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arfas madrihnas a un amigo pro mnciana T ENGO así como un vago recuerdo, amigo mío, de que á principios de este raes se celebraron en Madrid unas fiestas patrióticas. Coincidieron con la elevación de la temperatura, después de unos días frígidísimos, casi invernales, con que nos obsequió Abril en sus postrimerías, y me acuerdo de que hubo ese calor á falta de otro. Según parece, escaseaba el dinero- -cosa rai a entre nosotros los españoles, -y el programa de las festividades se redujo á lo de todos los años por tal época, uu poco estirado en honor del siglo que se cumplía. Yo vi, como vimos todos los madrileños, ir de aquí para allá los coches de la casa Real, unas veces escoltados y otras sin escolta, y á D. Alberto Aguilera, ya delante, ya á la zaga de ellos, correctamente indumentado de levita y sombrero de copa. No me queda otro recuerdo líatriótico de aquellas magnas festividades, en las cuales sólo intervinieron, por lo que rememoro, los altos poderes del Estado y la simpática, popular y respetable personalidad del fundador del Asilo de María Cristina. Acaso esta conjunción de representaciones haya sido el gran acierto de las fiestas del Centenario, pues tan lógico es que acudieran á ellas las augustas personas de la dinastía, como el hombre que más ha hecho por los nietos y bisnietos de los heroicos chisperos. Todas aquellas idas y venidas tenían naturalmente que acabar en algo, y, naturalmente también, han acabado en una Exposición, i ío me refiero, como comprenderás, á la de Pinturas, ó sea á la exaltación de la pátina, voz que, según el Diccionario de la Academia de la Lengua- -y te voy á copiar la definición por si no tenéis ese monumento en el pueblo, -quiere decir; el tono sentado y apacible que da el tiempo á las pinturas al óleo Ya ves tú que es cosa de magia salir ahora con tonos sentados, cuando lo que necesitamos en España, lo mismo en pintura que en todo, son tonos que galopen para sacarnos de nuestro atraso. ¡Tonos sentados en una nación amenazada de morir de un asiento! pero, en fin, dejemos á la pátina sobre los cuadros y volvamos á las fiestas de la Independencia -que alguno llamó d é l a Indiferencia española- -y que han finiquitado en esa Exposición Histórica de que iba á hablarte. También para organizaría escaseó el dinero, y con un puñadico de miles de pesetas hemos tenido que volver al año ocho, á cuj as gloriosas efemérides debe su iniciación y fundamento. No se puede reconstruir un siglo con más economía; los organizadores de la interesantísima Exposición han tenido que empaparse en los procedimientos que usaba el famoso Cherubini para la formación de las compañías de ópera barata. Y sin embargo, como el ingenio es moneda- -siempre que no caiga en al- gunos escenarios, -la Exposición parece establecida con todo desahogo, y resucita á nuestro heroico abuelo el Lázaro español de su secular sepulcro. Apenas entras en el palacio de la Biblioteca, que es donde campa la Exposición, por su pórtico de la calle de Serrano, te maravilla el encontrar con vida, y- lo que es todavía más extraño, luciendo flamantísimo uniforme, á aquellos valientes artilleros y gallardos guardias de Corps, que tanto dieron que sentir á los franceses y á nuestras abuelas. Correctos, perfilados, sin una mancha... ¡cállate, ya sé qué guerrera estás viendo! esos reconstruidos soldados parece que se mueven con la solemnidad del siglo que llevan en la cartuchera, y mira tú, amigo mío, por qué feliz coincidencia tenemos actualmente en Madrid soldados de cien años y soldados de uno. Así no se puede hacer Ejército dirá seguramente nuestro común jr malhumorado colega D. Jenaro Alas, y es cierto que la edad de pelear ni se alarga tanto ni empieza tan pronto, ¡pero qué primoroso enlace forman las glorias ciertas de anteayer con las presuntas bizarrías de pasado mañana! ¡Vigoriza tanto al corazón un poco de poesía! Una vez en los salones, y aunque arm. as, trajes, documentos, muebles llaman á tu curiosidad con sus voces evocadoras, ya para ti no hay más que un hombre, una obra, un sortilegio: Goya. Aquel terrible D. Francisco poseía el don de copiar las almas de lo que veía y aun de lo que apenas tenía alma. Cada retrato suyo es como una página de Tácito, y cuando su pincel se empleaba en retratar personalidades augustas.