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nes más plácidas en estos días calurosos. La jardinefa, cuando no se desengancha en una pendiente y nos aplasta, resulta muy agradable. Para gozar de ella y de sus viajes es preciso poseer algunos conocimientos. Es necesario estudiar los diversos itinerarios para elegir el más largo y el más barato. Es conveniente elegir un asiento lateral, y si después de elegido, algún nuevo viajero sube al mismo banco, habrá que tener cuidado de hacerle pasar al centro, pues hay sujetos que le quieren á uno empujar hacia el interior, quedándose ellos en la esqidnita. Con estas precauciones, con que la jardinera marche de prisa para ñiles que vuelven de su trabajo, los chiquillos que consiguieron- axia perra chica por ocultos y misteriosos caminos, y los cocheros, en fin, que consumen parte de la propina en refrescar ardores del pescante. Todas estas gentes paladean con deleite las heladas bebidas. De píe, junto al puesto, sorben á pequeños tragos, y muy pausadamente, el congelado contenido de unos vasos más ricos en vidrio que en capacidad... Y no terminan aquí los goces estivales del mes dedicado á la juventud. Faltan aún las clásicas verbenas de San Antonio, de San Juan y de San Pedro; pero si esos jóvenes á quienes Junio se consagra fuesen sinceros, confesarían que el placer de las verbenas tiene mucho de problemático. Si acuden á ellas muchos adolescentes, más es por conseguir fama de puntos que por lo que la fiesta les divierte. Respirar el humo de los candiles que alumbran los puestos de rosquillas, atufarse con el olor á aceite frito de los buñuelos y tragar polvo de la carretera, amén de exponerse á unas palúdicas oriundas del Manzanares, no puede entretener á nadie. Eos placeres cuanto más sencillos, más gustosos. Y la característica de estos placeres de Junio, es la sencillez. ¿Sabéis en lo que gozo yo muchas noches... Pues en asomarme á una ventana del patio de mi casa. Ver como acaba lentamente el trajín del día en esas habitaciones vecinas que dan á los patios interiores de nuestras casas, es curiosísimo. Al principio, todas las cocinas se hallan iluminadas; ruido de platos y canciones salen por las abiertas ventanas. Poco á poco, algunas de éstas se van cerrando á impulsos de manos misteriosas. Las luces se apagan, y tan sólo dos ó tres huecos quedan iluminados. El silencio es entonces mayor, y únicamente se escucha el murmullo de un caño de agua y algunas broncas y confusas voces en el fondo del patio. A los pocos momentos, otra de las ventanas iluminadas queda á obscuras y abierta de par en par. Las voces y el ruido del agua cesan por completo. Ea ú uz se apaga. Un rayo que sople aire fresco, y con tener la suerte de que vaya alguna viajera que se time tinas miajas, el viaje resulta cosa rica y hasta se puede repetir el recorrido. Más agradable que este paseo ferroviario es el que á última hora de la tarde se dan en mañuela de alquiler algunos privilegiados. Encontrar á eso de las siete una mañuela libre es dificilísimo; encontrarla provista de llantas de goma y cascabel, es casi imposible, y hallarla, además, guiada por un cochero amable, es imposible del todo. I OS cocheros de estos vehículos no cargan si no son tres los individuos que pretenden ocuparlos. De modo que lo primero que tienen que hacer dos amigos que quieran dar un paseo en mañuela por la Castellana, es convertirse en tres, ó, por lo menos, pagar como si lo fueran. Con esto, y un pitillo á tiempo, ei hombre del pescante se ablandará y podréis dar unas vueltas entre la aristocracia que rueda. Para estos paseos es preciso llevar unos bonitos zapatos y unos calcetines de fantasía. Iva postura indolente que suele adoptarse en esos coches permite muy bien mostrar los pies, y ¡quién sabe si en el doblez del pantalón ó en las cintas del charolado zapato puede enganckarse alguna rica heredera de las que van en czx Ví. 3. e particular ó quizá en automóvil! Fuera de esta mira utilitaria, el paseo vespertino y en mañuela es delicioso. Aquella fresca bocanada de aire perfumado que al entrar en el Retiro azota nuestro semblante, es la más tónica de las emociones veraniegas. Iva mañuela es el coche de los humildes burgueses, así como el puesto de limón es la horchatería de los pobres. Y estos refrescos al aire libre constituyen otro de los placeres de Junio. En este mes quedan abiertos todos esos tinglados, y frente á sus alegres cortinas y á sus relucientes garrafas, páranse sofocados los mozos de cuerda que transportan un bulto, los alba- de luna baja por la blanca pared del patio, y un grillo empieza á cantar. Yo me quedo solo en aquel fresco ambiente y pienso cuan humildes son los placeres de Junio. Ni en el patio de mi casa, ni en la jardinera del tranvía, ni en el puesto de limón nada tiene que hacer el pavo real de la esposa de Júpiter... LUIS DE TAPIA DIBUJOS DE SANCHA