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s p l N DB SEASON Iva gala de los autores y -el Grand Prix son los; dos acontecimientos que ponen fin á la season parisina; lyas gentes chic ya no pueden permanecer en París, y huyen á las playas, á los balnearios y á los castillos provincianos porque no es de buen tono permanecer en- el bulevar después del 15 de Junio. Pero para asistir á estas dos fiestas- -á la gala en la Opera y á la gala en I ongchamps, -el parisiense neto hizo el viaje desde el último rincón del mundo y los extranjeros millonarios forzaron la marcha de l o s paquebots que los conducían desde las más apartadas colonias inglesas. ¡Había que presenciar el Grand Prix! ¡Era preciso escuchar el Rigoktto en la, Opera! Esta representación sobre todo, única, excepcional, despertó mayor curiosidad q u e n a estreno de Massenet... ¡Ahí era nada! I, a partitura de Verdi, inter- pretada por un cuarteto asombroso, donde figuraban los nombres de la Melba y la Petrenko, de Caruso y de Renaud... Quince días antes de la función no había localidades y la Sociedad de Autores encerraba en su caja de socorros 158.000 francos de beneficio. l a Melba vino de Covent- Garden á cantar en la Opera ese único día; Caruso hizo el viaje desde el Manathan- Theatre de Nueva York, y llegó á París con el tiempo justo para dar un paseo por el Bosque y ponerse de acuerdo con sus compañeros en un ensayo que se rezó en foyer horas antes de la función. Su presencia en la Avenida de las Acacias fué ya un éxito de curiosidad femenina... Estas grandes damas incorporábanse en los tronos de sus carruajes y sus autos, y asestaban monocks é impertinentes sobre aquel hombrecillo, gordo y rechonchete, que se hundía en el asiento de un desvencijado fiacre, mientras sonreía guiñando los ojillos picarescamente. ¡Cada vez está más gordo! ¡Qué desgracia! oí que decía una rubia, célebre al pasar. Y en su semblante reflejábase la más sincera consternación, porque para estas gentes el pecado mayor consiste en dejarse engordar como si el adquirir ó perder grasa fuera un entretenimiento voluutarioCaruso, en tanto, con la chistera yanqui de medio lado y las manos en las aberturas del blanco chaleco, exponía la redonda panza á las curiosas miradas de la multitud y sonreía, sonreía siempre con una sonrisa de angelote bonachón y bien cuidado. Por la noche, esta elegante concurrencia de Armenouville y los lagos invadió la Opera mucho antes de comenzar la representación, porque habíase advertido que no se podría penetrar en la sala una vez levantada la cortina, y la Melba y la Petrenko, y Caruso y Renaud empezaron á recibir ovaciones apenas aparecieron en el escenario. lya Melba... ¡Pobre Melba! Ni la distancia ni los cuidados de un sabio y artístico maquillage logran reparar los estragos de los años, y, ea cuanto á la voz, yo, por mi parte, confieso que sólo de raro en raro logré escuchar una nota, que no fué limpia, ni clara, ni mucho tiempo sostenida. Pero, ¡qué importa! Esta mujfer tiene una historia, es un nombre y un prestigio, y el público parisiense es como la alondra: ama lo que brilla y hace ruido... ¡Que es vieja! ¡Que hoy apenas canta ni se tiene en escena... Bueno; pero... ¡es la Melba! Mil veces más vale la Petrenko, y estaba asustada, cohibida, como si se sintiera eclipsada por las pasadas glorias de su compañera. El caballero Eurico Caruso en cambio, paseóse en triunfador toda la noche, hacieíido verdaderas locuras con su garganta privilegiada, inventando fermatas, saliéndose de la partitura para adornarla con floreos inverosímiles... Es el verdadero ruiseñoi que enloquece á las damas con sus trinos y que asombra á los hombres y hace dudar á los sesudos críticos de arte que combaten el antiguo repertorio y odian las floriture. Para él fueron los aplausos más entusiastas, las ovaciones delirantes, los ¡bravos! escapados de las femeniles gargantas... Y Caru- so, que sabe el poder maravilloso de su voz, pasea por la escena su antiestética figura, su panza descomunal, sin fajas, sin corsés, sin apelar á ninguno de los recursos que utilizan los tenores para estar bonitos El tiene la voz, la voz nada más, y, escuchándole, el público lo olvida todo para gozar del encanto de su arte mar; loso, único, sobrenatural. Seguíanle anhelantes estas nobles duquesas del faubomg con las gargantas apretadas, temblorosos los labios, húmedos los ojos, despedazando nerviosas el costoso pañolito de encaje... ¡Cuántos abanicos, espléndidas joyas de arte, saltaron hechos añicos en fuerza de golpear con ellos para pedir un Ms- ¡otro más! -de la manoseada, organillesca y ya vulgar donna e mobile! Y Caruso, inclinando la robusta cerviz de toro bravo, saludaba y repetía la canción una y otra vez, inventando y resolviendo siempre una nueva difioaltad sin esfuerzo aparente, y al terminar, miraba disimulado á las avatit- scenes, y de sus ojillos íbrotaban chispas, mientras una plácida sonrisa iluminaba su rostro bonachón de angelote de iglesia... Pero pasó la gala sensacional, se corrió el Grand Prix y las campanas de las aristocráticas ermitas parisinas doblan funerarias por la season que muere... H a y que huir de París porque el chic lo ordena... Y el exondo comienza... Mirad... A lo largo de los bulevares, en interminable procesión, pasan los ómnibus de las estaciones cargados de cestos enormes; en el despacho de Cook hay cola desde por la mañana hasta por la noche, y los trenes de lujo salen atestados de vaporosas figurillas envueltas en gasas y velos que flotan al viento... I a season muere... ¡Rogad por ella! JOSÉ JUAN CADENAS