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¿De mi felicidá... -Déjate esa cara triste pa cuando se te muera a r g ú n n i e t o y ahora no te entristezcas con jachares de amor. ¿Quién, yo... -Sí, morena; que la tristeza de tus ojos me dice que estás enamora, y tu cara lo que sufres; pero poco tiempo tardarás en ser feliz si me escuchas como es debido, qúenaide nació sabiendo, y de nuestro padre Adán acá, too lo que saben las gentes se lo han ido contando de unos á otros, y, yo te diré lo que á ti te importa. Que si jasta ahora no se te ha, lograo lo que deseas, yo, la tía Carpanta, haré que se te logre. Rocío sonrió despreciativa. Después, como si pensase alto: -Tendría gracia que me trajese á Miranda... ¿Er civí... -preguntó la vieja. L, a muchacha titubeó un momento, arrepentida de haber descubierto su amor; al fin, cediendo á su afán, contestóla: -Sí, el civil. -Pues por la mi fe te juro que tan cierto como que esta noche de luna llena sardrá la blanca más reonda que una monea, que si jases lo que te digo, rendío has de ver á tus pies ese hombre, como el Arcange San Migué al espíritu malo. -Di. ¿Qué hago? -iuferrogó la joven con impaciencia. -Ahora vete á tu cuarto; híncate de rodillas, puesta en cruz, y, muy pegaíta á la paré, di siete veces; Paré de cal, blanca como la sal, dile al espíritu del mal que no me estorbe mi feliciá. ¡Sal! ¡Sal! ¡Sal! ¡Que no me haga mal! ¿y luego qué? -dijo la muchacha algo asustada. -Luego, te acuestas del lado contrario ar corazón, y cuando en er reló den las horas, gorpeándote er pecho, dices á compás: ¡Miranda... ¡Miranda... ¡Miranda. -Yo no hago eso- -interrumpió Rocío temerosa. -Sí, sí, es preciso. Y, al dar las doce, asómate á la ventana, échame una monea y er cabo de un hilo fuerte, y tira luego de él, que á tus manos llegará un frasco con el filtro del amor. ¿y eso pa qué va á servirme? -Pa que te quiera con toa su alma, mientras vivas, aquel á quien se lo hagas beber. Rocío quedó pensativa. La gitana le murmuró al oído: M í r a que no me faltes, si quies pa siempre tu felicidá. Y, escurriéndose por junto á la tapia, desapareció... La venta de la Encrucijada recibía en su blanco frente el dorado beso de un pálido sol de otoño, que s 2 ocultaba coronado por un nimbo de nubes fulgúreas. A su puerta, recostando en el quicio el gallardo cuerpo, perdida la mirada en el confín luminoso, permanecía Rocío inmóvil, bañada por el áureo destello solar. Tan abstraída en sus pensamientos se hallaba, que no notó la llegada por ¡a carretera de una pareja de civiles, que, al detenerse frente á ella, le arrancó un leve grito de sorpresa: ¡Miranda. El guardia saludó. -Dios guarde á usted, niña. Y volviéndose al que le acompañaba: ¿No decías que aún no brillaba el lucero de la tarde... Da muchacha, ruborosa, se internó en la casa. ¡Padre. ¡Dosguardias... ¡Aquí están los guardias! El tío Román se dejó ver. -Adelante la buena gente. ¿Qué se va á tomar? ¿De qué vino desean? Miranda sonrió. -Cualquiera es bueno en estando puro ¿Qué dice este hombre? -Padre, es que á Miranda le ha dicho el cabo que too er vino de casa está bautizao. ¿Bautizao... ¡Por vía de los siete niños de Ecija! ¿Conque bautizao... ¡Pues si los vinos que yo tengo son de lo más superior y más puro que se ha conoció! ¿De dónde es usté, criatura? -De Málaga. -Niña, tráele Málaga á Miranda. ¿Y usté... ¿Cómo es su gracia? -Ramírez, y soy de Córdoba, pa lo que guste manda. -Niña, Montilla á Ramírez... Ahí junto ar candil, está colgada la llave de la cueva. Rocío la desco ¡gó, y marchóse. ¿Conque aguao? ¡Tendría que ve! Puro y retepmo. Y de toas clases. Aunque fueran ustés de muy lejos, les daría vino de su misma tierra. ¡Pues si tengo yo abajo vino hasta del Priorato y de Yepes y de Oporto, sólo por si algún caprichoso lo pide. La muchaclia apareció con dos vasos rebosantes, que, cuidadosa, colocó sobre el mostrador, diciendo: -Este pa usté, Ramírez. Y éste pa usté, Miranda. Los guardias bebieron. -Montilla superior- -exclamó el cordobés. El tabernero, orgulloso, guiñó el ojo. ¡Rh! Miranda, y el suyo ¿qué tal? -Pues lo que es este Málaga... no lo encuentro tan superior; lo noto así... algo aviuagrao. -Lo que usté nota es que no quiere confesa. que mejor no lo ha probao en su vida. -Vaya, que sea. Y conste, además, que se agradece. -Yo á ustedes. Bueno. ¿Y adonde se camina? -Pues á echarle el guante á una partía de palomos ladrones que revolotea por el Cantillo. ¡Mal camino! -No hay cuidaq... Sabemos la cueva donde esos pájaros tienen el nido. ¿Quién les ha dao el soplo... ¡Digo sí se pue saber! -Sí, hombre. Pues. el soplo nos lo ha dao la tía Carpanta, pa vengarse de que la. otra tarde la iiisultaron llamándola bruja y perra judía. El tío Román frunció el entrecejo. ¡Cómo se conoce que no está el cabo Moreno... ¿Pero ustés saben lo que se dicen... ¡La tía Carpanta. ayudar á los civiles... Cuando desde que un guardia le mató el hijo, un muchacho tan guapo y arrogante como grandísimo ladrón, juró vengarse eti algún buen mozo del tercio. Rocío tembló angustiada. Una sospecha cruzóle por la mente, y un ligero escalofrío recorrió su cuerpo. -No le será tan fácil. ¿Eb, Ramírez... ¡Me parece... No se deja coger tan fácilmente uno del tricornio. Levantóse Miranda y le entregó al otro su fusil. -Vamonos, que es tarde- -y pasándose la mano por ¡afrente añadió: ¡Tiene gracia... ¡A que me he mareado -Pues el vino aguao á nadie marea- -exclamó el ventero satisfecho. Mas viendo que el guardia vacilaba y poníase intensamento pálido, acercóse á él para sostenerle. Ramírez también acudió, pero no pudieron evitar que cayese al suelo. Rocío, demudada y lívida, dio un grito, un terrible grito de dolor, trágico loco, y desencajados los ojos por el espanto, cayó de rodillas junto á Miranda, al que abrazóse con desesperación infinita. El tío Román, sorprendido, intentaba separarla en vano. ¿Pero qué es esto? ¡Señor! ¿Qué es esto) Ella, transfigurada de amargura, alzóse conao la imagen de la desolación. ¡Padre! ¡Padre... ¡Esto es... que la tía Carpanta ya vengó á su hijo. Y la hija del tío Román cayó desplomada junto al guardia moribundo. REGINA ALCAIDE DE ZAFRA DIBUJOS DE MÉNDEZ BRlNüA