Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
broncamente resonaba ai caer en la vasija. Ya estaba casi llena, cuando aparecieron junto á la ermita dos guardias civiles. Al distinguir á la muchacha, se adelantó uno de ellos, saludándola: -Buenas tardes, niña. -Buenas las tenga, cabo Romero. Volvióse éste al que le acompañaba. -Acércate, hombre, que esto se llama tené suerte Venías muerto de sed, y te va á dar agua la niña mas bonita de estos campos. ¡Qué gracioso es usté, cabo! -Más gracioso es el tío Román, tu padre, que á too er que llega á su venta le vende er virio báutizao con eso que le llevas tú de la fuente. -Mejó, así no se emborrachan losbebeores. ¡Como que después del vino no hay na como el agua! -Conque á quién le alargo el cántaro? -A éste, que viene abrasaíto. -Pues beba, hijo, que esta bebía es barata. -Adiós, cabo. -Y á mí ¿no me dice usté na? -A usté... á usté... ¿Qué quie que le diga? Que en la venta de la Encrucijada tiene siempre mi padre un vaso de buen vino pa los civiles. -Gracias, prenda. -Rocío me llamo. -Pues gracias, Rocío. -Dios me las dé. Y, saludando á los guardias graciosamente con la mano, desapareció tras la ermita. Camino ya del cortijo de la Romanera, la visión de un civil alto, guapo moreno, de negros bigotes y penetrante mirada, le acompañó, obsesionándola... Desde entonces, el recuerdo de Miranda no se apartó de supensamiento, y pasados los días, del pen ¡amiento bájesele al corazón, y de él se posesionó de al manera que no quería irse; como tampoco el guardia quería aparecer por la venta. BEilI i. r J V vy ¡Es que al verla, hasta la sed se me ha quitado! El cabo sonrió, moviendo la cabeza. ¡Miranda... ¡Miranda... Que estoy viendo se pierde un civil. -Vamos, beba usté ya, hombre, y no sea guazón... Alzó el guapo mozo el cántaro en sus manos, y, mientras bebía, dejóse Rocío caer sobre los hombros el pañuelo que cubría su cabeza. I os rizos brillantes de la obscura cabellera quedaron al descubierto, y el lindo y moreno rostro apareció más bello á plena luz. Miranda no pudo contenerse. -I a Virgen me perdone, pero... es usted tan bonita como ella. Iva muchacha sonrió agradecida. -Vaya, me voy. No quiero que se condene un guardia por mí. Y apoyando el cántaro en la cintura, encaminóse hacía la ermita. La muchacha, primero, impacientóse; luego, fué entristeciéndose, y con la tristeza vino el amor que llora y sin motivo Se consiente. Cual si sufriera la amargura de un injusto abandono, sentía Rocío que se desgarraba su alma, y una melancolía infinita aplanaba su espíritu. Molestada por el trajín de la venta, huía de la puerta que daba á la carretera y sentábase en la del corralillo, situado a l a espalda, dejando, indiferente, rodar las horas, la mano en la mejilla y la inmóvil mirada perdida en el horizonte lejano. Una tarde vino á sacarla de su abstracción una haraposa y endiablada vieja, semejante á un esqueleto revestido de rugosa 3 negruzca piel. La muchacha, ab verla, se sobresaltó, tratando de meterse en el corral, mas la gitana la detuvo, cogiéndola por la falda. ¿Aónde vas, niña? ¡Nadie debe huí de su feliciá!