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están, te contestan: Donde hay que vernos es en Fuenterrabía. -Ya lo creo, mamá. ¡Como que la mayor me contó á mi que una tarde al volver de Hendaya traía pues- y se fueron á la estación. No me sucederá eso á m i con mi marido. ¿Ee tienes empaquetado ya? -No, pero le paso revista, como á toaros los bultos, antes de salir para el tren. ¿Y Andrés? No te he preguntado por él. -Bueno; en su despacho trabajando. -No le dejes que se duerma como Ruiz- Yáñez. Yono sé qué les pasa ahora á los maridos, que no saben más que dormir. Y adiós por última vez. Un beso. Otro beso. Otro beso. Nada de reúma, y que vengáis. -Trataré de convencer á Andrés. Feliz viaje. Que os prueben bien los baños, y escribid. EN EL DESPACHO DEL SEÑOR- ¿Te esrorbo? -No. ¿Qué haces? -Una cosa poco agradable, cuentas. -Ahí han estado á despedirse las de Colasio, van á Fuenterrabía. ¡Oiga! -Quieren que vayamos también nosotros. -Ya sabes que el médico dice que el mar... -Dicen que no hagamos caso al médico. -Bueno, bueno, ya hablaremos. Déjame sacar estas cuentas. -Y si te salen bien, ¿le damos esquinazo al doctor? -Puede. -Entonces te dejo; sácalas. ¿Tanto te entusiasma Fuenterrabía, mujer? -No, es que á todos les prueba muy bien; sobre todo, cuando vuelven de Hendaya. No quiero incomodarte, saca tus cuentas. Hasta luego. -Ocho y cuatro, doce, llevo una. ¿Eh? -Si soy 3 0 otra vez. Vengo á suplicarte que no te duermas. ¿Dormirme? -Sí, porque á los maridos que se duermen ahora en su despacho haciendo cuentas... ¿Qué? tas t i t s faldas, una sobre otra, y dos abrigos para no pagar derechos! ¿Así no había de estar gorda? ¡Bah! una vez que tuvo esa ocurrencia. -No, mamá, que las de López- Sánchez engordaban casi todos los días. ¡Como que se compran en Francia todo lo que llevan! De 3 íadrid salen desnudas, -Pues por eso nay que verlas en Fuenterrabía. Sobre todo, la mamá ganará mucho. Vaya, dile á tu marido que no haga caso del rerima, y no dejéis de venir por allí. Este año precisamente va á estar animadísimo; ¡hasta se espera que veranee con nosctros Mr. Lemoine, ese francés que hace diamantes como el puño y se la juega también de puño á la policía de su país! ¡Qué interesante debe de ser un hombre de tantos puños! Y adiós, que nos faltan muchas despedidas. -Pero ya tendréis hecho el equipaje. -Eso sí; yo lo preparo con cinco ó seis días de anticipación, y de ese modo no se me olvida nada. No quiero que me suceda lo que les pasó ayer a l a s de Ruiz- Yáñez en la estación. ¿Pues qué les pasó? -Una cosa graciosísima. Figúrate que fuinzos á despedirlas porque se marchaban á Santander, y estábamos hablando de que á las de Roséndez se les habían olvidado en casa dos maletas, cuando la menor de las de Ruiz- Yáñez se le acerca muy sofocada á su madre, preguntándole: ¿Dónde está papá? Ya había sonado el primer aviso, y casi todos los viajeros estaban en el tren. Nos dedicamos á buscar á RuizYáñez, y no parecía. ¿Pero no ha venido en el ómnibus? les preguntaba la mamá á las hijas; unas decían que sí; otras, que no. Total, que se lo habían dejado en casa olvidado. Ya sabes que Ruiz- Yáñez se duerme de pie. Pues, según parece, se quedó dormido en el despacho haciendo unas cuentas, y como las de RuizYáñez dejan cerrada toda la casa, le echaron la llave -Ees dejan olvidados en asa sus mujeres, y. yo no quiero ir á Fuenterrabía sin ti. ¡Qué buena eres, mujer! ¡Ea, basta de cuentas y al mar... l ¡Nos ahogaremos á la vueita! JOSÉ D E R O U R E DIBUJOS D 5 MEDINA VERA