damas parisinas luciendo los peinados monuñientales construidos por monsieur Leonard ó monsieur Arthur nosotros exclamaremos entusiasmados: ¡Qué bien peinada va madame... Pero reparad bien en que al final los mocetones de la Auvernia y los señoritos de París somos iguales, porque tenento s á nuestro lado las mismas cabecitas sin pelo... JOSÉ JUAN CADENAS DIBUJO DE MEDINA VERA