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ts Z J A CANTAN LOS GRILLOS pj ay un grillo debajo de este balcón; hay otro grillo en el balcón cercano; y allá, muy lejos, tal vez en la ventana de una buhardilla, hay otro grillo además. lyos tres grillos cantan más y mejor. Uno de ellos tiene la voz convulsiva, y el que está en la buhardilla tiene el acento atiplado y penetrante; en cambio, el que cauta debajo de mi balcón, canta con voz grave, pausada l if 6, V tendenciosa. Eís noche cerrada; es esa hora silenciosa en que la primavera, cansada de su germinación de todo el día, duerme sosegadamente. Vienen desde el campo suaves ráfagas que traen olores de heno segado. La luna naveg a en el cielo. Las estrellas guiñan sin cesar su guiño luminoso. Y ios grillos no cesan de cantar. ¿Qué canta aquel grillo de la buhardilla, con su vibrante voz atiplada? Parece un canto de I, impaciencia, de ira, de i- ebelión; acaso estará removiéndose en sujaulita, buscándola liberf I tad, soñando con el monte. ¿Y el grillo de l; i voz convulsiva, qué canción será la suya? ¿No es el í. 1 canto de la atsesperación, del odio hacia sus crueles carceleros? ÍÉ. Kl otro grillo... Pero este grillo que canta ahí cercí. no parece un grillo sesudo; tiene su acento las diversas modulaciones de la niás honda pena, c e l a tristeza más resignada; indudablemente es un grillo que ha Hegacío á comprender lo estéril de la protests, lo vano de ia rebelión. Está resi, nado con su suerte. Ha visto que su cárcel titne las barras muy gruesas, y q u i nunca podrá libertarse. Su patria, su agreste montaña quedó allá lejos, perdida para nunca mis. Y, sacando alientos de su misma tristeza, canta melancóli camente esa canción rítmica, que llena el descanso de la noche con su acompasado martilleo. ¡Cri, cri, cri... Pobre grillo desconsolado; yo comprendo muy I bien su melancolía. Su mal es el mal de la esclavitud y la nostalgia. Comprendo su mal, porque sin duda es semejante al mío. En efecto, ¿qué somos nosotros, los hombres, sino animales cainpestres, encarcelados en jaulas de civilización? El hombre es originaria y naturalmente campe iiio; ííi civilización nos ha arrebatado la libertad y la amplitud de las praderas, de las montañas, de los matorrales. Nuestras jaulas, pobre güilo, íon más doradas que las tuyas; pero jaulas son al fin. Cuatro paredes nos oprimen y agobian; aquí dormimcs, aquí trabajamos, aquí morimos, dentro de la cárcel. Únicamente, al enterrarnos es cuando nos restituyen al fondo de la madre tierra... Pobre grillo: á ti te aprisionó algún muchacho, sacándote de la madriguera con el Jalaz engaño de una pajita, te metió en la jaula y te obliga á cantar; á nosotros los hoinbres nos sacaron del seno de la Naturaleza, con el engaño del poder, de la gloria, del dinero, de unas cuantas ilusiones falaces. Pero el grillo de la voz grave y sesuda ha dejado de cantar; sólo á ratos mueve sus élitros con un apagado balbuceo; ha llegado ásu máximo de resignación, y reposa. Y entretanto, ha llegado la media noche, y suena el canto de un gallo en la lejanía, y las estrellas parpadean sin número, como diminutos ojos ó como puntos de diamante. J. M. a SALAVERRIA r Ts ¿í Kt- A nn- iíDS DE