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Í DIÁLOGO EN LA MONTAÑA A D L N tiene por costumbre esconderse en un lugar solitario cuando el trajín de sus quehaceres le G AE A deja libre un par de horas. Allí se sienta, debajo de una copuda haya, y allí se dedica á bordar unas flores entrelazadas con unas mariposas. Se sienta á bordar; pero ¿en realidad borda... Yo más bien creo que sueña. Esta haya secuiar está puesta como por un hada del ensueño. Aislada en la ladera del monte, tiene como telón de fondo la grandiosa inmensidad de las montañas, el horizonte áspero, los bosques que se hacinan en las sinuosidades de los barrancos, y como seres que animen la soledad del paisaje, no hay sino los moscardones, los grillos, los humildes bichejos, y en la lejanía tal vez un rebaño de ovejas que cruza una solitaria loma. Allí se oye al viento hasta en sus más leves gemidos; allí no se pierde ni el menor matiz de la brisa; allí, en el silencio aquél, el oído distingue cualquier pormenor de la grave y apagada melodía de los campos. Y el cielo se abre allí de una manera tan franca é ingenua como podría una doncella desnudarse á la única mirada de las tácitas estrellas. No hay nadie; no se ve rastro de hombres ni de pasiones humanas... Allí se sienta Magdalena, extiende el bastidor del bordado, mira á la lejanía, y mirando al horizonte se le pasan las horas. Piensa; ¿en qué... líoy me he atrevido á romper el recato de este refugio femenino, de este santo lugar en que se esconden los sueños de la doncella. La he visto desde lejos, reclinada en el árbol, con la mirada en el linde del cielo y de la tierra, pero no he querido sorprenderla. Una tonadilla que silbaban mis labios ha puesto á Magdalena sobre aviso Magdalena se ha rehecho al punto, ha separado los ojos de la lejanía y los ha puesto en la labor del bordado con un perfecto y femenino disimulo. El gesto de su cara ha cambiado también; si antes era vao- o como anhelante ó como lleno de una delicada melancolía, ahora es un gesto natural de prolija y vulgar atención. Parece que el bordado tiene la virtud de reconcentrar todas las facultades de la bella bordadora... ¡Oh discreto santuario del alma femenina! -Bueñas tardes, Magdalena. Y Mao- dalena se ha medio incorporado, saludándome con una de us mas alegres y francas sonrisas, -Entonces, ¿es aquí, Magdalena, donde se esconde usted por las tardes? -Sí, aquí es. Pero no vengo siempre... c i -A A -Hermoso lugar. El silencio que lo rodea, el espectáculo de las desiertas montanas, la claridad del cielo, todo hace de este sitio un admirable refugio para... i Me detengo turbado. Pero Magdalena es valiente, y, aunque empieza a comprender, quiere obligarme a seguir por mi camino de indiscreción. ¿Para qué... Concluya usted. -Pues bien éste es un admirable refugio para esconder un alma; un bello sieio para sonar. Mao- dalena sabe ya que yo no ignoro su secreto; sabe también que la he sorprendido en un momento de melaiTcolía, de triste debilidad. No pretende, pues, engañarse queriendo engañarme Ha cesado de sonreír; sus ojos se nublan ligeramente; adquiere su rostro un tono de dulce gravedad. Mira a l o leios V dice con un tono extraño, desconocido para mí hasta ahora: -Tiene usted razón; aquí se sueña bien. Nosotras, las mujeres, tenemos vanas necesidades, sm las cuales T) ueden vivir tranquilamente los hombres; cada una de estas necesidades es un secreto... ¡Ea mujer esta llena de secretos y de alcobas cerradas! Yo siento la necesidad del ensueño, y esta era mi alcoba cerrada, que usted ha entreabierto... -Ea casuahdad fué quien me condujo hasta aquí... ¿Sólo la casualidad... SALAVERRIA DIBUJO DE MEDINA VCRA M