Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
poder para refrendar las riendas del imperio que el tirano Nerón dirigía, coa torpe mano. Entonces fué cuando él llegó á resplandecer y cuando su Farsalia produjo la honda admiración que otras obras tan dignas como ella no habían conseguido despertar. Lucano, al hablar de este modo, dibujó en su boca una sonrisa de ironía amarga, y luego prosiguió con apagado acento: -No, amigo mío, en la época en que el atleta rudo logra los mismos triunfos que el poeta; en esta época en que el grosero auriga ostenta en su frente sudorosa la corona que ciñó el artista, no es el talento lo que arranca el aplauso, es la fuerza física ó la estúpida agilidad del danzante. Si genio y torpeza se pesan en la misma balanza, no esperes alcanzar la gloria inculcando en groseros cerebros las ideas fecundas que surgieron del tuyo. ¡Oh, no! Si quieres un laurel, lucha en el circo ó dirige la cuadriga; pero arroja el estyhis con el cual sólo habrás conseguido formar callo en tus dedos. II Juró por Venus Afrodita que al poseer cien vidas, diéralas gustoso por experimentar la sensación profunda que agitó mi pecho aquel instante. Los mal unidos lienzos del velarium, resaltado por la obscuridad misteriosa del recinto, dejaron penetrar indiscretos un rayo de sol que fué á posarse en su cuerpo armonioso. Una esclava griega cubrió su cuerpo con la blanea synthesis; el rayo de sol se extinguió velado por las nubes. De improviso, un extremo de mi toga, que sobresalía de la columna en que estaba oculto, me descubrió á sus ojos; lanzó un grito, y creyéndome acaso un asesino, retrocedió espantada. No comprendí hasta entonces la importancia de mi delito. Había pisado el recinto sagrado de los baños; estaba perdido. Cuando, repuesta de su sorpresa, intentó pedir socorro, arrojé mi toga por que viese que no llevaba Ml ti ií- ji fí -No, Lucano- -me atreví á proferir, -estás equivo- ningún arma; ella permaneció muaa y admirada. Sus cado; siempre la elocuencia triunfará de la fuerza esclavas, sorprendidas también, quedaron inmóviles. -Salve, divina- -acerté á proferir. física, y más honda emoción producen en una her- ¿Qué quieres, esclavo? -preguntó Popea. mosa las dulces notas de la lira que el ruido grosero Alcé la frente y contesté: del combate. -No soy esclavo, como dices; el sol de la CampaVi una sonrisa en los labios del poeta, que ni se, dignó contestarme. Sus ojos se cerraron, y durante nia me vio nacer; fueron patricios mis padres, y sanun gran rato pareció su espíritu olvidarse de las co- gre notle corre por mis venas. ¿Quién eres? sas del mundo para gozar más libremente los place- -Un pobre poeta herido por el dardo implacable res del baño.