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-No te acaiores de ese modo, Conchita: siempre ss dice lo mismo á principios de verano, y luego hay vacaciones, no lia de haberlas. Tú sigue preparándote como si tal cosa, y dentro de quince días os largáis al Norte. ¿Dentro de quince días? Imposible, Mi modista es -Peifectainente; ya he concluido. -Bien, hombre, ¿y te apretaron mucho? -Nada. He dejado al tribunal para Septiembre. -Decididamente no tienes compostura. El estudio no te seduce. En cambio las juergas de la Bombilla... ¿Qué juergas? Si ya no las permite el Gobierno. A la una y media en punto de la noche se acabó la Bombilla como si se fundiera. -Bien, pero en algún resiaurant ó rincón... -No hay rincones; todos cerrados á la hora de la alegría. Madrid está tan aburrido, que ya el que no estudia es porque no quiere, y ningún año ha habido tantas calabazas. -Me dejas asombrado, muchacho. -Eo que usted oye. A las dos de la madrugada no encuentra usted en la Puerta del Sol más que á los del Orden, los de la policía y J u a n Herrero. ¿Quién es Juan Herrero? -Ese que mató á una anciana y no le pueden coger. Al principio se refugió en las cuevas de los golfos, ahora pasa la noche mucho más seguro en la Puerta del Sol. -Vaya, vaya, tú tienes ganas de bromas, y eso no está bien en un estudiante que ha dejado las asignaturas para Septiembre. ¿Por qué no hace usted lo mismo con su paraguas? ¡Caracoles, tú también! Adiós. ¿Pero hombre que Lís habré hecho yo á esas chulillas para que me miren y se rían? ¡Ah, el arteíacto! Pues no ha llamado poco la atención. Claro, la gente de Madrid se aburre soberanamente. A los dijDUtados no les dejan veranear, á los jóvenes no les permiten divertirse en merenderos y cafés, á los asesinos no les cogen, aunque se paseen en la Puerta del Sol, y todo el mundo la toma con mi paraguas. Afortunada- como la Administración local, no tiene fin. Ahora voy á su casa. Para tres trajes sencillísimos que se podrían hacer de un soplo, dos meses, y lo que falta todavía. ¡Claro, siempre, tiene la casa llena de gente y no le queda tiempo ni para soplar! Yo no sé cuando corta; en la cama. ¡Í, a tendrá de tijera! -Y á mí, después de todo, no me apremia mucho el veraneo; es por Pepe, que se pone malo en cuanto aprieta el calor. Bien podía el Gobierno preocuparse más de la salud de Pepe, ya que le cuenta el número. Por supuesto, que eso del número era uno de los capítulos que tenía yo reservados para estas vacaciones. Y que el calor ha dicho ¡allá voy! estos días, ¿verdad? Aunque según parece v a á cambiar eltiempo. ¿Lo dices por mi paraguas? ¿Cuándo lo ha sacado usted... -No, Conchita, mera previsión. Ahoi a mismo iba á dejarlo en casa, porque no tiene traza el cielo... -Pues mire usted, mucho me alegraría de que lloviera bien y refrescara. Pepe no come apenas ya, y tiene un humor... ¡Dichosa Administración local! Voy á ver si le cojo á la modista y me prueba el traje fresa. Es decir, era fsesa hace mes y medio; ahora, ¡sabe Dios si será melocotón! -Yete con Dios, Conchita, y que el Gobierno se apiade de Pepe y la modista de ti. -O renunciamos al. acta. ¿Y á los trajes? ¡Quia! á eso, no. -Mire usted que fijarse también Conchita en mi paraguas... Nada, que me contagié por la actitud de la Prensa en lo derten- orismo... En fin, vamos á dejar el artefacto. ¿Hola, eres tú grandísimo calavera? ¿Cómo van esas asignaturas? mente, ya estoy en mi casa. Abra usted pronto, Polonia; soy yo. Soltemos el escandaloso chisme. Ahí te quedas, paraguas terrorista, y juro también, por la augusta persona de D. Antonio Maura, no volver á cogerte hasta que. sie apruebe el proyecto de Administración local. ¡Que ya habrá llovido! jcsÉ DE ROURE DIIÍU 5 DE MECIN VRA