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PLACERES Junio es el mes consagrado á la juventud. Nada tienen que ver con él los académicos, consejeros de Estado, ministros y demás hombres maduros. J os romanos dedicaron este mes á los jóvenes, y de ahí el origen etimológico de la palabra Junio. Algunos gramáticos, no conformes con esta étimo- logia, opinan que tal nombre se debe á la divinidad mitológica Juno, que era una verdadera divinidad. Tan divinidad que se casó nada menos que con Júpiter, uno de los mejores partidos del Olimpo y dios bastante bien acreditado eu gustos amorosos. Iva hija de Saturno aportó al matrimonio, como única dote, un soberbio pavo real, símbolo de la vanidad, y pájaro con el que se hizo la diosa multitud de retratos que aún hoy se conservan. Es evidente, pues, que Junio era el mes d é l a pompa, de la alegría, de la juventud y, por lo tanto, de los placeres. Claro es que mucho han cambiado los antiguos goces olímpicos al convertirse en actuales. No son lo mismo las remotas fiestas paganas de Júpiter, que las modernas verbenas de Peñalver; pero no por haberse hecho más modestos los placeres han perdido su dulce sabor para los jóvenes del día. ¡Hermosas eran las carreras de carros romanos! pero ¡hay que ver lo que es un paseo en mamiela de gomas. ¡Lindas eran las luchas navales de aquellas naumaquias, pero ¿y embarcarse en el estanque del Retiro, es una tontería? (Puede que sí. La abundancia de pequeños goces es propia del mes de Junio. En sus templadas mañanas, el acto de madrugar constituye un placer. Y el de no madrugar, otro. La siesta, que en este mes empieza á imponerse, es otra voluptuosa sensación. En Junio la siesta es posible porque todavía no existen las moscas que tan agradables resultan en meses posteriores. La siesta es un placer de los más baratos, y sanos. En esas calurosas y pesadas horas de la digestión, nada tan delicioso como tumbarse en el lecho. Si no hay niños pequeños en la casa, hasta se puede dormir un ratito. ¡Y tanto como lo agradece el cuerpo! Otro placer baratito, en este presente mes, consiste en abrir los balcones, echarlas persianas, -y empapar- se en esa luz tranquila y verdosa que por las rendijas penetra. También empaparse de agua del botijo es otra delicia propia de esta época. Pues ¿y las frutas y las ensaladas, no son goces gastronómicos que nos hacen bendecir á Junio y muchas veces llamar al médico... Todos estos placeres puede decirse que son caseros, que se encuentran en el hogar y sin salir de casa. Pero si salimos á la calle, el número de distracciones propias de la estación aumenta considerablemente. El viaje circular n jardinera es una de las emocio-