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Paz. -Nos apearemos. Vamos á meternos entre la gente. ¡Si está esto animadísimo! El cochero. ¡Si lo hubiese visto la señorita entonces! Pero ya en este Madrid no hay humor. Enrique. -Ni jacas locas como aquella, ¿eh? ¡Cualquiera consigue hoy que se desboque su caballo de usted! Espérenos ahí, y cuidado con caer en otra ensalada. El cochero. ¿Ya para qué, señorito? Bastante tiene un hombre con su obligación. Enrique. ¡Mira tú por dónde hemos dado con el único madrileño capaz de encontrar variaciones en esta romería! A mí siempre me parece lo mismo. Paz. -Pero muy alegre. Enrique. -Sí; una alegría de pitidos que te estropea el tímpano, de olor á aceite frito que te hace estornudar, de polvo que te ahoga, de sol que te derrite los sesos, de vendedores que te marean con sus pregones agudos, de multitud sudorosa que se te echa torpemente encima... Paz. -Claro, no hemos venido al teatro de Bayreut á oir Parsifal, sino á la romería de San Isidro. Tienes que comprender... Enricjue. -Y luego esa amena decoración de cementerios... ¡Si parece que la gente viene aquí sonando silbatos y lanzando aullidos para hacer creer á los muertos que se divierte! Bien podía dejarlos dormir en paz, puesto que no los engaña. Demasiado saben ellos que toda esa diversión es música. Digo, ¡ojalá fuera música! Paz. -Decididamente estáis muy malos. Enrique. ¿Quiénes? Paz. -Los hombres de ahora. ¡Mira tú que venir á una romería á hacer crítica! Eso, si acaso, en tu des- pacho, rodeado de volúmenes, con el ceño fruncido y las zapatillas puestas. ¿Pero en una fiesta popalar? Vamos, Enrii ¡ue, no te parezcas á Fulano y á Mengano, y convídame á churros. Enrique. ¡A churros! ¿Pero no sabes que son muy indigestos? Paz. -Más indigestos sois vosotros, y no tenemos más remedio que atravesaros. Enrique. ¿Pero serías capaz de comer esa masa pegajosa que un hombrón sucio estruja con sus manos echándola después en un aceite infecto y mal oliente? Paz. -Todo lo que tú quieras de suciedad y malos olores; pero á mí me parece que deben estar riquísimos. ¿Convidas, ó los compro yo? Enrique. -No, yo te los compraré. ¡Pero qué antojadizas sois las mujeres! ¡Churros! Paz. -Y después rosquillas del Santo, y luego avellanas y cacahuetes, y después... Enrique. ¿Pero tú has venido á suicidarte á la romería? Paz. -No, he venido á gozar de todo lo que hay en ella. ¡Como que al fin daremos unas vueltas en el Tío- Vivo! Ejij ique- ¡Eso sí que no! Paz. -Y bailaremos al son de un piano de manubrio; Enrique. ¡Paz! Paz. -Qué quieres; las mujeres somos tan inocentonas, que gozamos lo indecible comiendo churros, dando vueltas en el Tio- Vivo y bailando con nuestros respetables esposos. A vosotros no os divierte, ¡qué ha de divertiros! ninguna de tales cosas; vuestra intelectualidad se subleva, se os eriza el espíritu crítico, y hasta sentís el temor de, que se asomen los muertos á la tapia del cementerio y digan escandalizados: ¡Pues no está bailando una habanera con su mujer el intelectual X! ¿Qué pensarán en Salamanca de eso? Enrique. -fiexo qué cosas dices, mujer! Paz. -Digo la verdad, Enrique. Sois unos hombres de talento tan tontos, que ni siquiera sabéis divertiros. ¡Y esa sí que es la gran tontería, digan lo que quieran vuestro libracQs! Siquiera ej cochero, supo caer en una ensalada. Vosotros ni eso. ¡No servís ni para la ensalada! Enrique. -Pues mira... Paz. -Sí, ya sé lo que vas á decirme. Ahora te la das un paco de calavera conmigo y te pasas la lengua por los labios, como si saborearas la ensalada y todas sus consecuencias. ¡Cochero! Enrique. -Te engañas, Paz; si yo... Paz. -Bueno, bueno, limpíate de ensaladas y compra los churros, que tenemos que visitar el Santo. Enrique. ¿Tendrás bastante con media docena? Paz. -No, son muchos; pero, en fin, vengan. Que te los dé calentitos. Me los comeré camino de la ermita. Enrique. -Ahí los tienes, abrasan. Ya puedes pedirle al Santo que te perdone el cólico. ¡Caramba, y qué sofocación! ¡Vaya una cuestecita! Paz. ¡Claro, para ver á los Santos hay que subir cuestas, y mucho más empinadas que te habías tú creído! Pues señor, están deliciosos estos churros. Enrique. -Ea, yo no puedo más. ¿Y á qué ese empeño de visitar al Santo? Estará como todos los años, y, como todos los años también, no podremos entrar en la ermita por la enormidad del gentío, y si entramos, yo me asfixio y te quedas viuda. De modo que puedes decidir... ¡Pero me vengarán los churros! fe, -Bueno, yo entro, y tú me esperas junto á la fuente. Enrique. -Muy bien; falta hace que me quite la calentura. ¡No puedo respirar! ¡qué mareo! ¡qué ahogo! ¡qué de gritos insoportables! ¿Y á esto le llaman divertirse? Acaba pronto, y volvámonos á tomar el coche. No veo el momento de huir de aquí. Paz. -Salgo en seguida. Enricjue. ¡Anda, pues no hay gente bebiendo! Y qué muchacha más guapa aquella que espera la vez. ¡Pobrecita, qué sofocada está! Si yo pudiera hacer que le cedieran el puesto... Me acercaré á ver si consigo... ¿Tiene usted mucha sed? ¿Ha bailado usted mucho con su novio? ¿Qué no tiene usted novio con esa cara? Bromas de usted. A docenas, seguramente. No han merendado ustedes aún? ¿Dónde, allí abajo? ¿Toda su familia? ¿Una ensalada? Paz. ¡Enrique! Enrique. ¡Paz! (Me he lucido. Paz. Vámonos en seguida. Enrique. -Cuando quieras. fes. -Ahora mismo. ¡Déjeme usted en paz, hombre! No quiero pitos. Ni rosquillas del Santo; apártese, ni cacahuetes, ni nada. ¡Que se aparté le digo! Enrique. -No sean ustedes pesados, no queremos nada. Paz. -Claro que no queremos nada más que marcharnos pronto, y ojalá no hubiéramos venido. ¡Pero qué infelices somos las mujeres! Yo tan divertida en la romería como un isidro, y tú echando pestes de ella, pero buscando... isidras. ¡Yo rezándole al Santo por ti, y tú de palique con una cualquiera! Em ique. ¡Te juro... Paz. -No jures, es peor. ¿Dónde está el coche? Enrique. -Allí. Paz. -Vamos. ¿Y el cochero? ¿Dónde está el cochero? El cochero. -Aquí estoy, señorita. Me senté un poco en el asiento, y con el calorazo me quedé traspuesto. ¿Se han divertido mucho? Paz. -Sí, mucho; pero arranque en seguida. El cochero. -Esta romería ya no es aquélla. Había que verla hace treinta años. ¡Qué animación enton ees, qué alegría! Paz. (Furiosa. Sí, sí, ya lo sabemos. ¡Qué ensaladas! Enrique. (Pues de e, sas quedan aún. ¿Y dónde vamos tan pronto? Paz. -A casa, á poner en el gramófono el disco de Parsifal Es lo más conveniente para los seres superiores que os aburrís en las romerías, y para las tontas. que os creemos y nos vamos á rezar al Santo dejándoos solos. ¡Arree, cochero! JOSÉ: DE R O U R E DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA