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jante en otra comedia de D. Pedro Calderón de la Barca, Saher del bien y del mal. D. Alvaro es perseguido y maltratado por las gentes de la casa del Rey, cuando éste, acompañado del conde D. Pedro de Lara, se presenta impidiendo que acaben con su vida. D. Alvaro, á quien azares de la suerte han llevado á aquel extremo, explica así al Rey lo sucedido: tUn pobre soy, que ahora huyendo de mí patria los rigores, desesperado de hallar piedad alguna en los honibres, huyendo de los poblados me salgo al campo á dar voees, por ver sí entre fieras hallo tan rigurosos favores... 3 Procurando algún sustento llegué á vuestros cazadores, que estaban dando á los canes el tosco manjar que comen, y envidioso de los brutos, dije humilde: Dad á un pobre algún sustento mas ellos, soberbiamente, responden no tienen cosa que darme. y si en los casos mencionados los dos famosos poetas dramáticos atribuyeron á reyes españoles los laudables ejemplos de indulgencia para los hambrientos y de severidad para los despiadados, un anónimo poeta popular de aquellos tiempos refiere un milagro, en que nada menos que el Santísimo Sacramento castigó á un avariento inhumano que daba á sus canes el pan que negaba á los pobres, y maltrataba á éstos si intentaban siquiera cometer el delito de tomarlo. El papel, de dos hojas en 4.0, donde el hecho puntualmente se relata, fué impreso en Sevilla por Juan Gómez de Blas, en 1638, y lleva a l a cabeza este pomposo epígrafe; Admirable socesso, el qual trata como en la villa de Eruena, vn rico hombre de mala vida tenía en su casa y heredades, grandes y ferozes mastines, con intención que no se afreiuesse a llegar ningún pobre a su puerta y se alauaba que aquellos le ahorrauaa cada vn año quarenta fanegas de trigo. Dase cuenta de muchos malos pensamientos que este mal hombre tenía, para con Dios y su próximo. Assí mismo vn milagro del Santissimo Sacramento, y de como por m feí; S Yo, desesperado, entonces: ¿Cónio lo que dais á un perro ssesabc negar á un hombre? dije, y la necesidad, que el mayor rcsi eto rompe, ni liay agravio á que se rinda ni hay peligro á que se postre, m e obligó á quitar á un perro aqueste pan, y, íeroces, vuestros criados sacaron las espadas... jQué rigores! Saqué la mía, y rendido más al hambre que á los golpes de sus aceros, aunque eran muchos, caí de ese monte, donde bañado en mi sangre te ruego que los perdones... D. Alonso, compadecido, da órdenes para que lo socorran y lo curen, y manda que se castigue el celo excesivo de sus inhumanos servidores. Como la musa culta, la musa popular fustigó también á los empedernidos corazones que se mostraban más compasivos con los perros que con los hombres. no pretender enmienda, le castigó la justicia diuina y los proprios perros le despedacaron. No sé hasta qué punto tan ejeinplares y saludables lecciones aprovecharían en el siglo xvii á los que concurrían al teatro para solazarse con las admirables obras de nuestros famosos ingenios y á los que se recreaban con la lectura de las canciones y romances que producía la literatura callejera. Pero los casos ocurridos en los comienzos de este siglo vigésimo, á que en el principio de este artículo me he referido, demuestran que todavía perduran las funestas causas que lanzan á los famélicos á la violenta conquista del pafi los rigoristas despiadados que piden á la justicia humana severos castigos contra aquellos ataques á la propiedad y los tipos aviesos que dan con mimo á los perros el pan que niegan con altivez á los hambrientos. Y éstos sí que, muy principalmente, merecen que, por milagro divino ó por impulso humano, se les dé lo que vulgarmente se llama IAB de perro. FFMPE PÉREZ Y GONZÁLEZ DIEUIOS OE MEDINA VEIÍA