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WESA REVUELTA proporcionado un rato de placer, y en cuanto á devolver los ochenta céntimos, no penséis en semejante cosa. Quiero guardarlos porque es el primer dinero que he ganado en mi vida. I A EDAD DE BASSOMPIERRE El general Bassom pierre era enemigo del cardenal de Richelieu, y éste, para desembarazarse de un adversario tan temible, en su concepto, le hizo encerrar en la Bastilla Allí permaneció preso Basspmpierremás de diez años, y al salir de la célebre prisión de Estado, el viejo general fué á ver al rey Luis XIII, que le preguntó su edad. -Señor- -le contestó. -tengo cincuentaañosnada más. ¡Cómo! -dijo con gran extrafieza el monarca, -me parece que tenéis, por lo menos, sesenta, general. -Es verdad, señor- -replicó Bassompierre; -pero es que descuento los años que he pasado en la Bastilla, porque no han sido empleados en el servicio de V. M. R E N G L O N E S CORTOS LOS SATISFECHOS DESCONTENTOS Tomando el sol estaban en un corral un cerdo y un borrico, y decía al segundo el primero: -Te compadezco, burrc porque vives sufriendo palizas y trabajos, sin conseguir que el dueño te deje un solo día comer tranquilo el pienso, que no será abundante cuando estás siempre hambriento. Yo, en cambio, no hago nada y vivo satisfecho; no me molestan nunca, me tratan con esmero, y mientras tú estás flaco, yo estoy gordo y repleto. -Es verdad, mas te cuidan- -le replicó el jumento- procurando que engordes para matarte luego. Tu gordura es tu muerte; tu vida es corta. -Es cierto. También, tarde ó temprano, tú mueres, y yo creo que si al fin sucumbimos, uns y otro debemos preferir buena vida á que dure más tiempo. -Tu muerte es muerte alegre. -Pero me aplico aquello del refrán que comienza... -Ya lo sé: A burro muerto... En fin, yo no te envidio. -Pues chico, yo á ti menos. Uno y otro callaron, mas para sus adentros, como no son dichosos los que parecen serlo, los dos estas amargas reflexiones se hicieron: ¡Tiene razón el burro! ¡Tiene razón el cerdo! JOSÉ R O D A O Hasta el agua que ahora beb me va resultando amarga; ¡el agua, como mi vida, la voy mezclando con lágrimas! ANÉCDOTAS N PRINCIPE M Ú S I C O E l d u q u e Maximiliano pasaba por el mejor tocador de cítara de Baviera. Un día cogió su instrumento y fué á pasearse solo por el campo. Detúvose en un sitio pintoresco, y sentado sobre una piedra, en una espesa arboleda, púsose á tocar como un pastor de Virgilio ó de Teócrito. Dos campesinos, atraídos por el son del instrumento, llegaron hasta él y le dijeron: -Vas á venir con nosotros. L, a posada no está lejos y te pagaremos la cerveza. -Gomo gustéis- -contestó el músico, y se puso en camino. relegados á la posada, sentáronse todos en torno de la mesa, y mientras se le servía la cerveza espumosa, invitaron al músico á que tocara. Así lo hizo durante un buen rato, hasta que se levantó y les dijo: -Tengo precisión de marcharme. Me esperan en Munich antes de la hora de comer. -Una pieza más- -le. decían; -el vals de Maximiliano. -Si tocas el vals de Maximiliano- -A o uno de los más aficionados, -te damos ochenta céntimos. ¿Ochenta céntimos? ¿Formalmente? -preguntó el músico con el mayor interés. -Está dicho. Allá van. Y los colocaron encima de la mesa. El príncipe tocó el vals, recogió las monedas y salió. Entraba á la sazón el hospedero, y al verle marchar dijo á los campesinos: ¿Sabéis quién es ese? -U K gran músico, por lo pronto. ¡El duque Maximiliano en persona! Salieron corriendo, y cuando alcanzaron al príncipe, se arrodillaron pidiéndole inil perdones y dándole toda clase de disculpas. -Nada de eso- -contestó Maximiliano. -Me habéis u