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X 7 CHAS veces habrán ustedes visto á ciertos sujetos, que, asi al pronto, parecen antipáticos, y. sin embargo... ¡lo son mucho más todavía! Son señores, en su mayoría, que todo les molesta, que todo les parece mal; desde el nombre de la calle en que viven, hasta el color de los tirantes que usa el tendero de la esquina. Esos son los que representan el eterno descontento Supongamos cjue son empleados en una oficiní pública; pues en ella encontrarán medio de desfogar su mal humor y su afán de crítica. H a visto usted lo que ha dicho el subsecretario? ¡Qué disparate! Ahora quiere que en las copias de las Reales órdenes se dejen dos dedos de margen, y es lo que yo digo; ¿Dos dedos de hombre gordo ó de otro cj ue tenga la mano como un esqueleto? -Creo que S. E. ha pensado en un término medio. ¡Ees digo á ustedes que se oye cada cosa! Y desde aquel momento lo de los dos dedos le pone de tan mal humor, que había mal del Gobierno, se pelea con los compañeros y deshace de un pune tazo dos azucarillos, bajo el pretexto de que se han picado. Estos agrios son los que hallan su mayor delicia en entristecer á cuantos les rodean, á ver si de este modo la humanidad entera es una especie de coro general de maldicientes y concluímos por mordernos unos á otros. -Yo estoy contentísimo con la casa cjue he tomado- -dice á lo mejor un sujeto que se ha propuesto verlo todo más alegre qué una pieza de Eslava. -Pues está usted en un error- -arguj- e el agrio sé que su portera riega la escalera con aceite de la ensalada, y que en el piso cuarto hay un señor que se ocupa en el invento de un explosivo, y el mejor día vuelan ustedes. Desde aquel día, el que pudiéramos llamar nonrado vecino vive preocupado con el inventor del piso cuarto, y apenas siente un golpe, se echa á la escalera, gritando; ¡Cielos! ¡La dinamita! Ea mayor alegría de estos aguafiestas es cuando pueden estropear unos amores, acusando á la novia de haber dado dos rizos de su rubio pelo á un segundo teniente que después huyó con una estanquera, y al novio, de no tener más que unos puños de goma y llevar el chaquel prestado por un compañero de casa de huéspedes. -Ya sé, ya sé. Rosita, que está usted en relaciones con Burbuquejo. -Sí, señor; rae ha dado pruebas de carino, y no hace cuatro días C ue me envió á casa un cuarto de kilo de queso y siete espárragos, como prenda de su amor. ¡Humí ¡Espárragos! ¡Queso! A usted se la da. ¿A mí? -Sí, y ya ve usted que se la da con queso. Yo sé que ha tenido amores con una corista, á la que dio palabra de casamiento y á la que abandonó después de llevársela un retrato de Priinciue ella guardaba como recuerdo de familia por ser un regalo del invicto general á su abuelo, y un traje de odalisca con el pretexto de que se iba á retratar disfrazado de sultana. ¡Imposible! ICmiliano me adora, me lo ha jurado por la salud de un tío suyo á quien dice que quiere como si fuera su segundo padre, según se entra á mano derechr. ¡Otra mentira! ¡Ese hombre no tiene afectos! Sé que mucho tiempo! ia vivido con una hermana, á la cjue tenía encerrada en una habitación obscura no dándola más alimento cpue un pedazo de pan y una zanahoria que todos los días la entraba por el mott tante de la puerta. ¿Será posible? ¡Qué monstruo! Y cuando aquel hombre ha adquirido el convencimiento de que la más terrible de las dudas se ha apoderado de la infeliz enamorada, se aleja satisfecho, pensando que ha deshecho unos amores y amargado una vida. En casa son terribles los agrios y apenas tiran del llamador de la campanilla, cuando ya se echan todos á temblar. ¡Papá! ¿Qué hi, ¡or traerá hoy? Entra la terrible fiera, y porque tropieza con el perchero, descarga una terrible patada sobre el mueble, gritando; ¡Eo he dicho mil veces! ¡No quiero este chisme en este sitio! Toda la familia se atemoriza y apenas se atreve á respirar. Siéntanse á la mesa, pero apenas el hombre ha probado una cuchar 8. da desopa, arroja el cubierto furioso. ¿Qué porquería es ésta? ¿Se ha creído la muchacha que voy á empapelarme el estómago y necesito engrudo! No hay modo de vivir con ehos, y realmente tienen el don de la antipatía, Claro está que sus malos humores tienen, á veces, su justo castigo, porque á lo mejor, tratando de estropear las oraciones á un aprensivo, le dicen; ¡Mal grano tiene usted en la barbilla! ¡A siete que he conocido con otros iguales, los siete han muerto! ¡Ah sí! -dice el aprensivo; ¿y no ha conocido usted á uno que le haya roto las narices? Y al decir esto le sacude dos mamporros, añadiendo; ¡Toma, por morral! ¡Para que vengas á molestar á nadie! Inconvenientes de ser agrio A. R. BONNAT DiBUJD DE MEDINA VERA