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trágicos en aquellos días. Sentía, por el contrario, las dichas del amor con la vehemencia de sus veintidós años y con la alegría de ser correspondido indubitablemente con otra igual vehemencia de los diez y ocho años de su amada. Cierto que también por aquellos días soplaron sobre los amantes vientos enemigos. Los padres de Adela se oponían á la boda. ¿Qué padre previsor entrega su hija á las esperanzas de un artista incipiente sin nombre ni dinero? Mas los huracanes hacen con el amor lo que con la llama: la avivan y la propagan. Y cabalmente esa contrariedad llevaba á Lorenzo á pensar en Adela con mayor fijeza y ahínco, con menoscabo de la labor. Los padres, al fin, cedieron, y los mozos se casaron. El amor quedó satisfecho. ¡Esta es la gloria! exclamó ella al recibir el primer beso. ¡Esta es la gloria! repitió él, repitiendo el beso. No se acordó entonces del arte, ó á lo menos lo relegó á un segundo término del cuadro presente. El amor es la gloria de los veinte años. En esa aurora la gloria tiene el color rosado de uncí labios frescos y unas mejillas ruborosas. ÉPOCA btUUNDA Casado ya, Lorenzo pudo pensar en caras y expresiones que no eran las de su mujer. Y sea dicho sin retintín de malicia vulgar. ¿Es quizá que el matrimonio enfria el amor? ¿Es que el corazón, por infidelidad insuperable, pospone al ser amado en cuanto es bien poseído? No. Lorenzo sigue enamorado de Adela; pero Adela es ya suya, y descuidado de los afanes amorosos, y tranquilo en la quieta y pacífica posesión de ella, el pintor, por infidelidad puramente artística, ve claramente otros modelos sin el eclipse que sufrían por la interposición del modelo mental. Lorenzo podía entonces trabajar siempre al lado y casi con la ayuda de Adela, quien le daba á veces los pinceles y los colores. La imagen amada se había fugado del cerebro para tomar cuerpo en la realidad. Y el cerebro quedó despejado como cuando sale de él la calentura que lo atormenta y ocupa con las imágenes del delirio. El pintor progresaba extraordinariamente. El trabajo era fácil, sereno, abundante. La reputación crecía; el mercado se agrandaba, y el dinero seguía á la victoria como los esclavos siguen, resonando sus cadenas metálicas, al carro del triunfador. Lorenzo concurrió á las Exposiciones de Bellas Artes. Ganó premios: lá segunda medalla, luego la primera, ¡al fin la medalla de honor! Fué célebre, fué agasajado, recibió homenajes. ¡Ah! el homenaje, cúpula de la fama, que la corona y también la cierra, exaltándola á punto que no se sobrepuja, cima a l a cual sube por una ladera la admiración y por la otra gatea la envidia. Lorenzo alcanzó la honra de tener detractores y envidiosos, gentes desgraciadas que son los colaboradores necesarios de la celebridad, como el abogado del diablo en las causas de canonización. ¡Esta es la gloria! exclamó Adela con voz quebrada por el sano sollozar de las alegrías supremas. ¡Esta es la gloria! repitió Lbrenzo, repitiendo asimismo el beso del día de bodas. Pero si hubiera pintado un cuadro alusivo al asunto, es seguro que estuviera en el primer término la figura alada y luminosa de la fama, y en el segundo término la figura enamorada de Adela. La gloria es el amor de los treinta años del artista. En ese jardín de la vida la gloria tiene el color verde d d laurel. ÉPOCA TERCERA Pasaron los años. La segunda parte de la existencía, con estar más cansada que la primera, corre de prisa, acaso para llegar antes al descanso definitivo. Charlando entretenidamente y contándose sus cuentos de amor y de ventura, Lorenzo y Adela se hallaron al fin de la jornada más pronto délo que esperaban; así suele acontecer á los que viajan en grata compañía. La vejez muerde en todo: en lo material y en lo inmaterial; en el cuerpo, en el espíritu, en las facultades, en las reputaciones. La del pintor se había marchitado. Sobrevinieron otros artistas: trabajaban como él trabajó. Sobrevinieron otros gustos: la moda trabajaba contra él como él trabajó contra la moda antecedente. Padeció amarguras, desdenes de la opinión antojadiza, olvidos de la amistad, hasta apuros pecuniarios, porque si bien no le faltaba lo preciso le faltaba ya lo abundante. Y duele y aprieta más la estrechez á quien vivió en holgura que á quien siem pre vivió fajado por las necesidades. Afligíale y afligía á Adela, antes que la penuria y los malos trances, la tristeza de los hijos, privados ahora de comodidades que disfrutaron. La vida, al decaer, carga todos sus amores y fija todos sus apoyos en lo que va á quedar de ella: en la sucesión. Si el artista siente el amor de su obra, es ciertamente por ser una hija de su espíritu más que por ser hermosa, que las obras ajenas, aun siendo hermosas, se llevan la admiración, pero no el amor. Lorenzo sufrió el último y más cruel aesengaño: el de ver un cuadro suyo obscurecido, arrinconado en una de esas salas retiradas, lóbregas, ínfimas que en las Exposiciones se destinan á los mamarrachos de compromiso. Volvió á su casa llorando de vergüenza. Vergüenza, ¿de qué? De sus hijos, que no habían alcanzado los triunfos y conocían sólo las derrotas del padre. ¿Por qué lloras, papá? -dijeron los niños- -No lloro. -Sí lloias, y lloras por el cuadro. ¡Qué te importa! Es una injusticia. ¿Os gusta á vosotros? -Es el mejor de la Exposición, hennauo nuestro, hijo de esta cabecita. Y riendo con dulces carcajadas se abrazaron al padre y le pusieron en la frente una corona de besos á trueque de la que le había sido negada. Pues si os gusta á vosotros, si estáis contentos, ¡vengan penas! -exclamaron Lorenzo y Adela rompiendo á reir como los niños, ¡Esta sí que es la gloria! ¡Ah! El corazón humano cambia de color cada diez años, como cambia el color de los ríos, según el lecho por donde van corriendo. üuGENio SELLES DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA