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ANO x v n i REVISTA ILUSTRADA NUM. 896 MADRID, 4 DE JULIO DE ic I í iipí í ft S. FL SEÑORITO cerebro tan duro, ni tan á mano el cieno de la envidia; pero, al fin, la costumbre patentó el huero producto, dando forma de ley á la. estúpida rareza. -Mia que ties unas cosas, Pascasio, con la manía de que te digan don ¡Qué cosas ni qué ocho cuartos! ¿Va á ser más que yo ese venedizo matasanos que arrastra más hambre que basura mi carreta... ¡Pus no faltaba más! -Pero él, al fin y al cabo, es hombre de carrera, tanimientras que tú no eres más que un triste herrero. Pero tengo más dineros que él. -Y él tiene más saber que tú. ¿Más que yo? ¡Mentira! ¡Quien no tie cencía p hacése rico no sabe na... ¡Rico... ¿Y qué riqueza es la tuya, es decir, la nuestra, si una triste eufernieda nos dejaría a pan pedir... i, tío Pascasio, que á fuerza de martillear día y noche sobre los reverberantes yunques de su fragua había llegado á reunir un capitalejo 7 regularcillo, compuesto de tres viñas, una Wñ huerta, la vieja casa que habitaba y unos jíU uartejo 3 que dedicó á la usura y le daban i n j crecido interés, no veía con buenos ojos que al médico del lugar, sin tener donde caerse muerto, le llamase la gente don Honorio, en tanto que á él, acreedor de casi todos sus convecinos, aun del propio alcalde, llamábanle á secas el tío Pascasio. Y echó tantas raíces esta preocupación en su aterronado cerebro, que impuso á oficiales y aprendices, como primer deber para entrar en su fragua, el de justificar su respeto llamándole don Pascasio. En los primeros días dio mucho que hablar y no poco que reir la ridicula pretensión del herrero, apaleada constantemente por la tía Romana, su mujer, que no teaía el B