Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Don Abdón. ¡Cóiuo se ceba la desgracia en algunas casas! Doña Celsa. ¿Se ha muerto alguien? Don Abdón. -C A peor. Vei ás. (Lee. Solicita caridad una honrada familia, víctima de espantosa miseria; el padre carece de trabajo, la madre está enferisia, y los tres hijos padecen las consecuencias del hamtere. Calle del Tribulete, número 15, escalera 2. a, piso 5.0, corredor C, cuarto número 27. Doña Ceba. ¡Qué horror! Da miedo pensarlo. Don Abdón. -No comer apenas... Doña Celsa. -Ytt que los hijos piáen pan y no complacerles... Doít Abdón. -Hay que dar mil gracias á Dios, que nos libra de esos males. Doña Celsa. -Hay que hacer algo más que eso. Se me ocurre una idea... A ver qué te parece. Don Abdón. -Tú dirás. Doña Celsa. ¿Cuánto habíamos de gastar en la excursión á Aranjuez? Do 7 z Abdón. -Oué sé yo... Tú lo has dicho antes; de cinco á seis duros. olientes, llega a l a casa de los protag nistas de la famélica aventura. Sale á recibirla una mujer sucia y desgreñada; su incuria no sorprende á doña Celsa, comprendiendo que la enfermedad, unida á la miseria, no incitan al aseo. Varios chiquillos haraposos se revuelcan j or el suelo. Doña Celsa inquiere si es aquel el hogar exkaiisto de medios de vida que hace en el periódico un llamamiento á los caritativos impulsos de los lectores. L, a mujer greñuda responde afirmativamente, y para corroborar su aserto hace varios pucheras, llevándose un pico del mandil á l o s ojos. Doña Celsa entrega su óbolo. Al ver la cuantía del mismo, la mujer se deshace en aspavientos, y pellizca disimulaiaxiiente á los chicos para que griten y aullen dando color al cuadro. I, a buena señora se retira con los ojos arrasados en lágrimas, muy persuadida de que ha realizado un acto hermoso La mujer sucia. (Despidiendo á doña Ceba con todo fe nero de zalemas y gemitlexvmes. Dios se lo pague, señora, y le a íimonte lo suyo... Que las bendiciones de las pobres formen un coro de alabanzas para usted... 1 í ií 4 4 ry M SíRá! lí, Doña Ceisa. -Pongamos cinco; números redondos. ¿Qué dirías si en vez de irnos de bureo el domingo le lleváremos esas veinticinco pesetas á la pobre familia que perece de hambre? Don Abdón. (Enternecido. Me parece muy bien... Una idea como tuya... Eres la misma de siempre, nena; un corazón de oro. Doña Celsa. -Pues no hay más que hablar. Mañana les llevaré ese auxilio; de este modo los infelices tendrán para comer varios días, acaso una semana... II Al día siguiente, doña Celsa cumple tan laudable propósito. Rebujada en su mantilla, orientándose difícilmente en el dédalo de horrendas callejas mal (Seguidamente cierra la puerta, y, asomándose a mi i.ii cJiitril que sirve de infecto dormito rio grita: ¡Boni! Boni! Condcnao, despierta ya. Boni. (Aparece desperezcindose y bostezando. ¿Qué se ofrece? La mujer. (Mostrándole elbillete de cinco dtiros. Mira, mira lo que ha caído. Boni. (Apoderándose del papel. Venga, venga, no sea que tú lo apandes pa ti sola... La mujer. ¿Y qué vamos á hacer con esto? Boni. -Hombre... mia tú lo que son las cosas. Haca un porción de tiempo que tengo ganas de hacerlo, y no se ha terciao entoavía... El domingo nos vamos á. Aranjuez á pasar la tarde. ¡Poco bien que nos sabrá la fresa á costa de primo... iVuGusTo MARTÍNEZ OLMEDILLA DIBUJOS D E MEDIN- A VERA-