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JACINTO. ¡Oh, encantado! Divmamenle hechos lo,ilo bladillos, preciosamente bordados. Un millón de gracias por tu obra de caridad... Excuso decirte que mi ama se ha quedado atónita con la innovación hecha, gracias á ti. ¡Es una cabeza! Ya la conoces. Y no es la primera vez que me hace esas compras famosas; ahora los pañuelos; otra vez me compró un corte de zapatillas, y todavía siguen en su primitiva íorma. E s un caso de habilidad esa pobre mujer. Mis JACINTO. -Pues mira, con las m- aaclms no Irausijo GABRIELA. -Sí transiges, sí... Di tú que yo no puedo iieterme en ciertos detalles, porque ¿qué eres tú mío? Mi hennano, ni primo, ni... Amigo de toda la vida liada más; pero créeure que hasta te repasaría la ropa. JACINTO. -Lo creo. Y me harías la comida y llevarías las cuentas de mi dinero. GABRI I, A. -Y las llevaría mejor que tú. sw iMfentjf t; i- iá. padres le consintieron toda su vida su inutilidad en gracia al cariño que les tenía. Y yo me he quedado con su inutilidad y sin el cariño. Porque te aseguro que cobra un genio la pobre vieja... GABRIBI -No me hables, que todos los hombres solos ganáis el cielo, no podéis comer, no podéis vestir, nada... Y cuando son tau desarreglados como tú... y dispensa que te lo diga, ¿eli? ¿Qué te estoy diciendo? Desde aquí te veo una mancha. JACINTO. -Sí que tienes buena vista. GABRIELA. -No es vista, hijo, es que es una mancha terrible. Ya la quitaré cuando te vayas. JACINTO. -Indudable. Talento de ministro de Hacienda práctico, económico... y con el encanto de ser mujer y de tener tu cara, la única forma en que resulta ideal un ministro, GABRIE; L 4. -iJe. -iás... ¡Yo un ministro de Hacienda! Tiene gracia... ¡Un mini, stro que repasa la ropa! JACINTO. -Un ministro con faldas y sin grandes errores, casi el triunfo del feminismo, la política ideal para dejarse gobernar dulcemente... Estoy dispuesto á aceptarte como ministro mío. con las carteras de Hacienda y Gobernación. GABRIELA. ¿Dos carteras?