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2 ¡Perezosa! ¡Las diez de la mañana! Hace una hora cjue te estoy esperando. Lolita. -Mucho antes hubiera podido venir á verte, porque la impaciencia ha hecho que madrugase hoy, pero he creído que no era correcto llamar á tu puerta más temprano... podía incomodar á tu marido. Elena. -ís. las nueve lo eché. Le dije que te esperaba, que teníamos mucho que hablar, y se marchó á dar un paseo á caballo, prometiéndome no volver hasta la hora del almuerzo. Tenemos, pues, por nuestra toda la mañana. Lolita. M. va á guardar encor por esa expulsión. Elena. -No lo creas. Ya somos un matrimonio viejo... Lolita. -Sí, viejo, y os casasteis hace ocho meses... te encuentro algo. no sé qué... más seguridad, mayor dominio de ti. y aa. -Eso que no te sabes explicar no es otra cosa que los meses transcurridos y la experiencia adquirida durante ellos. Lolita. -Esa experiencia no podrá ser mucha... ¡Sólo de ocho meses... íí, ¡Entiéndeme! No se trata del conocimiento de los hombres y de las cosas que sólo los años prestan; esa no la puedo haber adquirido en tan corto plazo; me refiero á la experiencia que da el salir del hogar paterno, donde todo conspira para que perdure en nosotras el engaño de que la vida es tan fácil y tan llana como entonces se nos presenta, el J V. ir- a r i. I Elena. S que cada mes de vida conyugal representa más del doble de los de la vida de soltera. Lolita. ¿Tan largos se hacen? Elena. -Es una cosa muy compleja. Lolita- -Pues cuéntamela, me entusiasman las cosas coniplejas y abstrusas. Elena. -Habíame primero de ti, mujer. ¿Qué has hecho desde que me casé? ¿Qué planes tienes? ¿Hajalgún moro en la costa? Lolita. -No; tú eres quien debe empezar, ¡pues no faltaba más! Toda una señora formal que ha andado una porción de meses por esas tierras de extranjís en compañía de su esposo y dueño... Nada; la excelentísima señora condesa de San tomir tiene la palabra. Elena. -Vuesto que lo quieres, sea. (Siéntanse en sendas h? itacas y se disponen á hacerse mutuas confidencias. Lolita. -Antes de que comiences, y para no interrumpir tu relato, debo decirte que no eres la misma. comenzar una existencia nueva, más real, más fuerte, más áspera, por tanto, al lado de un hombre al que siempre conocemos poco. Sin preparación, hemos de establecer los fundamentos de toda la vida futura, tropezando aquí con un prejuicio que no se puede dominar sin ser imprudente, teniendo que ceder en cual materia para cobrai- nos con réditos en tal otra el precio de este sacrificio, ya sea vei dadero ó ya fingido... Cree, Lola, que la que sale con bien de esta. prueba, más difícil de lo que parece, ha demostrado poseer una habilidad y unas dotes de diplomacia que para sí quisieran muchos embajadores cargados de marrullerías y de veneras. Y ese no se qzie que observas no es otra cosa que la confianza en mí misma, la convicción, nacida de los hechos, de que soy un elemento, una fuerza, de que tengo una voluntad puesta al servicio de un raciocinio. Lolita. ¿Qe modo que no todo son rosas en la vida matrimonial?