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aquellos días, ni las observaciones de madame de Geulis, rectificando á Voltaire, todos ellos mencionados por Fournier. Cuando se cita la frase nadie se acuerda del embajador de España, y todos siguen admirando por ella el ingenio de Luis XIV. II Todo esto pensaba yo hace algún tiempo leyendo una chistosa anécdota relativa al carácter de los catalanes, en la que figuran como interlocutores el Emperador y el duque de Cardona, almirante de Aragón, y que, sin duda alguna, á mi parecer, debe de referirse al rey Felipe IV y á otro duque de Cardona, descendiente de aquel D. Alonso á quien Carlos I concedió el toisón de oro en el primer capítulo de la orden celebrado en España. Cierto es que los catalanes dieron más de una desazón á Carlos V cuando éste vino á España, y su cronista, el obispo de Pamplona, fray Prudencio de Sandoval, bien lo dice en su Historia del Emperador. Los de Cataluña no querían jurar por Rey á don Carlos, diciendo que su madre era viva, ni le consentirían tener Cortes, porque no era jurado en la tierra. Y esto se hacía con tanta libertad, que se mofaban de los castellanos y aragoneses porque lo habían hecho, y se tenían ellos por más hombres; mas al fin, como cuerdos, se allanaron y mostraron ser de carne y sangre como los demás. Porfiaron veinte días, y al cabo de ellosjuraron al Rey y se comenzaron las Cortes, en que dieron al Rey hartos disgustos, y á Jévres pusieron en tanto aprieto, que ya deseaba verse fuera de España. Pero algunos pormenores de la anécdota parece que encajan mejor en lo ocurrido un siglo después, en tiempos del rey- poeta, con otro duque de Cardona que llegó á tener en Barcelona prestigio extraordinario é influencia grandísima. Felipe IV, en 1626, celebró en Barbastro las Cortes de Aragón; en Monzón, las de Valencia, y pretendía celebrar en Lérida las de Cataluña por consejos del conde duque de Olivares, obstinado en que las tuviera fuera de Barcelona. Pero el Rey desistió de aquel propósito porque el duque de Cardona logró disuadirlo con razones eficaces, y Felipe IV entró en Barcelona el 16 de Marzo de aquel año, aposentándose en casa del duque, con sus hermanos los infantes 13. Carlos y D. Fernando. Las Cortes se celebraron en el convento de San Francisco, y en ellas hubo graves disentimientos, motivados algunos por las exigencias de los catalanes, y otros por la soberbia y la arrogancia del endiosado conde duque. A tales extremos llegaron las discordias, que en cierta ocasión llegaron á poner mano en las espadas el propio duque de Cardona, en defensa de los catalanes, y el de Santa Coloma, en defensa del enfatuado y despótico valido. En aquellas Cortes, el diputado Francisco Tamarit, conceller en cap, se atrevió á proponer que se desterrase de Cataluña á todos los letrados y doctores, que eran confusión del mundo y sólo servían para embrollar los asuntos Felipe IV, viendo que nada conseguía, e l d í a 4 de Mayo salió de Barcelona sin despedirse. III Todos estos antecedentes hacen presumir que la anécdota que me sugirió las consideraciones arriba expuestas y luego evocó en mi memoria los recuerdos después consignados, debe de referirse á Felipe IV mejor que á su augusto y enérgico bisabuelo y al duque de Cardona, de quien aquél era huésped. Expuestas las prudentes observaciones para deshacer el error histórico que, en mi opinión, hay en la anécdota, voy á copiar ésta, que sóJo ha de ocupar unas cuantas lineas, temiendo que el lector aplique á este articulejo el dicho vulgar de que todo el pescado se ha vuelto cabeza La anécdota figura en la colección de cuentos que notó D. Juan de Arguijo manuscrito existente en la Biblioteca Nacional, publicado por el Sr. Paz y Mélia en la segunda serie de su obra Sales españolas, y forma parte de la que parece ser obra de un continuador de Arguijo. Prescindiendo de una coletilla filial que le quita gracia, y para nada sirve, dice así: Estando en Cortes en Cataluña el emperador Carlos V, no acababan de despacharle. Llamó al duque de Cardona, y díjole: -Yo sé que los catalanes hacen cuanto queréis, por vida vuestra. Respondió el duque: -Es verdad que hacen cuanto yo quiero, cuando quiero lo que ellos quieren; pero si no quiero lo que ellos, no hay hombre que quiera lo que yo. IV Si algún lector, con mejores datos ó razones, opina que no estoy en lo cierto, que el monarca era el emperador Carlos V y no el rey Felipe IV; que el duque de Cardona era el antiguo almirante de Aragón y no el presidente del brazo militar en 1626, no haga caso de lo que más arriba escribí; sirva sólo para que se pueda formar idea de cómo en lo antiguo andaban los reyes de España con los díscolos catalanes, y quédese simplemente con la anécdota, que sobre ser chistosa es de permanente oportunidad. Porque, después de todo, lo que dijo el duque de Cardona lo mismo pudo decirlo en 1519 que en 1626... que en 1908. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ DIBUJOS DE MEDINA VERA