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¡Bah! ¡Vayanse noramala las teorías del tío Pacol Quédese él soltero, si así le place, que no todos pueden ver la vida del mismo modo, y el tiempo se encargará de demostrarle que al lado de I,ol a está, per sécula sin fin, la felicidad de su sobrino si tan dilatada fuera la existencia de éste. ¿y qué hacer con las cartas para Monzonera, Gaitanes y Hondún? ¿Devolverlas á quien las escribió, con cuatro letras diciéndole que no quería someterse á la prueba? Pudiera parecer miedo á su resultado, ¡y estaba tan seguro de que esos tres espejos de maridos no habían de referir sino excelencias del que es el estado perfecto del hombre! Nada, á verles; sí, señor, y á gozarse luego en la derrota de su tío, cuando le comunicase la opinión del tribunal, cuyo fallo aceptaba. Dicho y hecho; á la media hora determinado este soliloquio hallábase en presencia de D. Carlos Hondún, que muy amablemente le recibió, á quien hizo entrega de la carta que su tío le mandara, y que decía así: Amigo Carlos: Mi adjunto sobrino Manolo, al que conoces, está muy en peligro de casarse, no obstante el buen ejemplo que le lie dado, y á pesar de mis excelentes consejos en contra. Para abon- de su determinación suicida me dice que no todos los matrimonios son desdichados, y como ejemplo- -digno de esculpirse en mármol pentélico- -me señala el tuyo. Aconséjale con tu experiencia notoria para qne se atempere á tu conducta, ya que está probado que es la buena, y te lo agradecerá en extremo tu amigo, Paco. Hondún. ¡Que se atempere usted á mi conducta! ¡Pues estaría usted fresco! Manolo. ¿Cómo? I- Iondún. -IMí conducta es la anulación de toda iniciativa, la pérdida de la personalidad, el no ser más absoluto y completo. Yo no soy. Ii j tj no existe. Hago el mismo papel que- el cero que da importancia al número á cuya derecha se coloca. Manolo. (Muy sorpivndidoporeslaconfidencia i- ex aóundanilacordis J Peí: o... Matilde, tain simpática, tan dulce... Hondún. -Extraordinariamente dulce y simpática, amigo mío; pero dotada de una fuerza de voluntad, de una energía, de un tesón capaces de dominar al mejor templado. Manolo. -De modo qae... Hondtín. -De modo que cede el menos batallador, el más amante de la paz, ó el que posee ma 3- or dosis de prudencia. Manolo. -Eso durará hasta que una rebelión dé al traste con el régmien. Hondún. ¿Un pronunciamiento? Y ¿para qué? No soy el más fuerte. ¡Ah! (dijo suspirando) ¡si las cosas se hicieran dos veces! Algo preocupado salió Manolo de casa de Hondún; pero, pensándolo bien, dedujo que la opinión de éste no debía tener una importancia decisiva, por cuanto sus amargas frases las dictaba, de seguro, un pasajero rapto de mal humor, de esos que todos sufrimos en la vida. Dirigióse á casa de D. Martín Monzonera, y díóle la carta correspondiente. Monzotiera. ¿Qué quiere usted que le diga, amigo Mendueño? Yo no me quejo de mi suerte ni quiero incurrir en la tontería de darle consejos que, por otra parte, nadie sigue, porque no es humano escarmentar en cabeza ajena; todo el mundo piensa que será una excepción de la regla. Sin embargo, como me es usted muy simpático, me permitiré recomendarle que estudie bien á su futura é indague si es celosa. Si lo fuera, no vacile usted, amigo; tome esta tarde el expreso, y huya sin volver la cabeza. Manolo. -Es que no creo en los celos que brotan por generación espontánea; siempre ha de existir una causa, una sospecha de razón que los motive; cuando menos, una sobreexcitación del amor. Monzonera. Q aé equivocado está usted! Una vez transcurridos unos cuantos años de vida conyugal, esa sobreexcítacicn de que usted habla no es la del amor, sino la de uu sentimiento de la propiedad llevado al paroxismo. Y crea usted, Mendueño, no haj nada que mortifique más que el verse objeto de una. continua vigilancia, de una sospecha nunca aquietada. Si se habla, es que está uno más contento que de ordinario, y el motivo de esa alegría no puede ser otro que el de haber hecho una conquista. Si, por el contrario, permanece usted callado, claro está, le dirán, habrás tenido algún disgusto con ella Si sale usted á la calle, no le valdrá dejar escrito su itinerario con el empleo, minuto por minuto, del tiempo que ha de invertir en cada sitio. Caso de que para ahorrar discusiones se quede usted en casa, lo achacarán á que aquel día no tiene la cita que otras veces le empuja á dejar su hogar. En resumen: si se casa usted, pídale al cielo que su mujer no le quiera demasiado, porque el exceso de cariño hace del matrimonio la antesala del infierno. Deseoso de terminar las consultas, fuese en busca del barón de los Gaitanes, al que encontró de un humor de mil diablos, rodeado de baúles y maletas á medio arreglar. Gaitanes. ví. buena ocasión me coge usted. ¿Quiere saber mi opinión acerca de la vida conyugal? Pues míreme y comprenderá la felicidad tan grande que poseo. Manoío. Vero ¿qué le ocurre á usted, barón? Gaitanes. ¡Friolera! No hace un mes que llegamos aquí y tengo que levantar otra vez el vuelo para ir... ¡Dios sabe dónde! De Madrid fuimos á Vichy, y de Vichy, á Eaux Bonnes; de allí, á Biarritz; de Biarritz, á Euchón; de Euchón, á San Sebastián; ahora tenemos que marchar á Trouville, y desde allí, ¡al infierno, sin duda alguna! Dígame usted si esto es vivir. jY aún habrá quien me envidie! Manolo. -Muchísima gente; téngalo usted por seguro. Todos se hacen lenguas de la hermosura de la baronesa, de su talento, de su gracia incomparable, de su animación... Gaitanes. -Sí; esas cualidades son ciertas y positivas, ¡ay de mí! Pero para lucir su talento y su gracejo necesita del coro, y para hacer gala de su animación es menester que siempre esté en. movimiento. Y eso es lo que me puede, amigo mío; porque no soy hombre de sociedad; mis gustps son tranquilos, reposados; me encanta el estudio, los libros buenos, la reflexión, la quietud, y ¡vaya usted á hacer nada á derechas cuando tiene que pasarse la vida en el tren, en automóvil ó en globo! Créame usted, ¡éste es un verdadero martirio! Manolo. -Pero ¿no puede usted moderar la velocidad de esa carrera desenfrenada? Gaitanes. y, querido Manolo! Si no sigo la corriente, si no me dejo arrastrar por el torbellino, corro el riesgo de que mi mujer continúe sin mí su marcha de tren expreso. El sobrino de su tío salió mustio y cariacontecido de casa del pobre Gaitanes, sin inter; tar siquiera consolarle. Fuese en derechura al telégrafo, y puso un pfir! que decía así: FRANCISCO M E N D U E Ñ O Veloz Club. -Madrid. sRecibida carta. Evacuadas consultas. En martirolcgio hay que añadir tres nombres más. Decidido seguí tus consejos, salgo ho 3 mismo para Inglaterra. El buey suelto, etcétera. lfa? 2 íi í G. ANTHONY DIBUJOS OE (ir. vDEZ a; CA