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de Eros. Te vi, Augusta, y en mi pecho nació un amor infinito. ¿Qué pensarás de mí? Creerás que soy m loco, un perturbado que ni dueño es de sus frases sai de sus actos. Bien puedes figurarte lo que quieras, y por Apolo que no he de intentar contradecirte; mas en todo caso no dudes, ¡oh, divina! que soy un pobre enamorado. ¿Te admira mi cinismo? I O comprendo. No intentaré negarte que, en efecto, mi ciego atrevimiento merece ejemplar castigo; pero ¿no será un tanto disculpable esta obra cuando la ejecuta un pobre enamorado? Si el reptil asqueroso alza su vista y contempla el sol, no pienses que Helios, irritado, ha de cegar sus ojos. Yo me atreví á mirar un sol más refulgente, y no aspiro á ser tan dichoso como el reptil. Merezco la muerte, y una muerte infamante y horrorosa; pero acostumbrado á padecer, ¿qué dolor podrá causar esta tortura al corazón de un pobre enamorado? La muerte aguardo, y si por algo siento su proximidad no es sino porque ella me privará contemplarte. Mas si del mundo de los vivos desaparece mi cuerpo; si mi imagen con el tiempo se desvanece en tu cerebro, no olvides, ¡oh. Afrodita! que al lado tuyo vaga constantemente el alma de un pobre enamorado. Puesto que la vida sin ser tu esclavo no es vida, venga cuando quiera el tormento que ha de privarme de ella. Popea había escuchado silenciosa, ¿uizá llegó á complacerla mi discurso, pues que en su boca coralina se formó una sonrisa de agrado; pero no duró más aquella sonrisa que la luz del sol cuando, surgiendo de una nube, corre á ocultarse en otra. Plegáronse sus labios temblorosos, y sus grandes ojos despidieron relámpagos de ira. -Sí, mereces la muerte- -dijo una voz que silbaba al brotar de su boca... La guardia no tardó en prenüerme. III Acostumbrada mi vista á la profunda obscuridad del calabozo, especie de húmedo hypogeum, donde durante varios días estuve recluido, forzoso me fué cerrar los ojos deslumhrados, cuando súbitamente un cuadro deslumbrante de color y vida apareció ante ellos. Me habían conducido al circo; en aquel ancho espacio, inundado por un sol ardiente, me encontré tan solo que mi cuerpo se estremeció de frío, cual si me hallase sobre una sábana de nieve. Me creí solo, y más de ochenta mil personas me rodeaban. Allí estaba Roma toda, el soez populacho que acudía á gozar con mi muerte, y percibí su asqueroso hedor, mezclado con los perfumes que ardían en los pebeteros. En el alto podiiim vi á Popea; sonreía de gozo al lado de Nerón, que, con fingida indiferencia, me examinaba á través de su esmeralda. Había llegado la hora del castigo; el insolente intruso que se atrevió á pisar los baños de la Augusta formaba ahora un número atrayente en el programa sangriento que Nerón ofrecía á su pueblo. No me aterró la muerte; por Hércules lo juro. Sólo en aquel instante vergüenza é ira ciega estremeció mi pecho. De improviso, me hallé frente á una fiera; era un hermoso león de terribles fauces y rizada melena. Sus rugidos se mezclaron con los del pueblo. Avanzó lentamente, y al verme, se detuvo, venteando con delicia. En aquel momento un objeto cayó á mis plantas, despidiendo un reflejo al ser herido por el sol; era un afilado puñal. Una voz argentina, la de Popea, resonó en mis oídos con siniestra ironía: -Defiéndete si puedes- -la oí decir; -veamos si logras con laí íflloque no has conseguido con el punzón. Y la carcajada unísona del pueblo respondió á su chiste como con un aplauso estruendoso. En efecto; era ella, la que, arrebatando el puñal á un cortesano, lo había lanzado á mis pies para hacer más patente su despiadada burla. Temblé impulsado por la cólera, y desde aquel momento no fui dueño de mis acciones. Obré impelido por una fuerza misteriosa. Recuerdo que rodé con la fiera en apretado grupo, levantando una nube de polvo. Recuerdo que herí al león con loco frenesí; jamás mi puño fué tan fuerte, y nunca mi brazo demostró semejante energía. Y cuando el felino, mortalmente herido, cayó exánime, recuerdo que ningúti otro ruido se mezcló al estertor de su agonía; el populacho quedó mudo é inmóvil; le vi absorto de sorpresa, sin acertar á respirar y sin querer dar crédito á sus ojos. Corto fué aquel silencio; volvió la reacción, y, pasado un momento, aquel pueblo, que antes me saludó con sus chanzas, prorrumpió ahora en un aplauso delirante que conmovió los muros del coliseo. -Piedad, piedad- -gritó la multitud. Y una ola desbordada inundó la arena, y me sentí estrujado por una muchedumbre que me abrazaba con loco entusiasmo. Popea, con las manos sobre el corazón, parecía contener sus latidos; fijaba en mí con extraheza sus hermosos ojos, y temblaban sus rojos labios, impulsados por la emoción. Nerón alzó el índice en señal de misericordia. En brazos de la multitud y ciñendo la corona del vencedor, salí del circo por la ancha meniana c ue se abrió ante mi paso. v IV La blanca Hecate brillaba n el tranquilo; cielo cuando, rendido de emoción y cansancio, llegué á mi casa. Lucano me esperaba; corrió á abrazarme, y sentí su corazón palpitar junto al mío. -Ingrato serás si no ofreces á Hércules la más hermosa de tus terneras. Indudablemente has recibido la protección de los dioses- -me dijo. -Creo estar soñando contesté tendiéndome en un lecho. El poeta me contempló riente. -Casi no te conozco murmuró; -estás hermoso con el laurel sobre las sienes. Y su voz, al proferir estas palabras, tenia. mncho de punzante para que se me pasase inadvertida. Un esclavo vino á buscarme; grande fué mi sorpresa al oir de su boca que una. tapada me aguardaba en el atrio. Rogué á Lucano que esperase, y corrí á s u encuentro. Cuando salía oí al poeta murmurar con festivo tono: -Dichoso él, que, de un modo ó de otro, consigue lo que ansia; he aquí á Venus buscando las caricias de Marte. Cuando volví á reunirme con Lucano le encontré en el baño; tenía los ojos, entornados, y parecía experimentar una plácida sensación. -Lucano, amigo mío: soy el más feliz de los hombres- -acerté á murmurar con voz ahogada por el gozo. El me miró sonriendo. -Pues bien- -dijo; -al paso que la ofrenda á Hércules, lleva un par de blancas palomas al altar dé Afrodita. ¡Popea me ama! -dije sin poder contener mi alegría. ¿La has seducido con tus versos? -preguntó Lucano. Incliné la cabeza sobre el pecho. Reinó un largo silencio en el uncíormm, y luego me pareció oir murmurar al poeta con voz dolorosa y apagada, como si hablase consigo mismo: -Pues que genio y rudeza se pesan en la misma balanza, no esperes alcanzar la gloria inculcando en groseros cerebros las fecundas ideas que surgieron del tuyo. -Si quieres un laurel, lucha en el circo ó dirige la cuadriga; pero arroja el esiylus, que sólo habrá logrado formar callo en tus dedos. ÁNGEL FERNANDEZ DEL VILLAR 91 BUJO DE MÉNDEZ BRINUA