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¡Más que la suya, ahora y siempre! Y no m hables más de esc tío, porque me enciendes la sangre... ¡Está muj bien, don Pascasio! ¡A mucha honra! Don sin din, es como yunque sin martillo, y yo tengo las dos cosas, lo que no pues decir del mediquete... -Ni tampoco diré de nuestro Diego, el día que sea abogao, si te empeñas en ponerle á estudiar, que es otra manía como la del don ¡No! El tendrá las dos cosas juntas. ¿Y si el muchacho no sirve pa estudiar? ¡Servirá, por fuerza! Y si no quiere? -Pus... á la fuerza quedrá. He soñao con que sea aDogao, y abogao tie que ser, quiera ó no quiera. que debía entregar mensualmante á su patrona; á colgar su decente vestuario en las afílalas perchas de la usura, y á tirar los textos flamantes y costosos en esas empolvadas librerías de viejo, que se nutren y vigorizan con savia estudiantil. El vehemente lugareño consagróse en cuerpo y alma á adorar una trinidad maldita: ¡Placer, Holganza y Vicio! Y, aunque tenía bien apuntalada la torre de su honradez con las sanas enseñanzas del pueblo y los purísimos consejos maternales, tuvo que hacer, esfuerzos supremos, en trances difíciles, íara evitar un desplome, un derrumbamiento, una catástrofe. El primer año de su carrera, de cuatro asignaturas, sólo una pudo api- obar; pero con raspaduras y enmiendas consiguió hacer creer á sus confiados padres fW, i. -Pero, hombre... Mejor seria que lo tuviás contigo en la fragua; que aprendiese el oficio; que t ayudase y que se hiciá un buen herrero, pa luego, cuando tú faltaras, quedarse él haciendo compaña á los yunques que nos dieron de comer... ¡No, Romana! El oficio es muy rudo y no quiero que el chico se deslome, como yo, á trabajar. Y él no va á ser menos que el chico del alcalde, y el de la tahona, y el de la botica, y el de la lonja, y el del albéitar, y el del secretario, que toos están estudiando ya. que las había aprobado todas. Tan indigna farsa le colmó de halagos y de mimos durante los ineses de vacaciones, permitiéndole traer á su vuelta una regular pacol. ua, cuyo amable peso hízole estreraecer de felicidad varias veces durante el largo viaje. Una grave y pesada enfermedad del tío Pascasio, un año de sequía, otro de hielo y otro de sapo y langosta, convirtieron al acreedor en deudor y al prestamista en prestatario... I a huerta fué vendida y las viñas hipotecadas... Sólo quedaron en pie la vieja casa y los viejos yunques de la fragua, que el quietismo había oxidado haciéndolos enmudecer... ¡Los cansados brazos del herrero no podían ya bruñirlos qi conmoverlos! Y hubo que pensar, aunque era muy doloroso, en Sjjspeñder la carrera del chico y convenir en que lo vpiás acertado era hacerle volver al pueblo, para qiíe. sus brazos nuevos, desoxidando los yunques de la fragua y arrancándoles vigorizadoras vibraciones, Diego se hizo bachiller, y vino á la corte á cursar esa odiosa carrera de Derecho de Habilidad diré yo, ciue inicia á los que han de ejercerla en el ruin secreto de anular los fueros de la Razón con el hábil articulado de un viejo Código. A los seis meses de vida cortesana, comenzó el estudiante á faltar á clase, por asistir á la Bombilla; á repartir, entre camareros y vendedora, s. de, cáricias, lo