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levantaran el peso ahogador de las hipotecas y sostuvieran, amorosos, los cuerpos dolientes de aquellos dos ancianos, Cuando Diego leyó aquella carta triste, cada uno de cuyos renglones había sido medio borrado por ma lágrima, creyó que bajo sus pies se abría un abismo y sobre su cabeza golpeaba una tempestad... Luego, en el café, volvió á leerla, y, si en principio no aceptó la idea que en ella se le exponía, acabó por desecharla, creyéndola humillante, como si fuera un latigazo á su dignidad, un salivado á su honor, una bofetada á su decoro... Aquel mismo día escribió á sus padres, diciendo que no le esperasen, que él haría lo humanamente posible para tapar los boquetes que la desgracia hubiera abierto en su casa querida, pero sin volver al pueblo hasta que en él pudiera entrar con la cabeza muy alta; que acababa de escribir un drama que le daría seguramente mucha gloria y mucho dinero, y, gracias á él, todo se arreglaría, y que si, en fin, nada le podían enviar, no se preocupasen, que ya buscaría el modo de ir tirando mientras salía lo del drama Los crédulos viejos cnsi bendijeron al hijo ingrato al leer su extensa y estudiada negativa, enorgulleciéndose del talento de su Diego, cuaudo el boticario los enteró de lo que significaba aquella palabra incomprensible, que tan inquietos los había tenido. Y dieron gracias á Dios, por tener un hijo que, escribiendo dramas, lograría fama y riquezas, sin encallar sus manos ni tostar su cuerpo con el martillo y el fuego de la fragua. Y antes de que por el pueblo corriera la extraña noticia, los acreedores del tío Pascasio recibieron, á cuenta de sus pedigüeños créditos, amables promesas que serían realidades en plazo no lejano. Y enviáronle á Diego, con la cariñosa respuesta que á su carta daban, una libranza de veinte duros- para que fuera tirando mientras salía lo del drama -de los cincuenta que habían podido agenciarse, para pagar réditos y comprar vida, vendiendo uno de los empolvados fuelles y otro de los renegridos yunques de la fragua, cuya venta iiizo llorar de amargura á los honrados viejos, que, á pesar de sus apremiantes necesidades, no querían dejar indefenso el callado taller donde aún el tío Pascasio chapuceaba casi iniitilmente. Diego, que si no talento, tenía en la cabeza ún vivero de ilusiones, con sn enclenque engendro dramático recorrió uno por uno todos los escenarios rüadrileños, en los que ni oyó palabra hostil, ni opinión sincera, ni promesa formal... Y clavado en la dura cruz de su dolor, vio pasar hoscos y gruñones, los plomizos días de su calvario, pensando siempre en el redentor estreno, que levantaría hipotecas, corazones y esperanzas. ¡Cuántas angustias, cuántos amargores, cuántas penas saboreó el mísero ex estudiante de Derecho... Cuando se inició la prematura agonía de los veiute duros de la libranza, un amigo suyo, hijo de un notario de pobre bufete, le facilitó algunos trabajos de copia, gracias á lo que siguió viendo el cocido á tiro de paladar, si bien el café y el tabaco los viera, que á veces ni los veía, á tiro de humillación. Un senador, padre de otro de sus amigos, lo recomendó á los directores de varios periódicos, á algunas empresas teatrales y, por último, á dos ex ministros fracasados, que no pudieron hacer mejor cosa, durante la corta vida de sus carteras, que apropiarse dos respetables é inmerecidas cesantías... ¡Pero el resultado final de sus múltiples gestiones fué totalmente negativo Para colmo de inquietudes y por tan poca cosa como la crítica severa, razonada, de la ñoña escena final del segundo acto de su drama, que él creyó deprimente, fué rota su amistad con el hijo del notario, el cual, sin pretenderlo, le enemistó también con el cocido... Pero... ¿es que los genios ó los autores dra. máticos tienen que anteppner su estómago á su talento ó á su orgullo. ¡Ciertamente que no... Y Diego pasó tres días con otros tantos panec llos largos; y el cuarto día se hubiera muerto de hambre ó de vergüenza sin la bienhechora llegada de otra libranza de diez duros, que los buenos viejos le remitían para que fuera tirando mientras salía lo del drama ¡Pobrecillos... ¡Aquella fué la última libranza, y aquellos diez duros, el postrer sacrificio! Mientras salía ó no lo del drama, las viñas del lio Pascasio fueron vendidas en subasta pública, y le embargaron la casa, y se agudizó su enfermedad, y se llenó de polvo, como ya lo estaba de orín, el yunque único que había quedado en la fragua, y las tejedoras arañas armaron sus telares en los expirantes pulmones del pasivo fuelle, que soportaba, resignado, la fría indiferencia, la forzosa inacción á que se veía sometido... Lo del drama... ¡no salió! El famélico autor, vencido antes de lucaar, maldecía de compañeros de letras, de coméeos y de empresarios, creyendo sinceramente que todos se habían juramentado para ahogar su talento, negando á su arte las purificadoras aguas del bautismo. Y cuando, después de pasar hambre y sed, después de recibir desprecios y tolerar sonrojos, hizo, jadeante, un breve alto en su largo camino, y pensó en su obscuro presente y en su negro porvenir, ¡lloró de remordimiento, de vergüenza, suspirando por sus pobres viejos, por el pueblo en que dejó su infancia y por la casa que le vio nacer! ¡Qué amargos son los recuerdos cuando acusa la conciencia... ¡El tío Pascasio se moría... Aquel viejo luchador, que dedicó su vida entera á domar yunques y martillos, ya no tenía fuerzas ni para respirar... Y si alguna luz quedaba en su cerebro y alguna sílaba en sus labios, eran para alumbrar y gemir un nombre: ¡el de su hijo Diego! para el que guardaban sus brazos la última energía. La tía Romana, con el alma rota y el cuerpo dolorido, aguardaba, impaciente, l a aparición del hijo amado, pidiendo á Dios que llegara á tiempo de poder abrazar á su padre por vez postrera... i Al fin llegó! Con ademanes señoriles, ajada la ropa, marchito el semblante, arqueado el enfermizo cuerpo y hundida entre sus frágiles hombros la melenuda cabeza, un joven viejo, después de estrujar entre sus débiles brazos á la tía Romana, aproximóse al lecho en que languidecía el sol del tío Pascasio, y puso en su abrasada frente, arrugada por el tiempo y curtida por el trabajo, un beso tibio y. unas lágrimas muy agrias... ¡Diego! ¡Hijo mío... -gimió penosamente el tío Pascasio. ¡Aún llegas á tiempo... ¿De qué, padre? -De agárrate al oficio, pa vivir en Daz, como Diois manda. ¡Ya es tarde! -Pa trabajar nunca es tarde... Tienes esa probé mujer, tu madre, que te nesecita... Tienes una fragua y herramienta suficiente... T i e n e s brazos y eres joven... -Pero no soy fuerte... ¡Ojalá lo fuera! El que pudo ser útil obrero, es un indolente señorito, que no sirve para nada... -Queriendo tú, ¡servirás! ¡Querré, padre, y querré de corazón! ¡Dios te bendiga, hijo mío... ¡Adiós... ¡Padre... ¡Mi padre. Al día siguiente, cuando las gemidoras campanas pregonaron, con su voz lenta y grave, el entierro del tío Pascasio, Diego, el señorito como la ironía de sus paisanos le llamaba, abrió su fragua de par en par, y, cogiendo el martillo predilecto de su padre, el más pesado, comenzó á golpear, irreverente y frenético, el oxidado yunque, cuyas perezosas vibraciones pár ciá que. sg lmódiaban una oración por el alma déiymtté rtp, ¡J) ¡égó, el hijo ingrato, el señorito habíáS e yuélto locó! C FERNANDEZ ORTUÑO DIBUJOS DE MÉNDEZ QniNaA