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Algunos hasta tienen que ser ellos mismos portaflores de su propia recomendación. El acto de entregar la carta es violentísimo. Ante aquel catedrático severo que no comprende las recomendaciones (corno no sean las que él empleó para conse, guir su cátedra) pasa el infeliz alumno momentos terribles. Y en éstas y en las otras el día fatal llega necesariamente. Para presentarse ante un tribunal de examen Son precisos varios requisitos: El primero, es haber pagado los derechos académicos. El segundo, es estrenar un trajecito de verano, aunque no se haya pagado. El tercero, es llevarse el programa lo más ilustrado que sea posible. Y el cuarto y priuci. ps esno quedarsecortado, sticeda lo qiie suceda. Con esto, con llevarse sabidas, por lo menos, cinco lecciones del programa, y con tener la suerte de que le toquen al examinando tres de esas cinco, el éxito es seguro. Mas, á pesar de estas facilidades, ¡cuan desagradable es el día del examen! El alumno, i m p a c i e n t e porque llegue el terrible momento, ni se desayuna en su casa; sale á ia calle eníbutido en aquel terno nuevo que embaraza sus movimien, tos, y llega al centro docente- cuando aún no hay apenas estudiantes por los pasillos. ¿Se ha constituido el tribunai? pregunta á un galoneado bedel. -Falta don Fulano- -contesta el portero mas amable que de costumbre. Y mientras llega don Fulano, la víctima pasea por los claustros, acompañada de dos ó tres amigos que sin cesar le interrogan: ¿Qué tal te traes el programa? -Pues hasta la 32, amarrado. r) e la 32 al final podré decir al. go. Ea cuestión es que no pregunte do: ti MeBg; anito. ¿Y qué tal curso tienes? -Bueno. Faltar no tengo más que quince, y no me he confesado más que una vez- -Entonces estás fuera. ¡Si no me tira á degüello don Fulano... Ee tengo una hincha... En aquel morúénto llega don Fulano, y hay que ver la amabilidad con que es saludado por los murmuradores. Una de las virtudes que más se desarrollan en esto de los exámenes es la de la cortesía. ¿Quiere usted firmar? -dice el secretario del tribunal al alumno. -Con muchísimo gusto- -contesta éste, firmando y entregando la pluma después con meloso ademán. -Tome usted asiento- -dice el presidente. -Mil gracias- -repite el estudiante. ¿Quiere usted sacar tres bolas de esa bolsita? -Sí, señor; en seguida. Y el diálogo se prolonga florido y cariñoso hasta que se ven sobre la mesa las lecciones 67, 85 y 91 (todas posteriores á la 32) en cuyo momento el diálogo se convierte en monólogo, pues ya tan sólo habla el catedrático, esforzándose en arrancar alguna idea de aquellas de que tan seguro se hallaba momentos antes el examinando. Eos incidentes que durante los diez minutos que dura este suplicio pueden desarrollarse, son infinitos. Ellos han ciado origen á mil anécdotas distintas. Pero lo usual y corriente es que el alumno, tropezando aquí y allá, llegue á la última lección y oiga después de ella un Pwedewsted retirarse que le deje lleno de dudas y confusiones. -Yo creo que te aprueban- -vuelven á decirle ea los claustros los amigos que antes le acompañaban. Y al poco rato salen tas notas, y unas veces aciertan los compañeros y otras no. Y entonces viene la alegría ó la pena. Que son las emociones que marcan la única diferencia que existe entre un aproljcido y un Porque en la cantidad de ciencia adquirida, apenas si hay de un alumno aprobado á uno suspenso el canto de una uña. El aprrobado sabe muy poco, pero veranea alegre. El suspenso no sabe mucho, pero tiene que volver en Septiembre. Generalmente sabiendo menos que en Mayo. Y entonces aprueba. ¡Cosas de la enseñanza... Luis DE T A P I A DIBUJOS on s- r; cH; i