Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
JACINTO. -lomanao primero Estaao y compartiéndola conmigo. GABRIKL. ÍI. (Riendo. ¡Ay, acabaría en ministro de la Guerra... doméstica! Por ese ministerio empieza el triunfo del feminismo, y suele acabar en Gracia y Justicia. Nada, nada, ante el miedo que siento por la política matrimonial, renuncio á repasarte la ropa. Y es lástima que no consientas en someterte á mi ministerio, porque en el orden moral tienes también mucha ropa que repasar. JACINTO. -No me encontrarás una mancha. ABRiHi, A. -Pero sí muchos descosidos. ¡Bueno estás tú! Con los pañuelos sin hacer y los amores en hilvanes. JACINTO. -Y con ganas de ir vestido espiritualmente á la medida de tu deseo; traje que me sentaría muy bien. GABRIELA. -Siento no poder encargarme de la confección... Repasa la lista de tus mesdames, elige algo de buen gusto... JACINTO. ¡Buenas están mis modistas espiri uales! Apenas pasan de modistillas... Oye, Gabriela, si te dijera que estoy decidido á ser formal... GABRIELA. -No lo creería. lo que te recomendaría tu médico. Sobre todo, consúltale. JACINTO. ¿Pero lo toinas á broma, Gabriela? GABRIELA. -Sí, Jacinto. JACINTO. -Si te dijera que estoy decidido á hablarte seriamente. GABRIEÍLA. -Te veo muy decidido. JACINTO. -Si te dijera que. al llamar ahora en la puerta de esta casa me temblaba la mano... GABRIELA. -Tú siempre has sido muy nervioso. JACINTO. ¿No me crees? GABRIELA. -Sí, hombre, lo creo todo, incluso el temblor de la puerta... ó de la mano. Cuida ese pulso. JACINTO. ¿Necesitaré emplear otro lenguaje? G A B R I E L A S Í hijo, ensaya otro, porque con éste... JACINTO. -Oye una cosa, Gabriela. Yo no soy un sentimental, como tú sabes; vivo en perpetua alegría- -en perpetua locura, dirás tú, -y nunca he podido explicarme eso que llaman todavía romanticismo; ninguna mujer me ha infundido respeto, ni me ha hecho temblar, ni me ha puesto triste, ni me ha quitado las ganas de comer... achaques todos ellos de amor, ¿no? Pues bien; has de saber, Gabriela, que vengo desde hace unos días sintiéndome cursi, romántico perdido, por obra y gracia de tu persona. Leí el otro día unos versos modernistas y me quedé suspirando; voy aburriéndome del género chico y aficionándome á la luna; ayer vi tu sombra y me puse lánguido; hoy, al entrar, me temblaba la mano... Dime: ¿es que estoy enamorado de ti ó que sufro una intoxicación modernista? Porque yo no lo sé. GABRIEL. A. -Necesitas duchas; creo que eso es JACINTO. -No te creí tan frivola... GABRIELA. ¡Pero hombre, si tienes cosas que no se le ocurren á nadie! ¡Venir á hacerme una. declaración de amor á las diez de la mañana, en traje de casa, con un lenguaje chirigotero y una mancha en la solapa! ¡Por Dios... Mira, vuélvete á tu casa, yístete bien, ensaya unas cuantas frases sentidas, anuncíame tu visita en hora más oportuna y sentimental, y... ¡ya veremos... Acuérdate de la otra declaración que me hiciste el año pasado bajando la escalera y en traje de ciclista... ¿Te parece bonito? No he vi. sto un hombre que tenga tan desarregladas sus declaraciones de amor. JACINTO. -Te advierto, Gabriela, que á pesar d é l o que á ti te parecen chirigotas, he venido hoy á hablarte seriamente. GABRIELA. -No lo dudo; pero á fe que no venías rcíMy preparado. JACINTO. -Seguiré tu consejo; volveré. esta tarde, hacia el anochecer, la hora propicia para las confesiones de amor, perfectamente vestido y. perfectamente sentimental... ¿Quedamos en eso? (Se levanta. G. ABRiELA. -Conformes. Pero rnira, antes de hablar, arregla bien tus pensamientos y tus palabras; no vayas á echarlo á perder. JACINTO. ¡Si te dijera que ádespecho de esta burla mutua he de arreglar mi corazón entero á gustó tuyo! ¡Si te dijera que pienso dar á n i vida ese arreglo material y moral que tanto me has acoasej- ado siempre, y has de ser tú quien realice el milagro! GABRIELA. -Mira que estas últimas palabras te han salido demasiado serias. JACINTO. -Mira que pienso has de recordar toda tu vida esta broma de hoy. GABRIELA. -Pero Jacinto, ¿hablas en serio? JACINTO. -Plasta la tarde, Gabriela. Esta tarde lo sabrás. GABRIELA. ¡No, no! Mira... salimos esta tarde. Se me olvidó decírtelo... guarda tu humorada para mejor ocasión. JACINTO. ¡Qué seria te has puesto! Nunca te he visto así... Queda con Dios, Gabriela... Volveré... No te digo cuándo, pero volveré. Adiós; voy ahora, como u n buen pecador, á arreglar mi conciencia, mi corazón, á tenerlo todo muy arregladito para que eso menos tengas que hacer tú. Que se te pase el susto y... que pueda yo bendecir pronto la trascendencia de esta humorada. J. ORTJZ DE PINEDO DIBUJOS DE W -Koaz BIÍI. NGA